Igual que joya engastada en el trazo urbano,
un embalse reluce entre Guanajuato y Marfil
El viento forma rizos sobre la superficie del agua. Las plantas de las riberas proyectan su reflejo. Repentinamente, una familia de patos surge de algún sitio y avanza en fila india: la madre al frente, detrás los polluelos —ágiles nadadores desde pequeños—. Pese a la turbiedad del líquido, que en los márgenes adquiere un color verdoso, el embalse alberga vida, como demuestra un afanoso pescador que, paciente, espera sentado en una orilla, sedal en la mano.

Cualquier persona más o menos inquisitiva que viaje de Guanajuato a Marfil, o viceversa, por la carretera anterior a la existencia de las “curvas peligrosas”, puede notar la existencia de un pequeño depósito de agua a la orilla del camino, adornado por nueve columnas de cantera rosa, sobre varias de las cuales se levanta la imagen de un santo, característica peculiar que da nombre al lugar: Presa de los Santos.

El embalse, con casi 250 años de existencia (fue construido en 1778), dotó de agua en tiempos de la bonanza minera a muchas de las haciendas de beneficio de Marfil, otrora opulento poblado y hoy tradicional barrio guanajuatense. Al parecer su construcción fue dirigida por José Alejandro Durán y Villaseñor, quien también fungiría posteriormente como diseñador del proyecto de la Alhóndiga de Granaditas.
Con el tiempo, al decaer la actividad extractiva, por las guerras y la introducción de nuevas tecnologías, la presa dejó de utilizarse y quedó solo como recuerdo, una hermosa y abandonada reminiscencia de la infraestructura minera de otra época. Y aunque corrió con mejor suerte que construcciones similares en otros rumbos de la ciudad, el paso del tiempo cobró factura y dejó su huella, aunque no ha logrado acabar con su singular atractivo.

Algunas de las estatuas cayeron, perdidas para siempre, entre ellas las que se situaba en medio de la extensión acuática y otra más de la cortina, cuyos pedestales se mantienen en pie como mudos testigos de un pasado ilustre. Sólo dos se conservan completas y a cinco más les falta la cabeza. En compensación, alguien ha colocado, a un costado de su vivienda, un monumento más moderno, elaborado con el mismo noble material calizo, con la efigie de Cristo.

Numerosas viviendas se han levantado en una de las orillas, debajo de las cuales se descuelgan árboles y otras plantas que forman un espeso macizo vegetal. Así, de algún modo, se protege de la invasión humana la mayor parte de esa ribera. En la contraparte, bordeada por la carretera, se construyó no hace mucho un sendero empedrado a manera de pequeño malecón escénico. Y aunque un letrero señala claramente la prohibición de lavar autos, no faltan taxistas que desafían tal norma y continúan con esa nociva y contaminante práctica.

En ciertas temporadas, garzas venidas de quién sabe dónde se instalan en las copas de los árboles de las orillas y en otros de las cercanías, pese a los constantes atentados de que son víctimas por parte de vecinos intolerantes. No obstante, patos y peces mantienen vivo el ecosistema. Los numerosos insectos que pueblan el estanque alimentan a varias familias de simpáticas aves que anidan entre las rocas.

La presa es nutrida por el agua que desciende de los arroyos del Cerro de Aldana y, hay que decirlo, también por los desechos del conglomerado urbano. De ahí que la pureza del líquido esté en entredicho, al grado de que, en ciertas ocasiones, numerosos peces han muerto repentinamente y sus restos han asomado como un crudo reproche a nuestra falta de previsión.

La cortina puede recorrerse de extremo a extremo. Se constata su antigüedad en cada grieta y orificio producto de la erosión. La caída del agua, cuando excede la pared del embalse, forma un arroyo que se desliza entre grandes propiedades que han invadido la cañada. Luego, entra a un túnel inaccesible y desemboca en el río Guanajuato para continuar su camino.
Sin embargo, aunque casi cercada por el avance urbano, el vaso de captación no deja de formar un espléndido paisaje. Ante su líquida extensión, sea desde el frente o desde el puente que cruza el arroyo que lo alimenta, la mirada se extasía, el ánimo se recobra y se recupera la esperanza de que, pese a la acción de los años y de nosotros mismos, algo sobrevive de la serena belleza de otra era.
