GUANAJUATO: LA CIUDAD TOMADA POR SUS MUERTOS

Dicen y cuentan quienes lo han atestiguado, que Guanajuato es, sin duda, una ciudad de leyendas, de historias y narraciones en las que abundan carrozas misteriosas guiadas por espectros, mujeres de negro que se adaptan a las costumbres de cada localidad, princesas en los cerros esperando el momento del desencanto, brujas tomando sangre en tazas de té en su casa de Paseo de la Presa, árboles con rostro en las huertas de las haciendas y sacerdotes que combaten el mal con crucifijos de plata en mano.

Los fantasmas son ese otro mundo que habita en comunión con el que nosotros, los vivos, conocemos. Existen siguiendo la cartografía misma de la ciudad: en los callejones, en puentes subterráneos, dentro de los edificios históricos, en los teatros, en la cortina de la presa o bajo el balcón en esas noches frías de luna llena en las que el lamento de una mujer que ha perdido a sus hijos se confunde con el correr del viento.

El fantasma no es un personaje que se desempolve una vez al año como sucede con las catrinas, aquí ambos, la muerte con su mejor atuendo y los descarnados, protagonizan infinidad de experiencias, tienen museos en su honor, han sido perpetuados en los libros, reciben a los visitantes en las haciendas antiguas, se suben a medianoche en el asiento trasero de los taxis que circulan en busca de pasajeros o se sientan a la vera del turista en una plaza cualquiera a ver pasar la madrugada.

Callejón de noche e imagen de comunidad minera. (Fotografías de Elena Ortiz)

Tanto las escuchamos y tanto las repetimos que terminamos por sentirlas más vivas cada vez, más verdaderas y legítimas que los propios habitantes de la ciudad, quizá incluso, más que nosotros mismos que terminamos viviendo a lo Cortázar, en una “ciudad-casa tomada”.

El tema es fascinante atrae a muchísimos turistas y cautiva a quienes vivimos en la ciudad.  Al final del día, entre cuestas adoquinadas, cantera y calles que desembocan en lugares impensables, el terreno fantasmal es fértil y abundante.

Construidas sobre capas de agua, cantera verde y tiros de mina, las casonas de la ciudad son el mejor escenario para una representación teatral de altura que no necesita reflectores pues ya está ambientada entre faros que encienden a media luz o no prenden del todo.

El fantasma es el crujido de las vigas de madera vieja, la mancha húmeda en la pared, el cuadro de hace tres siglos que cuelga de la pared de piedra del comedor, el olor de los aljibes, el frío persistente que los muros de adobe no logran mitigar y, especialmente, la sensación de saber que estamos durmiendo en una habitación en la que ya han fallecido diez generaciones antes que nosotros.

Existe en la inercia de la materia que lo revela entre las marcas del piso, en puertas pesadas de gran altura que sin embargo se azotan a la menor provocación o se quedan atascadas sin motivo, en muebles heredados que nadie se atreve a mover y que parecen llorar.

Y, sin embargo, fantasma no es solo uno. Existen en distintas condiciones, escenarios y contextos. Porque hay quien afirma haber visto suspendidas de las esquinas de la Alhóndiga las cabezas de los héroes independentistas. La sombra de Ibargüengoitia sigue presente, lúcida e irónica, en el parque que resguarda su tumba. Diego Rivera puede verse asomado al balcón de la casa en la que nació, el maestro Ruelas recorre aún la plaza de San Roque estudiando las posibilidades del escenario, y miles de mineros anónimos que sucumbieron atrapados en la Veta Madre en medio de la agonía avanzan con pies pesados por barrios y callejuelas.

Estos fantasmas no asustan, sino que existen para incomodar, cuestionar o inspirar, según sea el caso. Al mismo tiempo, permanecen como testigos etéreos pero firmes que vigilan lo que estamos haciendo hoy con el Guanajuato que ellos nos legaron. Lejos de ser adornos postales se erigen como jueces silenciosos de lo que la ciudad se niega a olvidar, o que no le ha importado preservar.

Dicen también que no hay fantasma más cruel que aquel que no ha muerto y que, sin embargo, llevamos cargando por cuestas y subterráneas en forma de recuerdo de un gran amor que quedó inconcluso, y que como un mal juramento pronunciado en la noche oscura nos sigue persiguiendo.

Están ahí, en los callejones que ya nadie transita, en la memoria de las tardes lluviosas, en las conversaciones atrapadas en los kioscos y el humo del café, en las largas despedidas al pie de la calle y los suspiros a la vera de la presa. Nunca se sabe cuándo volverán a hacerse presentes, de qué forma y con qué intención, por eso pesan tanto, duelen, nos mantienen en medio de una pena eterna que hace difícil andar.

En este punto el misterio ya no es si los muertos regresan, sino por qué los vivos nos sentimos tan cómodos viviendo con ellos. ¿Será acaso que los fantasmas reales somos nosotros? Que sin darnos cuenta de ello somos quienes estamos de paso, quienes rentamos nuestras tumbas-cuarto en contratos de no menos de seis meses, que pagamos boletos de autobús para fluir cada día hacia nuestros trabajos y compromisos diarios estorbando el tránsito de las sombras sobre la cantera, de las mujeres ahogadas en los ríos, de los hombres con pulmones de fantasma igual de pulverizados que cuando estaban con vida, y del eco de las voces y lamentos de quienes fueron los legítimos dueños de todo cuanto nos rodea.  

Árbol y mensaje en la comunidad Sangre de Cristo, así como un letrero en el Parador de San Pedro. (Fotografías de Elena Ortiz)

Por eso es que los espectros se hacen notar sin necesidad de cadenas ni sábanas raídas para imponer su presencia. Nos observan desde la profundidad de sus cuencas vacías a través de los dinteles y las cornisas, con paciencia, mientras caminamos acercándonos cada vez más a un final que ya conocen de sobra.

En Guanajuato el miedo no es a lo sobrenatural, sino a lo que en vida hacemos o destruimos. A las cuentas que deberemos dar cuando al fallecer nos pregunten ¿qué hicimos con la ciudad que nos fue heredada?, ¿podemos decir que la entregamos intacta, más próspera, más en paz?

Tal vez los forasteros no sean quienes flotan livianos escudados en su invisibilidad, acaso seamos nosotros mismos los verdaderos fantasmas invadiendo una tierra por la que no hemos luchado y que habitamos sin conciencia ni respeto. Al final ¿quién habita a quién? ¿Somos nosotros quienes recorremos la ciudad, o es la memoria acumulada de sus muertos la que nos dicta el paso?

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