FEDERICO GARCÍA LORCA, UN ROSTRO DE GRANADA FRENTE A LA ALAMEDA CENTRAL

En algunos lugares de la Ciudad de México la historia no se anuncia con monumentos de gran formato. A veces basta un pequeño busto, una inscripción y una calle estrecha para que una ciudad extranjera quede ligada para siempre a la memoria de la capital. Frente a la Alameda Central, en la esquina de Avenida Juárez junto al antiguo templo de Corpus Christi, permanece el busto de Federico García Lorca, el poeta y dramaturgo granadino que nunca llegó a conocer México.

No obstante, su presencia terminó echando raíces en esta ciudad. La escultura es pequeña y discreta, pero significativa. Ver ese homenaje escultórico recuerda al autor de Bodas de sangre, Romancero gitano, Yerma y La casa de Bernarda Alba. Nació el 5 de junio de 1898 en Granada, España. Poeta, dramaturgo y figura de la Generación del 27, desarrolló una obra en la que conviven la tradición popular española, la poesía, la música y un renovado lenguaje teatral.

El Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM) lo reconoce como una de las principales figuras de la poesía contemporánea y conserva en su fototeca varios retratos del escritor, entre ellos uno realizado en México hacia 1960, décadas después de su muerte. Su vida terminó violentamente al comenzar la sangrienta Guerra Civil Española. Fue detenido y fusilado en agosto de 1936, cuando apenas tenía 38 años y una obra literaria brillante.

Discreto, pequeño, y sin embargo muy significativo, es el homenaje de México a García Lorca. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

La muerte convirtió su figura en uno de los grandes símbolos culturales de la España del siglo XX, mientras su obra continuó creciendo lejos de su país. Y México tuvo un papel singular en esa memoria. Este pequeño espacio urbano había sido conocido durante siglos como callejón de Corpus Christi. Con el tiempo, quedaría asociado al nombre de García Lorca. La transformación histórica de esa zona señala que el antiguo callejón pasó a ser llamado Federico García Lorca.

La historia del lugar tiene además una particularidad: el homenaje no se limitó al nombre de una calle. De acuerdo con una investigación histórica publicada por la UNAM, en uno de los vértices del antiguo callejón se instaló una hornacina destinada a albergar un busto de García Lorca. Posteriormente, el busto fue trasladado y empotrado en el grueso muro poniente del antiguo templo de Corpus Christi, hacia la década de 1950, prácticamente en la esquina con avenida Juárez.

El busto que puede contemplarse frente a la Alameda no es un homenaje reciente, forma parte de una historia urbana del siglo XX. La Alameda Central, creada en 1592 por orden del virrey Luis de Velasco II, es considerada por el Gobierno de la Ciudad de México el parque público más antiguo de América. A lo largo de más de cuatro siglos ha cambiado de aspecto, ha recibido fuentes, esculturas y monumentos y es uno de los espacios más grandes de convivencia de la capital.

En ese escenario conviven hoy las esculturas de personajes mexicanos y extranjeros, obras de distintas épocas y expresiones artísticas contemporáneas. El propio catálogo de la ciudad incluye, entre las piezas de la zona de Avenida Juárez, la escultura dedicada a Federico García Lorca. Al otro lado de la avenida está la Alameda con el Hemiciclo a Juárez. El poeta español quedó incorporado así a uno de los paisajes históricos más reconocibles de la capital.

García Lorca nunca llegó a viajar a México; su nombre, sin embargo, forma parte importante de la geografía urbana mexicana. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Existe, además, una ironía histórica. García Lorca nunca llegó a viajar a México, aunque el país ocupó un lugar importante en el imaginario cultural relacionado con su obra y con los escritores españoles de su tiempo. Su nombre, sin embargo, forma parte importante de la geografía urbana mexicana. La ciudad que él no pudo recorrer terminó dedicándole una calle, un espacio de memoria y un busto. Hoy, quien camina por avenida Juárez puede pasar frente a ese rostro de bronce.

Debajo de ese rostro hay una sencilla inscripción: “Federico García Lorca”. Y tras ella, está la historia de un poeta muerto en España y adoptado simbólicamente por un país que decidió conservar su memoria. No es solamente la imagen de un escritor, es la huella de una ausencia. Y frente a la Alameda, donde durante siglos la gente ha salido a caminar, conversar, enamorarse y mirar pasar la ciudad, el poeta permanece en silencio, convertido en parte del país que no conoció.

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