DON JESÚS: UN AFILADOR QUE NO DEJA MORIR AL OFICIO
“Las tijeras (de podar) no se deben dejar en el patio o en el jardín; se oxidan y el ‘mojo’ le llega al filo y ya no sirven”. Así explicó Jesús Raya Mendoza el por qué las tijeras requerían un mayor trabajo para afilarlas. Minutos antes, un chiflo, como se llaman los silbatos de afilador, avisó de su recorrido por el fraccionamiento.
Luego, su voz cansada: “¡Cuchillos, tijeras, machetes o hachas qué afilar!”.
Y fue necesario buscar esas tijeras de podar que ya no cortaban para llamarlo. El hombre, de 71 años de edad, era acompañado por su esposa. El paso lento y la mirada fatigada mostraban que la jornada no parecía buena.

Se le llamó, vio las tijeras y dijo el precio del afilado. En términos técnicos y financieros, era más práctico comprar unas tijeras nuevas que resucitar unas ya muy dañadas, pero charlar con ese hombre que representa a uno de los oficios en peligro de extinción, hacía que valiera la pena el contratar sus servicios.
El hombre explicó el por qué las tijeras estaban tan dañadas para que el cliente supiera que requerían un trabajo más empeñoso. La charla duró los tres minutos que tardó en afilarlas.
Su nombre: Jesús Raya Mendoza. Es de Yurécuaro, Michoacán y en año nuevo cumplió 51 años de dedicarse a esa actividad. Por el momento no hay trabajo formal y recorre barrios, colonias, comunidades y fraccionamientos de Guanajuato en busca de “jale”.
Explica que su especialidad es afilar instrumental quirúrgico usado en los hospitales, “como el que usan en el quirófano”, recalca. Y evoca cómo fue que adquirió ese oficio:
“Me enseñaron unos muchachos que eran hermanos: Ramón Amezcua y Juan Amezcua. Iban a visitar a su familia a Yurécuaro. Me conocieron y me dieron una máquina afiladora, de las que ya no hay”.
El efecto: es un banco artesanal para afilar, con una manija del lado derecho, a medida para el operador. Pesa sus kilitos y cargarlo es la parte pesada del oficio. Don Jesús continúa al añadir que le dieron su banco y le dijeron:
“¡Órale hijo, te vamos a enseñar! Y desde entonces éste es mi trabajo”.
Y así como don Jesús aprendió, ha promovido su oficio en las nuevas generaciones: “Le he enseñado a mis yernos y a mis nietos. Ahorita uno anda por allá en la costa de Nayarit, pero ya se quiere regresar”.
La razón: “ya anda bien rayado”.
El hombre no sólo afila instrumental quirúrgico. Enumera qué más: cuchillos, tijeras, alicates para la cutícula (para los “piéseses”, precisa), así como aspas de licuadora, machetes, hachas y barras”.
Da vuelta con constancia a la manija y está por terminar. Se le alaba la fuerza de su brazo, pero aclara:
“No crea, ya me siento medio cansadón, ya no es lo mismo que antes, ya tengo 71 años, pero a’i andamos”.

Enderezó las tijeras, verificó que el corte fuera parejo y aconsejó cómo cuidarlas.
Recibió su pago y siguió su camino junto con su mujer. Despacio, mientras volvía a sonar su chiflo y su voz cascada sonaba entre el caserío de fachadas de ladrillo.
Al día siguiente, las tijeras funcionaron mejor que nuevas. La mirada se dirigió al fondo de la calle, donde tiene un pequeño quiebre y por donde la tarde anterior la figura de don Jesús se había perdido. Todavía resonaba el “pero a’i andamos”.

