“LA CASA DE LA MANITA” DE LA MERCED

Una mano cercenada permanece clavada en la fachada de una antigua casa en el corazón de La Merced. Nadie puede asegurar hoy a quién perteneció aquella mano, pero durante generaciones su presencia ha nutrido una de las historias más inquietantes y singulares de cuantas se pueden contar sobre el Centro Histórico de la Ciudad de México. Sí da miedo.

La escena parece salida de otra época y se ubica en una esquina mucho más vieja que la memoria de vecinos y comerciantes: Jesús María y Venustiano Carranza. Una hermosa y gran hornacina barroca cubre la imagen de San José y, en su parte inferior, la mano que dio nombre al inmueble: “La Casa de la Manita” … y pese a todo, casi pasa inadvertida.

El edificio tiene origen en el siglo XVIII y fue remodelado a finales del XIX. El Archivo Histórico de la Ciudad de México lo identifica como uno de los inmuebles más viejos de la zona. Pero la historia que convirtió esa mano en leyenda no está en los documentos de propiedad ni en los planos de la ciudad. Está en la memoria de los abuelos más curiosos.

La leyenda de la manita es una de las narraciones que ha trascendido generaciones. (Fotografía: Graciela Nájera Sánchez)

Una de las versiones que más arraigo tiene entre los vecinos señala que, durante la época virreinal, el propietario de la casa descubrió que uno de sus criados le robaba. El castigo habría sido terrible, pues le cortó la mano y la colocó en la fachada como escarmiento. La mano original, dice la tradición, terminó deteriorándose y fue sustituida por una de piedra.

Una variante: el hombre castigado no habría sido un criado, sino un funcionario de la Nueva España que robó dinero del erario. La fuente oficial deja ambas versiones en el terreno de la tradición popular. Es decir, no existe evidencia documental suficiente para presentar como hecho comprobado que la mano perteneciera a una persona castigada.

Existe otra narración, todavía más dramática. Un estudio publicado por el Fideicomiso Centro Histórico (FCH) dice que, en abril de 1828, un señor llamado José María Salinas, acompañado por otros cuatro individuos, habría robado del templo de Nuestra Señora de La Merced una custodia de oro que contenía una hostia consagrada. Un enorme sacrílego.

Tras ser detenido, Salinas habría recibido la pena de garrote y, como consecuencia de la profanación, se le habría cortado la mano derecha. La tradición sostiene que esa mano fue clavada en la esquina de La Merced y Puente de Jesús María. Pero el FCH presenta este episodio como tradición popular, no como un hecho histórico demostrado plenamente.

Lo extraordinario es que la historia no permaneció únicamente clavada en la memoria de los vecinos. En 1894, la leyenda ya había adquirido valor comercial. El FCH reproduce un anuncio de aquella época en el que se promocionaba: “La Manita. Gran Fábrica de Chocolate”, ubicada en la Segunda Calle de La Merced número 7, frente al mercado.

La empresa pertenecía al empresario español Alonso Noriega Sámano y el nombre del negocio, según la propia fuente oficial, procedía precisamente de la tradición de la mano cercenada. La fábrica producía varios tipos de chocolate y comercializaba marcas como Receta Especial y Charola Vieja. También vendía café, y dulces de Morelia y Celaya.

Con el paso de los años, La Manita dejó de ser solamente una fábrica de chocolates. Se convirtió en tienda de dulces, después en establecimiento de ultramarinos y finalmente en comercio de abarrotes, que sobrevivió hasta avanzado el siglo XX. Así, una vieja historia de castigo terminó formando parte de la exquisita vida comercial nativa de La Merced.

“La Casa de la Manita” no está aislada de su entorno. Se encuentra en un perímetro que durante siglos concentró actividad religiosa, comercial y popular. La actual Plaza Alonso García Bravo, donde se localiza, formó originalmente parte del atrio del antiguo conjunto mercedario y llegó a funcionar como cementerio, con sus propias leyendas macabras.

La historia que convirtió esa mano en leyenda no está en los documentos de propiedad ni en los planos de la ciudad. Está en la memoria de los abuelos más curiosos. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

El convento de La Merced estuvo en este sitio desde finales del siglo XVI y, después de las Leyes de Reforma, el antiguo espacio religioso fue transformándose hasta convertirse en una de las zonas comerciales más importantes de la ciudad. La mencionada plaza surgió después de la desaparición del antiguo mercado que funcionó allí durante décadas.

El actual Mercado de La Merced fue inaugurado en 1957 para sustituir al anterior. Lo cierto es que en medio de todos esos cambios, la Casa de la Manita permaneció como una suerte de testigo silencioso. Arriba, San José. Abajo, una mano de piedra. Y alrededor, el bullicio incesante de uno de los barrios más antiguos, intensos y populares de la capital.

Quizá nunca sepamos con absoluta certeza quién fue el dueño de esa mano, o si alguna vez hubo realmente una mano humana clavada en esa pared. Pero sí sabemos que la leyenda sobrevivió hasta convertirse en una marca comercial, mientras la arquitectura conservó el escenario donde nació la historia. En la ciudad que cambia todos los días, aquella mano sigue ahí.

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