La noche antes de su boda, Eva estaba rodeada de sus primas más cercanas. “Mañana te casas”, le dijeron emocionadas. Pero en su interior, algo no se sentía bien. Desde niñas soñaban con el matrimonio, jugaban a predecir su futuro, pero ahora, frente a la realidad, sentía una inquietud que no podía ignorar.
“Estaba enamorada. Tenía 23 años. Lo estaba haciendo bien, mi familia estaba contenta, él era un buen partido e incluso me dijeron lo orgullosos que se sentían de que en tiempos como este saliera de casa vestida de blanco y con la frente en alto… si ellos no veían focos rojos era porque no los había… o al menos eso creí en ese momento”.
Su historia no tiene apellidos, el nombre que aparece en esta nota no es real, pero sí lo es su voz. Ella decidió hablar para que otras mujeres sepan que siempre es posible dar un paso atrás y salir de ahí. Continuó su relato, sentada frente a la taza de café, con los ojos fijos en ella y una de sus manos sosteniendo a la otra. Recordar lo que se desea olvidar, y hablarlo en voz alta, no es sencillo.

“Durante el noviazgo siempre fue amable, detallista, romántico. Mis padres estaban encantados con él, y eso me hacía feliz porque siempre supe que les decepcionó que no estudiara una carrera más práctica y sustentable. Estudié Historia, y ellos decían, con evidente frustración, que lo más que lograría es dar clases en una prepa. Sin embargo, amé mi carrera, sólo que no tuve tiempo de demostrarles que sí había posibilidades de desarrollo distintas a la docencia.”
“Mi abuela, mujer sabia, parecía ser la única consciente del error que estaba por cometer. Siempre me dijo que no viera sólo las flores, sino que observara los pequeños detalles, esos que despertaban mi instinto diciéndome que algo no estaba bien, porque esas minucias eran las que más adelante se volverían mis grandes conflictos de mujer casada. No le hice caso y cerré los ojos a lo evidente”.
“La tarde en la que perdí mi virginidad, cuando al fin todo pasó, le di la espalda, me abrazó y me dijo que después de ese día me querría más todavía porque le había dado lo más valioso que había en mí. Después se durmió, mientras que yo permanecí con el rostro escondido en esa almohada, con olor a sexo, llorando en silencio en aquel motel barato, sintiendo cómo me rompía por dentro. Esa sería la primera de muchas fisuras que me llevarían al caos en un futuro”.
El segundo desencanto llegó el mismo día de la boda. “Bailó con todas, menos conmigo. Se desapareció por horas. En la luna de miel ni siquiera me tocó”. Con el tiempo, la indiferencia se convirtió en desprecio. “Un día me dijo que le daba asco, que olía a pescado. Me destrozó”.
“Empecé a caer en depresión, y cuando más hundida en el vacío me sentía, volvía a mí, tan cariñoso como cuando éramos novios, con mil promesas, con una intimidad renovada, y yo me sentía feliz de reencontrarme con aquel novio cariñoso que tanto amaba. Aquello no solía durar mucho tiempo, y pronto terminaba suspendida en el precipicio emocional otra vez”.
Cuando quedó embarazada, creyó que todo cambiaría. Pero él se alejó aún más. “No me golpeaba, pero me destrozaba con palabras y desprecios. No sé qué sea peor”. El día que perdió a su bebé, él estaba furioso por una camisa mal planchada. En un movimiento brusco, la empujó. “Caí por las escaleras. Mi bebé murió”.
“Es tan doloroso recordarlo que aún no puedo hablar de ello. Cuando todo pasó, entró al cuarto de hospital llorando como un niño, pidiéndome perdón. Pero yo no he podido perdonarlo. Hasta entonces había pasado por alto sus ausencias, su abandono emocional, su mal genio, su egoísmo, pero esto no tenía perdón”.
La familia de él la culpó. Sus propios padres minimizaron su sufrimiento.
“Dejé de importarme, subí de peso dándole con ello más armas para herirme. Las pocas veces que teníamos intimidad rogaba quedar embarazada otra vez y cuando menstruaba me dolía tanto el corazón, me sentía más que basura. Una vez me dijo que, si no teníamos más hijos, era porque yo no servía ni para ser madre. Fue como si clavaran un cuchillo en las entrañas.”
“Cuando él no estaba, yo permanecía en la casa, sólo salía con él al mandado, o a visitar a su familia o a la mía, y llegué al grado de tenerle miedo a la calle. En uno de esos días de hacer despensa me encontré a una amiga de la carrera. Me dijo que estaba en un proyecto de rescate histórico en el municipio, y que necesitaban más gente, titulados en Historia, que llevara mis papeles, y me dio sus datos de contacto. Me emocioné mucho, trabajar me ayudaría, tendría mi propio dinero, podría cambiar mi vida”.
“Él me dijo que para celebrar hiciéramos carne asada en casa. Era un sábado y todavía era temprano, así que llamó a sus padres y a los míos para invitarlos. Se quedó preparándolo todo en el patio, pero cuando salí a ver cómo iba… lo vi. Mi título profesional, entre el carbón, ardiendo mientras se convertía en cenizas, por supuesto, me dijo que fue un accidente, que solo echó lo que pensó era papel, y jamás vio mi título ahí”.
“Aquello marcó nuestra distancia, me rompió. Él se fue de viaje dos semanas y regresó como si nada hubiera pasado, pero sí había pasado. Dos días después peleamos y, en medio de la pelea, volteó a ver a mi perrita, mi única compañía en la vida, y de una patada la proyectó hacia la pared. Ella era pequeña, no soportó el impacto, la sentí morir en mis brazos. Él hizo un hoyo en la tierra del jardín para enterrarla. Me la quitó y la sepultó. Luego me dijo que no sabía si había sido buena idea enterrarla porque le pareció que respiraba mientras le echaba la tierra encima. Tengo aún en mi cabeza la imagen de mi perrita siendo enterrada viva mientras yo lo permitía. A ese grado llegaba su crueldad”.
“Ya no quedaba en mí ni una gota de amor para él, todo lo que había era odio y rencor. Al otro día, cuando desperté, metí mis cosas en mochilas y salí decidida a irme. Iba en la esquina cuando me vio. Me alcanzó y me subió al auto a fuerzas y le dije que me iría, que ya no lo soportaba. Se puso muy violento. Logré liberarme y salí del carro. En ese momento un taxi pasó y lo tomé mientras él nos seguía en su carro. Fui a conciliación a levantar un acta por violencia, pero fue peor. La mujer que me atendió, después de gritarme y ordenarme que dejara de llorar, tomó mi declaración, aunque al final me dijo que sin golpes evidentes sólo nos llamarían a conciliar”.
“Fui con mis padres y les pedí que me dejaran quedarme con ellos unos días. Me encerré a llorar, pero a los dos días me dijeron que tenía que regresar a mi casa, con mi marido. Que, al final de cuentas, casarme fue mi decisión, y ellos no apoyaban el divorcio.”
Ahí se dio cuenta de que su casa, de toda la vida, ya no lo era. No tenía nada.
“Le llamé a la amiga que encontré en el súper. Afortunadamente, ella me abrió las puertas de su casa, pero él me encontró casi enseguida y constantemente iba a hacer escándalos. Me seguía a todas partes mientras yo buscaba desesperadamente un trabajo. Ya tenía para entonces más de 30 años, no había lugar en ninguna parte para mí. Nunca dejó de llamarme y enviarme mensajes, un día conté más de 250 solo en esa jornada. Tampoco eran válidos para una denuncia. Tenía que matarme para probar que sí sufría daños.”
“Finalmente, me enviaron a un refugio fuera de mi estado, así fue como llegué a Guanajuato. Ahí estuve unos meses hasta que me escapé. Mientras él que era el agresor estaba libre, yo vivía en un refugio que en realidad era una cárcel, siendo la víctima. Me escapé, horas más tarde encontré a una de las chicas que hacía labor voluntaria en el refugio. Ella me ayudó, me dejó quedarme en su cuarto y me consiguió trabajo en una escuela como conserje. Ahora podía salir libremente a la calle, tenía trabajo, un sueldo y un cuartito donde vivir.”
Eva volvió a ser dueña de su vida. Poco a poco, reconstruyó su futuro. Recuperó su título, consiguió un empleo en el archivo histórico y volvió a sonreír. “Mis padres, al final, entendieron. Cuando él comenzó a acosarlos a ellos, vieron la verdad”.
“Regresé a mi estado solo para divorciarme. Es la última vez que lo vi, y pude observarlo sin el velo que nos cubre los ojos cuando estamos en una relación, sin miedo y con más objetividad. Me di cuenta de lo pequeño que era.”
“Cuento mi historia, por eso, porque yo tengo el privilegio de contarla. Hay muchas mujeres que mueren en el intento de recuperarse. Cuando estás entre las garras de un agresor, empiezas muriendo por dentro, y terminas muriendo físicamente. Tener la valentía de alzar la voz, correr lejos y buscar ayuda siempre genera que haya más manos extendidas y al final puedas rehacer tu vida”.
Eva es una sobreviviente. Su historia refleja la realidad de miles de mujeres que viven en silencio, atrapadas en el miedo. Entre enero y noviembre de 2024, se registraron 762 feminicidios en México. Cada día, siete mujeres son asesinadas.
A pesar de estas cifras, que no son certeras porque aún hay muchos casos sin denunciar, no siempre el maltrato termina en un homicidio, pero sí lacera poco a poco y dolorosamente a su víctima, sin moretones, aprovechando las sombras. El maltrato psicológico no se ve a simple vista, no se nota, no se habla de él, pero existe. Romper el silencio puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.