EL PECULIAR ATAJO DE CARRICA
Entre el Terremoto y la calle Alhóndiga,
se desliza un sinuoso y típico callejón
Como tantos otros sitios de Guanajuato capital, este pasaje entre el Callejón del Terremoto y los Dos Ríos tiene un nombre extraño: Carrica, reminiscencia del apellido de un prominente español de la época de la independencia, abatido durante la cruenta toma de la Alhóndiga de Granaditas, efectuada el 28 de septiembre de 1810, gracias a una estratagema ideada por ese personaje legendario apodado “El Pípila”.
Aparentemente, en tiempos virreinales Carrica constituyó una división entre la enorme hacienda de Salgado y la de San Clemente, y tenía, por lo menos, un pasaje secundario. Al paso del tiempo, se convirtió en un callejón largo, actualmente fundamental para evitar un amplio rodeo a los habitantes del rumbo, así como a los caminantes y a los proveedores de diversos servicios y mercancías.

Esta ruta inicia —o termina, según el sentido en que se avance— en un recodo del Callejón del Terremoto, a unos pasos del Templo del Santo Niño de los Atribulados, por un lado, y del Callejón del Charro, por el otro. Desde ahí hace un suave descenso, a veces en línea recta, otras en un curso sinuoso donde se descubren, a cada paso, coloridas y típicas viviendas y atractivos rinconcitos, más aún desde su reciente remodelación, con la cual obtuvo no solo un nuevo pavimento de pórfido, sino también flamante iluminación que realza su encanto nocturno.
Carrica es un callejón para recorrer despacio, si acaso hay tiempo, pues en estas épocas de modernidad acelerada, la prisa parece dominar a todos: los trabajadores encaminados a sus labores de cada día; las pocas amas de casa que aún quedan, empeñadas en sus compras para la comida; los abuelos y abuelas, apurados por llevar y traer a sus nietos de la escuela; los vendedores de todo tipo de bienes, los burócratas en camino de sus oficinas y los estudiantes, apresurados para no llegar tarde al aula.

A medio camino, se encuentra una conexión en descenso, luego da vuelta en “u” y otra vez sube para retomar el trayecto principal: una herradura habitada, restos de una vieja senda que llegaba hasta la cañada, y terminaba en un arco de piedra, aún existente, frente al Callejón del Muerto, pero obstruida desde hace décadas por una construcción que impidió definitivamente el paso, demostrando que la ocupación irregular de espacios públicos no es nada nuevo.
De vuelta en el callejón principal, la entrada de uno de los accesos a esa desviación muestra un hidrante, cuya avanzada erosión lo ha salvado del robo de cantera que ha afectado a tantas otras estructuras similares. Cerca hay una especie de placita con bancas de hierro, ideal para detenerse a descansar, sobre todo si uno va de subida, agitado por el esfuerzo, o bien para una sabrosa plática y, claro, para un momento romántico.

Muchos de los inmuebles de Carrica poseen, antes de la entrada, una escalera, un alto escalón o una rampa, estructuras necesarias para superar el desnivel del terreno. Las construcciones rara vez superan las dos plantas y poseen el atractivo de la sencillez. La mayoría ni siquiera tiene el marco de cantera que caracteriza a puertas y ventanas de las casas de otros barrios, pero, a cambio, las pintorescas puertas con jambas de madera, pintadas de vivos colores, son de algún modo interesantes.
Afortunadamente, por Carrica no pasan automóviles, aunque sí las ruidosas motocicletas, cada vez en mayor número. No obstante, impera tal calma que es posible platicar tranquilamente mientras se avanza. Es verdad que alguna vecina puede atisbar, desconfiada, desde alguna ventana; también, es posible encontrarse con un joven tatuado cuya mirada delata un gesto defensivo del territorio, y hay quien pregunta por qué se toman fotografías de un callejón alejado de las rutas turísticas, pero predomina la indiferencia general. ¡Vamos, ni siquiera los escasos perros se molestan en gastar un ladrido ante la presencia de extraños!

El trayecto permite captar la autenticidad de un barrio guanajuatense, lejos de pretensiones y donde los habitantes, día a día, se enfrascan en vivir lo mejor posible, al ritmo cotidiano del trabajo, el estudio o el cuidado de la familia. Por otra parte, los vecinos tratan de mantener limpio su entorno, si bien por allí aparecen costales de escombro convenientemente olvidados y alguna bolsa o botella de PET tirados por personas con escasa conciencia ecológica.
El recorrido a lo largo de esa senda dura poco. Unos 10 minutos de bajada o 15 de subida, si uno camina sin detenerse, pero pueden emplearse algunos momentos más en captar el ambiente y el ritmo de la existencia: los niños que vuelven, juguetones, de la escuela, seguidos por una avispada abuela; los hombres que distribuyen garrafones de agua en comercios y viviendas; el electricista midiendo el consumo energético en una privada; la joven estudiante de vuelta a su cuarto, cargada con una colorida mochila de la cual pende un llavero con forma de cráneo; el par de damas contando los últimos sucesos locales o nacionales.

Un recodo, ante el cual destaca el anuncio de un hotel, anuncia la salida. El estrecho pasaje, repentinamente, se abre a una plaza llena de gente, apiñada ante un puesto de verduras; frente a un restaurant o comprando un helado, a la vista de otro hidrante, este sí remozado y pintado. El corto paseo ha terminado. Vuelve el ruido de los automóviles, cruzándose en una glorieta donde se dividen las calles Alhóndiga y San Clemente, bajo las cuales fluyen sendas corrientes que, desde hace mucho, dieron nombre a ese espacio: Dos Ríos.


