EL PAPEL DE “LA VANGUARDIA”, DE CELAYA, EN LOS ALBORES DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA
El presente texto muestra el origen, desarrollo y desaparición del periódico La Vanguardia, impreso en la ciudad de Celaya entre 1909 y 1914 y que representó el modelo de prensa que cambiaba de bando. La versión completa puede ser consultada en Boletín de la Crónica de Celaya, publicada recientemente por el gobierno municipal de esa localidad.
Para el ocaso del porfiriato, las imprentas mexicanas se habían convertido en empresas rentables donde se imprimían lo mismo invitaciones para las festividades particulares que folletos y los que eran el espacio para el debate de las ideas, el entretenimiento y la publicidad: los periódicos. Uno de ellos era el semanario dominical La Vanguardia
La Vanguardia era una empresa familiar, dirigida por Baltazar L. Pineda, con el Ing. Pedro Pineda como subdirector y administrador. La postura general del periódico era de respaldo a la reelección de Porfirio Díaz. Fue parte de una gama de periódicos oficiosos que circulaban en diferentes ciudades de la entidad. La prensa oficiosa respondía con críticas y sátiras hacia periodistas opositores y el propio Madero.

En sus ediciones de 1910, La Vanguardia pasaba de la publicación de apologías a personajes del porfiriato y sumarse a la ola de burlas hacia el opositor, en especial tras su encarcelamiento, ocurrido el 7 de junio de ese año. Con Madero encarcelado, las elecciones primarias fueron el 26 de junio y las secundarias el 10 de julio. Porfirio Díaz fue formalmente electo presidente de México por un periodo de seis años para cubrir el periodo 1910 – 1916 y con posibilidad de reelección inmediata. Ramón Corral Verdugo fue electo vicepresidente. La Vanguardia festinó el triunfo porfirista.
Sin embargo, abrieron sus páginas a un hombre abiertamente maderista: el distinguido historiador don Fulgencio Vargas que se había integrado al semanario en septiembre de ese año. Vargas tenía ya camino andado como periodista e intelectual. Iniciaba su prolífica carrera de historiador y colaboraba para periódicos metropolitanos y de países de Centro y Sudamérica. Su participación en La Vanguardia no sólo implicaba el refrendo al liberalismo porfirista, sino también era un espacio de expresión de la cultura de la época y daba legitimidad al periódico.
Lo que parecía un triunfo “electoral” más del dictador y la inevitable continuidad de su gobierno, tuvo un cambio cuando Madero pudo escapar de su encierro en la prisión de San Luis Potosí entre el 4 y el 5 de octubre, hecho que fue un factor detonante para que la lucha electoral encabezada por el coahuilense se convirtiera en lucha armada que inició formalmente el 20 de noviembre de 1910.
La Vanguardia en el estallido revolucionario
El constante avance de las tropas maderistas, especialmente en el norte del país, obligó a la prensa local a publicar más información y a pasar de periodicidad semanal a la diaria. Para diciembre de 1910, El Obrero (León), La Vanguardia (Celaya), El Observador y El Barretero (Guanajuato) tenían ediciones cotidianas. Estos y otros impresos mostraban cómo el coahuilense ganaba simpatías y su lucha se extendía por el territorio nacional. Al publicar noticias y argumentar contra la revuelta, informaban sobre la fuerza del movimiento revolucionario, aun cuando otros pretendieran negarlo o minimizarlo.
Para finales de 1910, la convocatoria rebelde había tenido sus ecos en Guanajuato. Se formaron seis núcleos agrarios conducidos por Cándido Navarro, Juan Bautista Castelazo, Francisco Franco, Moisés García, Catarino Guerrero y Adolfo Azueta. Los tres primeros, a la postre, fueron los más destacados en lo referente a la lucha armada maderista en Guanajuato.
Mientras que los rebeldes en la entidad se preparaban para sus primeros ataques, las noticias difundidas por la prensa oficiosa de Guanajuato mostraban la versión oficial y resaltaban supuestas derrotas de los revolucionarios. A diferencia de la oleada nacional, la debilidad militar de los rebeldes guanajuatenses generó a la prensa oficiosa de la entidad la percepción que era improbable e indeseable la caída del gobierno de Porfirio Díaz. Las noticias sobre los acontecimientos bélicos, sin embargo, eran constantes, y mostraban que a nivel nacional el gobierno federal era abrumado por un maderismo cada vez más posicionado tanto en el país como en el extranjero. La postura generalizada en comentarios y editoriales de los impresos de la entidad era la de repudiar el derramamiento de sangre.
La Revolución fue vista inicialmente como algo lejano y atemorizante que se acercaba a un estado que no tardó en dejar de ser espectador y convertirse en escenario con las primeras batallas que fueron protagonizadas en febrero de 1911 por Cándido Navarro. Sin embargo, la prensa guanajuatense informaba poco sobre el levantamiento armado en el estado y las noticias sobre los combates fluían a través de la prensa metropolitana opositora o independiente.
En marzo de 1911, La Vanguardia tomaba partido desde sus páginas y además de refrendar su lealtad política hacia Díaz, cargaba sus baterías editoriales contra los periódicos que propagaban la lucha revolucionaria. Descalificaba que los revolucionarios tuvieran apoyo popular debido a que “el verdadero pueblo mexicano” se encontraba en las fábricas y en el campo y no combatiendo a Díaz.
Sin embargo, conforme crecía la insurrección en el norte del país, inició el proceso de acomodo de la clase política porfirista ante la posibilidad del establecimiento de un nuevo gobierno. En esa dinámica, el oportunismo de Pedro L. Pineda, director de La Vanguardia, fue tal que conforme se debilitaba el gobierno porfirista fue moderando su combatividad contra los revolucionarios y conminaba a los revolucionarios a dejar las armas al considerar que había sido innecesario el derramamiento de sangre.
El 4 de mayo de 1911, el gobernador Joaquín Obregón González dejó su cargo, pero la oleada revolucionaria continuaba en la entidad. La zozobra y la incertidumbre aparecieron en una prensa guanajuatense que difundía los ecos de la conflagración y daba “vuelo” a cuanto rumor llegaba a sus redacciones.
Bastó una batalla importante, la de Ciudad Juárez, para que el dictador decidiera dejar el poder. El 11 de mayo de 1911, La Vanguardia publicó un editorial en el que daba legitimidad al cambio de gobierno y anunció que Enrique Octavio Aranda asumía la gubernatura de manera interina. El texto era ilustrado con una fotografía del nuevo gobernador.
Tras enumerar las poblaciones tomadas por los revolucionarios, el impreso cuestionaba la gesta armada. Ante la inminente renuncia de Porfirio Díaz, apostaba por el relevo de Bernardo Reyes, quien definían como hombre leal al presidente con buenas relaciones con los revolucionarios.
El 21 de mayo, en el edificio de la Aduana, los revolucionarios y Porfirio Díaz establecieron un convenio de paz. El 25 de mayo de 1910, el oaxaqueño dejó la presidencia para tomar un tren a Veracruz y embarcarse en el buque “Ipiranga” rumbo a Francia, donde el veterano dictador habría de morir. Ese mismo día, La Vanguardia publicaba que el Congreso de Guanajuato había otorgado el 4 de mayo licencia ilimitada al gobernador Joaquín Obregón González. La noticia iba acompañada por un editorial en el que los otrora fervientes y apasionados porfiristas manifestaban su resignación por los hechos y que esperaban que la renuncia de hecho del gobernante fuera para bien de Guanajuato. Una semana después, en su edición del 28 de mayo, el semanario celayense resaltó en su editorial de portada la firma de la paz entre rebeldes y gobierno de Díaz, signada en la Aduana de Ciudad Juárez. El periódico señalaba que “No es posible negar que mucha sangre ha costado la caída del antiguo y vetusto órden (sic) de las cosas” y se asumía como seguidor de la esperanza maderista. Hasta ese momento creían que la paz había por fin llegado.

La veleta de La Vanguardia
Con Francisco León de la Barra en la presidencia de la república, La Vanguardia, que sobrevivía —sin subvención— gracias a sus anunciantes y la venta de ejemplares, mantuvo en la mayoría su postura de reserva al maderismo, pero también tenía otros que apoyaban la causa del coahuilense, con Fulgencio Vargas como entusiasta promotor. Durante varios meses su nombre se mantuvo en el directorio y es probable que muchos de los artículos en defensa de la Revolución como propuesta democrática, aunque con la reserva por su carácter bélico, hayan sido escritos por él. Sin embargo, sin que hubiera documento que lo explicara, dejó de colaborar en el periódico, según lo informó la edición del 4 de junio.
En su postura editorial oficial, La Vanguardia fue el impreso guanajuatense que tuvo la actitud más crítica a Madero aun cuando, por conveniencia, había inicialmente reconocido el triunfo del coahuilense.
La caída del porfiriato llevó a nuevos procesos electorales. Los impresos tomaron rápidamente partido en el marco de la contienda política abierta por el nuevo régimen. La Vanguardia, distinguido por su porfirismo y por una discreta postura crítica al gobierno de Madero, se sumaba a la causa estatal de Francisco Covarrubias, uno de los candidatos postulados por el maderismo guanajuatense. Aunque formalmente era señalado como seguidor de Madero, a Covarrubias lo veían con cualidades similares al liberalismo porfirista. En ese tenor se explica por qué la mayor parte de los candidatos pertenecían a la antigua oligarquía política porfirista y los periódicos se sumaban a ellos: había un porfiriato sin Porfirio.
Fiel a su carácter oportunista, La Vanguardia postuló en septiembre a Madero para presidente de la República y a José María Pino Suárez para vicepresidente. En su editorial, justificaba el cambio de militancia al señalar que así como Porfirio Díaz lanzó el Plan de Tuxtepec bajo la consigna de “Sufragio Efectivo No Reelección”, Madero hizo lo mismo. En octubre de 1911, días antes de las elecciones estatales, Madero hizo gira por Celaya y esa visita fue aprovechada por el covarrubista La Vanguardia para atacar a los colunguistas hostiles “al caudillo que los librara de la tiranía”.
Madero y Pino Suárez ganaron el 15 de octubre de ese mismo año la presidencia de la república. La elección estatal fue el 29 de octubre de 1911 y el electo fue otro maderista: Víctor José Lizardi. Al no ganar su abanderado Covarrubias, desde el semanario celayense surgió una postura crítica hacia la administración estatal vencedora y una complaciente hacia la federal.
El triunfo Lizardista no acalló las voces opositoras. Tras tomar posesión, sus detractores aguardaban cualquier detalle para atacarlo. La Vanguardia manifestó en otro editorial que también respetaría el resultado de la elección, pero se convertiría en censor de los actos de gobierno y daría voz a los inconformes.
Al finalizar 1911, la inestabilidad política del gobierno de Madero se reflejó en las noticias sobre “atrocidades” de zapatistas y orozquistas. En Guanajuato, los inconformes hacia el régimen fueron apresados. A nivel nacional, lo había sido también el principal rebelde guanajuatense: Cándido Navarro.
El cambio final de veleta
En 1912, en el marco de las elecciones locales, Baltazar L. Pineda, director del semanario, y Fulgencio Vargas contendieron a diputados locales. Pineda lo fue por el distrito 18 y Vargas por el 4. El jaralense sí logró una curul en lo que fue la XXV Legislatura del Congreso del Estado de Guanajuato. Pineda, otrora defensor de Díaz, luego forzado simpatizante de Madero, se convertía desde su impreso en impulsor de las acciones legislativas del nuevo régimen.
La antigua prensa porfirista regresó a su caudal y los que se habían sumado a la causa insurrecta se volvieron otra vez contra Madero. En ese tenor, La Vanguardia cambió nuevamente su postura editorial y asumió una actitud más crítica hacia el maderismo hasta convertirse en legitimador del golpe de Estado que Victoriano Huerta dio contra Madero en febrero de 1913.
La muerte de Madero y Pino Suárez —fruto del golpe de Estado— fue la noticia más “sensacional”, término con el que la prensa de la época calificaba a un suceso de mayor relevancia, de su momento. El Obrero, de León, publicó a los pocos días de la asonada su edición semanal dedicada exclusivamente a la Decena Trágica. En los repositorios consultados no se encontraron ejemplares de La Vanguardia correspondientes a ese momento, pero publicaciones posteriores indican que fue de los impresos que, desencantados del maderismo o añorantes del porfiriato, justificaban o apoyaban la traición.

El 26 de marzo de 1913, Venustiano Carranza proclamó en Coahuila el Plan de Guadalupe, un documento político-militar que desconoció a Victoriano Huerta como presidente tras el asesinato de Madero. Fundó el Ejército Constitucionalista para restablecer el orden constitucional y Carranza se erigió como su Primer Jefe.
La pugna entre constitucionalistas y Huerta tuvo una amplia respuesta en la prensa estatal a lo largo de 1913. En este lapso se le pierde la pista al impreso celayense. El último rasgo oficioso conocido de La Vanguardia data de mayo de 1914, cuando aludía a la invasión estadounidense de 1847 para respaldar al régimen de Huerta con motivo de la ocupación de tropas de ese país al puerto de Veracruz en abril de ese año. Esta publicación sirve de referencia para ilustrar la postura que el semanario celayense mantenía respecto al gobierno huertista.
Venustiano Carranza derrotó a Victoriano Huerta a mediados de 1914, consolidando su triunfo con la entrada triunfal a la Ciudad de México el 20 de agosto de 1914. La renuncia de Huerta ocurrió el 15 de julio de 1914 tras la serie de victorias del Ejército Constitucionalista, firmándose los Tratados de Teoloyucan en agosto. Con la caída de Huerta, meses después, desapareció el semanario celayense en un contexto de crisis: la posterior ocupación de carrancistas y villistas en ese mismo año y la pugna entre ambos durante 1915 provocaron el cierre de la mayor parte de los periódicos de la época. Con el carrancismo triunfante llegó una nueva era para la prensa guanajuatense en donde el repórter ya no era un personaje circunstancial sino parte esencial del periodismo en la región.
Fuentes
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