En enero de 1958, como resultado de una de sus tantas crisis económicas, el escritor guanajuatense Jorge Ibargüengoitia envió desde Coyoacán, donde vivía, una carta a la directora de la Escuela de Filosofía y letras de la Universidad de Guanajuato, en la que le solicitaba trabajo como profesor de arte dramático. Pedía un sueldo de tres mil pesos mensuales y que lo integraran al Teatro Universitario al lado de Enrique Ruelas.
No se le aceptó y esa carta marcaría una futura relación entre Ibar (como le llamaban entre cuates) y la comunidad universitaria. Por esa carta que lo rechazó sería definida en 1975 como “profesores de una universidad” e “intelectuales de pueblo”.
Lo anterior viene a cuenta porque desde 2018, la Universidad de Guanajuato otorga el Premio Jorge Ibargüengoitia de Literatura a autores de reconocida trayectoria. Fue instaurado como parte de la conmemoración del natalicio 90 del guanajuatense.

En este 2025 será otorgado al escritor Enrique Serna, en reconocimiento a su trayectoria y, en especial por su aportación a la literatura desde la novela histórica. El premio se entrega durante la ceremonia de inauguración de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Guanajuato, que cada año se lleva a cabo en el contexto del periodo vacacional de Semana Mayor.
Aunque el premio lleva el nombre del sarcástico escritor y hubo y hay integrantes de la comunidad intelectual universitaria que han escrito y escriben acerca del personaje y su obra, muy poco se ha dicho de la relación que tuvo con la Universidad.
La pista literaria
“Cuévano es una ciudad chica, pero bien arreglada y con pretensiones. Es capital del estado de Plan de Abajo, tiene una universidad por la que han pasado lumbreras y un teatro que cuando fue inaugurado, hace setenta años, no le pedía nada a ningún otro”.
Así es como Jorge Ibargüengoitia describe al trasunto literario en Estas ruinas que ves, inspirado en su ciudad natal. Es Cuévano ―Guanajuato ―, la capital del estado de Plan de Abajo, nombre inspirado en el afamado Plan Guanajuato, impulsado en la década de 1960 por el entonces gobernador Juan José Torres Landa.
La referencia a la ciudad de Guanajuato es directa: el Teatro Juárez fue inaugurado en 1903 y Estas ruinas que ves fue escrita en 1973 (aunque concursada en 1974 y publicada en 1975). La alusión literaria es más que evidente y ahí encaja la frase de “tiene una universidad por la que han pasado lumbreras”.
Jorge Ibargüengoitia nació en Guanajuato en enero de 1928 y era un niño cuando murió su padre y su madre se fue con él a vivir a Coyoacán. Sin embargo, la familia solía regresar de visita a la ciudad. Así lo consigna el escritor en textos autobiográficos.
Entró a la UNAM a la Facultad de Ingeniería, no le gustó y se cambió a Filosofía y Letras, donde estudió para hacer teatro. Tenía esporádicas visitas a la ciudad de Guanajuato.
A principios de la década de 1950 tomó posesión de la exhacienda de San Roque, ubicada al sur de la ciudad de Irapuato. Fue entonces que intensificó sus visitas a la capital. Tuvo ―en esas visitas ocasionales― como lugar de hospedaje la casa de José de Ezcurdia, ubicada frente al Teatro Principal y que hoy es sede del Museo de la Universidad de Guanajuato. En una de esas vueltas recibió la recomendación en voz de Salvador Novo de dejar de escribir teatro y dedicarse a la novela.
Como no tenía vocación agraria ni el rancho daba para mucho, lo vendió en 1955 (otras versiones señalan que fue en 1956) y con ese dinero compró un terreno y construyó una casa en Coyoacán. Ibar vivía de becas y en 1957 perdió la que tenía y se quedó sin dinero. Fue entonces que pidió trabajo en la universidad de su ciudad natal
La carta
Fue fechada en Coyoacán, Distrito Federal el 22 de enero de 1958 (el día que cumplió 30 años de edad) y la dirigió a la escritora Matilde Rangel, directora de la Facultad de Filosofía y Letras.
En la misiva, el escritor solicitaba trabajo como maestro y manifestaba que “mis necesidades económicas ascienden a tres mil pesos mensuales”. Fiel a su estilo, precisaba: “en caso de que éstas fueran cubiertas, la facultad podría disponer de mí, en cuerpo y alma, durante cuatro días a la semana”. Añade: “en caso de que mi sueldo fuera más corto que eso, debe quedar entendido que yo necesitaría de otras ocupaciones para cubrir esa cantidad”.
En la epístola dice estar capacitado para impartir “casi cualquier materia del departamento de letras, con la advertencia de que mi interés principal es el teatro en cualquiera de sus aspectos”.

Luego expone una síntesis curricular, en la que señala que estudió Letras en la UNAM, impartió clases y fue becado por la Fundación Rockefeller y el Centro Mexicano de Escritores; becas que se habían terminado. En 1957 se había titulado como maestro en letras, especializado en Arte Dramático, también por la UNAM.
En la segunda página de la carta hace una relación de obras publicadas y manifiesta que la universidad “de ustedes (,,,) me ofrece mayores alicientes que cualquier empleo de los que tengo perspectivas” y pide trabajar al lado de (Enrique) Ruelas o en cualquier espacio de la Escuela de Teatro, “que no sé si dependa de la facultad que usted dirige”.
El documento con esta petición está consignado en las páginas 26 y 27 del libro Valenciana. Hitos y personajes de una facultad: Filosofía y Letras 1952-2008, escrito por Luis Palacios Hernández, quien fuera amigo del escritor, y publicado por la Universidad de Guanajuato en 2012.
Según el autor, la “precaria situación de la facultad” impidió la contratación. La carta estaba en el Archivo Histórico de la Universidad y luego fue resguardado en la biblioteca del Departamento de Letras, donde fue consultado, aunque también se reproduce en el libro citado.
Regreso y desquite
Ibargüengoitia regresó a la Universidad a dar clases sobre literatura mexicana en Cursos de Verano promovidos por The Antioch College. Eso fue en 1964, cuando el escritor había retornado de los Estados Unidos (otra vez sin beca) y tuvo una nueva vinculación con la comunidad universitaria, esta vez desde la casa donde nació, que había sido adquirida por el abogado Jesús Villaseñor, y donde hacía migas con la poetisa Margarita Villaseñor.
Las estancias de Jorge Ibargüengoitia en la ciudad, sus relaciones con las y los universitarios y su aspiración rechazada a dar clases en la Universidad, fueron vivencias que habrían de llevarlo a construir un Bajío literario, con trasuntos como Cuévano, Pedrones, Rinconada, Muérdago y otros, pertenecientes al imaginario, pero inspirado en uno real, estado de Plan de Abajo; con personajes de ficción que se parecen mucho a los que rondaban la ciudad en esas décadas.
En 1974, Jorge Ibargüengoitia terminó de escribir Estas ruinas que ves, donde la trama tenía dos espacios distintivos: la ciudad de Cuévano y su universidad. La mandó al Concurso México de Literatura. Ganó el certamen y cuando una torpe reportera de Televisa lo entrevistó, aclaró que su obra versaba sobre unos “profesores de una universidad”; más adelante los calificó como “intelectuales de pueblo”.
Ya no volvió a pedir trabajo, pues para entonces se había casado con la pintora inglesa Joy Laville y habían vendido la casa de Coyoacán para irse a vagar por Europa. Haría desde allá más novelas sobre ese Bajío literario y habría en ellas referencias a cuevanenses y universitarios, pero la Universidad ya no volvería a aparecer en su obra.
En 1983, el escritor murió en un accidente de aviación cerca de Madrid, España. Se llevó a la tumba el amor o el despecho por la universidad que no lo quiso contratar.

La institución ha publicado varios libros sobre vida y obra del escritor, ha instituido un premio en su honor y tiene brillantes hombres y mujeres de letras que hacen ensayos sobre su creación, pero hasta ahí:
Allá por la Presa de la Olla, frente a su atalaya, está la casa donde nació, olvidada por gobiernos estatal y municipal y por la misma universidad; y más olvidado aún está su cenotafio en uno de los pasillos de su bisabuelo, Florencio Antillón.
En 2028 se cumplen 100 años de su natalicio.
NOTA: El objetivo del “Premio Jorge Ibargüengoitia” es reconocer la trayectoria de un escritor o escritora que cuente con una obra destacada dentro de la tradición literaria mexicana; por lo menos, con publicaciones reconocidas en las dos últimas décadas en el género premiado, y de acuerdo con la postulación y deliberación de un Jurado conformado por especialistas. El galardón se otorga cada año en el marco de la Feria del Libro de la Universidad de Guanajuato. Su Consejo Consultivo está presidido ahora por la Rectora General de la Universidad de Guanajuato, Dra. Claudia Susana Gómez López, y tiene como integrantes al Secretario Académico, Dr. José Eleazar Barboza Corona, al Director de Extensión Cultural, Dr. Osvaldo Chávez Rodríguez, y, como secretaria técnica, a la Coordinadora General del Programa Editorial Universitario, Dra. Elba Margarita Sánchez Rolón. Las funciones de este consejo son acordar el género literario a premiar cada año y designar a los integrantes del jurado, conformado por especialistas.