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UN CABALLERO INVISIBLE

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POR José Luis Durán King

Santa María siempre se caracterizó por sus mujeres bonitas, con sus rasgos extraños y hermosos, misteriosos, de acuerdo con su grupo étnico

En la esquina de las calles Dr. Atl y Amado Nervo, en la colonia Santa María la Ribera de la Ciudad de México, hubo un puesto de periódicos que atendía “El Güero”, un joven introvertido, tipo “paisanito parrandero”, según palabras de mi amigo Héctor Valverde. “El Güero” siempre nos dejaba hojear el periódico a los amigos que lo visitábamos a su puesto a fumar, a leer las noticias (sobre todo deportivas) y a ver a las vecinas de la colonia que caminaban por ahí en su paso al mercado, al Metro, a la tienda o al Taconazo Popis, la zapatería que estaba en la esquina de Dr. Atl y Ribera de San Cosme.

Santa María siempre se caracterizó por sus mujeres bonitas, con sus rasgos extraños y hermosos, misteriosos, de acuerdo con su grupo étnico. A mí, en lo particular, me gustaba una muchacha de origen oriental que se llamaba Yuriko, la cual ni me fumaba por más maromas que yo daba.

“Le tiras muy alto”, me decía Benjamín. “Es la hija del dueño de los cafés de chinos que hay en Santa María y San Rafael, nomás calcúlale”. Y era cierto: los pobres tienen prohibido incluso ilusionarse en el amor. No les alcanza ni para construir sueños de algodón.

Pero, bueno, me estoy desviando. Una mañana que hojeaba el periódico en el puesto de “El Güero”, la vi venir, ¡era Yuriko! La noche anterior había llovido y las avenidas y aceras estaban encharcadas. El puesto de periódicos estaba junto a una tienda de materias primas, por lo que sólo quedaba un pequeño pasillo entre la pared y la estructura metálica rebosante de revistas y diarios. Sólo que una charca inundaba casi por completo el corredor. Yuriko daba brinquitos graciosos evadiendo los charcos.

Justo cuando iba a pasar frente a nosotros, yo me sentí Sir Walter Raleigh y lancé el periódico que hojeaba sobre el charco para que Yuriko caminara sobre él y no se mojara los zapatos. Al ver el papel desplegado en el piso, Yuriko frenó su paso, dudó momentáneamente, me volteó a ver, se sonrojó al verme a mí y a mis amigos expectantes de lo que iba a hacer, para finalmente recuperar el aplomo, susurrar un “gracias” y continuar su camino pisando de lleno el periódico.

Mis amigos se rieron, “El Güero” salió del interior del puesto con una sonrisa en los labios y una mirada de reproche hacia mí; recogió el periódico, lo sacudió y lo arrojó en una caja. “El Güero” jamás me volvió a prestar el periódico y Yuriko nunca me hizo caso, convirtiéndose en un más de esas mujeres que ocupan una banca en el jardín amplio y verde de mis recuerdos, pese a no haber tenido siquiera la curiosidad de voltearme a ver.

(FOTO: Periódico cerca de la puerta del garaje – Imagen Papel gratis en Unsplash)

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