LOS DIOSES MEXICAS VUELVEN A MIRAR AL ZÓCALO

Hay algo profundamente simbólico en que las figuras de Tlaltecuhtli y Coyolxauhqui hayan ocupado el Zócalo: No están ahí los monolitos originales, sino reproducciones monumentales que devuelven, aunque sea por un instante, dos de las imágenes más poderosas de la antigua Tenochtitlan al corazón de la ciudad que nació sobre sus ruinas.

Las esculturas formaron parte de Memoria Luminosa. México Tenochtitlan, el proyecto con el que el Gobierno de la Ciudad de México conmemoró en 2025 los siete siglos de la fundación de México-Tenochtitlan. Junto con ellas se colocaron reproducciones gigantes de Coatlicue, la Piedra del Sol y el Teocalli de la Guerra Sagrada. Fue algo muy atractivo.

El montaje convirtió al Zócalo en un espacio donde la ciudad de hoy dialogó, literalmente a escala monumental, con su pasado mexica. Contemplar las figuras permite recordar que debajo de las calles, edificios y plazas del Centro Histórico permanece una ciudad mucho más antigua. Y pocas historias lo explican mejor que las de Coyolxauhqui y Tlaltecuhtli.

La Coyolxauhqui representa la derrota, el desmembramiento y el movimiento celeste. Descubierta en 1978, observa el mismo espacio donde comenzó su propia historia. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

La historia moderna de la Coyolxauhqui comenzó la noche del 21 de febrero de 1978, cuando trabajadores de la entonces Compañía de Luz y Fuerza, descubrieron de manera accidental el enorme disco de piedra durante trabajos en el Centro Histórico. El hallazgo confirmó la ubicación del Templo Mayor y dio origen al “Proyecto Templo Mayor”.

El monolito representa a Coyolxauhqui, la diosa cuyo nombre suele traducirse como “La que tiene adornos de cascabeles”. Su cuerpo aparece decapitado y desmembrado. No se trata de una escena de violencia colocada al azar. Representa el episodio mítico en el que Huitzilopochtli derrota a su hermana después de que ella y sus hermanos se enfrentan a su madre, Coatlicue.

Para los mexicas, la imagen estaba cargada de significado, por lo que el monolito fue colocado al pie de la escalinata del templo dedicado a Huitzilopochtli. La pieza original está en el Museo del Templo Mayor, inaugurado en 1987 donde se conservan miles de objetos hallados durante las investigaciones en el corazón de la antigua Tenochtitlan.

Tlaltecuhtli, la tierra que recibe a los muertos 

Casi tres décadas después de Coyolxauhqui, otra piedra monumental volvió a estremecer a la arqueología mexicana. El 2 de octubre de 2006, en la Casa de las Ajaracas, a pocos metros del Templo Mayor, apareció el monolito de Tlaltecuhtli. Ese hallazgo se convirtió en uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de las últimas décadas.

La escultura mide aproximadamente 4.17 metros por 3.62 metros, tiene 38 centímetros de espesor y pesa alrededor de 12 toneladas. Está tallada en roca volcánica de tonalidades rosadas y violáceas. El Museo del Templo Mayor señala que se trata de la representación femenina de Tlaltecuhtli, el “Señor o Señora de la Tierra”, y su postura alude a un parto.

Su imagen es difícil de olvidar: Ojos enormes, cabello ensortijado, rodillas flexionadas, garras y una boca abierta de la que emerge un cuchillo. En ella se concentra una idea clave de la cosmovisión mexica: La tierra que da vida también recibe a los muertos. Su tamaño explica por qué la reproducción en el Zócalo es particularmente impresionante.

El original es el monolito mexica más grande conocido, con más de 12 toneladas. Y algo extraordinario: Tlaltecuhtli conserva restos importantes de su policromía original, algo excepcional entre las esculturas monumentales mexicas. El Proyecto Templo Mayor ha permitido reconstruir, con investigación y restauración, parte del aspecto cromático que tuvieron estas imágenes cuando fueron contempladas por los habitantes de Tenochtitlan.

Tlaltecuhtli, la tierra, la muerte, la fertilidad y la renovación. Descubierta en 2006, también permaneció oculta durante siglos bajo la ciudad que creció encima de Tenochtitlan. (Fotografías, Graciela Nájera Sánchez)

Dos diosas, dos historias y una misma ciudad

Estas reproducciones adquieren una dimensión especial en el Zócalo. La Coyolxauhqui representa la derrota, el desmembramiento y el movimiento celeste; Tlaltecuhtli, la tierra, la muerte, la fertilidad y la renovación. Una fue descubierta en 1978 y la otra en 2006. Ambas permanecieron ocultas durante siglos bajo la ciudad que creció encima de Tenochtitlan.

Hoy sus imágenes vuelven a encontrarse en el mismo espacio urbano donde alguna vez estuvo el centro político y ceremonial de aquella capital indígena. No son las piedras originales, pero sí son una forma de memoria porque el Zócalo no es solamente la plaza donde ocurren manifestaciones, ceremonias oficiales, conciertos y diversas celebraciones.

Es también uno de los lugares donde claramente se superponen las distintas edades de la Ciudad de México: la Tenochtitlan mexica, la ciudad virreinal, la capital republicana, y la enorme metrópoli contemporánea. Y cuando estas dos figuras aparecen ante los ojos de capitalinos, ocurre algo que la arqueología por sí sola no siempre consigue: el pasado deja de estar en una vitrina y vuelve a ocupar, el espacio público de la ciudad.