CERO PANTALLAS. DECIDIR POR UNA NIÑA EN UN MUNDO QUE NO LE PREGUNTÓ NADA
Él publica todos los días a las siete de la tarde, con una constancia que ya quisieran muchas instituciones, y ahí está la niña, no siempre en el mismo lugar pero sí con la misma pose: en el jardín corriendo, en la clase de tae kwon do deteniéndose un segundo antes de patear, en ballet girando, en el piano mirando de reojo, en el coche cantando. Y en todos esos momentos hay un punto fijo, un lugar al que vuelve la mirada, porque ya sabe dónde está la cámara, porque ya nació con el “chip”, dicen; y aunque no siempre está en el mismo lugar ni en la misma mano, ella la encuentra, la reconoce, ajusta el gesto y sigue con lo que estaba haciendo. A veces sonríe antes de tiempo, a veces sostiene la mirada un segundo más de la cuenta. Él sigue grabando. Cero pantallas, dice el pie de foto, y la niña mira justo ahí.
Todo esto aparece entre un perro que baila, alguien cocinando algo en tres pasos, cómo invertir en criptomonedas antes de que sea tarde, los secretos de la mente que nadie te contó, cómo hablar en público sin morir en el intento, un gatito que mira a la nada, una escena de la Rosa de Guadalupe donde alguien llora con desesperación y luego, vuelta al perro que baila. Se llena de likes y de comentarios que dicen así se hace, y sigue porque el feed no se acaba nunca.

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El sábado no hay jardín sino restaurante. La niña ve los columpios, pintados de colores, vacíos y señala, los adultos miran hacia allá un segundo. Ahorita, dice uno, primero comemos. La niña ya no insiste. Adentro, sus cuatro años y no caben en ninguna silla. Pregunta por qué la servilleta es de tela y no de papel; pregunta si los peces del cuadro están vivos; pregunta qué es esa cosa verde que viene en el plato; pregunta si ya viene su comida, si falta mucho y por qué. Se para, da una vuelta, regresa, pide agua, la tira, pide que la limpien, se sube a la silla, se baja, vuelve a subirse. Los adultos responden sin perder el hilo, esa habilidad que también se aprende sola. En algún punto la niña decide que ya fue suficiente y llora.
Se miran. Él estira su mano hacía la bolsa; ella abre el cierre, y sale la tablet con su funda de osito, de silicón suave, con sus manitas a los lados, sus esquinas acolchadas. La niña ya ni pregunta, se acomoda, la toma con las dos manos y en tres segundos, ya no está en el restaurante. La mesa respira.
—Está viendo uno del cuerpo humano, pero en inglés —dice él, bajando la voz.
—¿Cómo se dice cabeza?
—Head —responde ella, sin mirarlo.
Levanta apenas la cara, lo justo para comprobar que cumplió, y vuelve a la pantalla con una atención que ya no deja entrar nada más. Nadie le preguntó si quería; y cómo no va a querer, si ahí adentro todo baila, todo brilla, todo hace ruido exactamente cuando debe hacerlo, y siempre hay algo más.
Eso tiene un nombre, aunque no lo usemos en la sobremesa: adultocentrismo. Esa convicción tan cotidiana que casi no se ve, de que los adultos somos la medida de todas las cosas, incluyendo las que les pertenecen a las infancias. Y lo difícil no es identificarlo en los demás, eso es fácil, casi un deporte, sino reconocerlo en uno mismo, en eso que se parece tanto al cuidado que a veces no hay manera de distinguirlos.
El cinturón se pone aunque la niña diga que no, la vacuna también, y eso es cuidar y nadie lo discute. Pero hay una zona gris: ¿cuándo dejamos de proteger y empezamos a decidir en su lugar?, ¿cuándo el ahorita es razonable y cuándo es simplemente conveniente para nosotros?, ¿cuándo la tablet es una herramienta y cuándo es para comprar silencio? Y la zona gris se complica todavía más cuando quien acomoda el entorno no es un padre en un restaurante sino alguien que nunca conocerás y que sabe exactamente cuándo mandarte la notificación; y hay situaciones donde esa línea desaparece del todo, y ahí yo tampoco tengo respuesta.
Me quedo, por ahora, con la historia más cotidiana, la del restaurante, la de los columpios que nadie preguntó si quería usar. Igual y yo tampoco pregunté eso siempre. Farah tiene veintidós años y la tecnología de entonces no era esta, pero hubo versiones de lo mismo, y no se llegan a entender estas cosas de golpe. Yo las estoy entendiendo todavía, y eso que en mi trabajo leo todos los días expedientes donde los derechos de las infancias son el centro de todo.

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En noviembre de 2017, por ejemplo, la Segunda Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió si una madre podía prohibirle a su hija el acceso a internet. Y le dijeron que no. En el Amparo en Revisión 800/2017, esta mamá no estaba de acuerdo con varios artículos de la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, entre ellos, uno que reconocía el derecho de las infancias a acceder a las tecnologías de la información, incluidos la banda ancha y el internet; su argumento era que, si ella consideraba que su hija no debía tener acceso, la ley no tendría que contrariar esa decisión.
La Corte resolvió que las infancias son titulares plenos de derechos, no extensiones de sus padres, que el acceso a las tecnologías de la información está garantizado en el artículo 6° de la Constitución y que negárselo sería condenarlas a un mundo aparte; que la función de los padres y las madres no es prohibir ese derecho sino orientarlo, acompañarlo, de manera progresiva conforme los niños y las niñas crecen.
Lo que la Corte no podía resolver en 2017, porque nadie se lo preguntó, es qué pasa cuando la plataforma está diseñada para que nadie pueda parar, cuando el algoritmo sabe más de un niño o niña que sus propios padres, cuando el derecho de acceso y el daño del diseño están jalando en direcciones opuestas. Casi diez años después, nadie ha puesto todavía las dos cosas en la misma mesa. El derecho tarda; las plataformas, no.
Alguien, en algún momento, tenía que ponerlas; así que, en octubre de 2024, catorce fiscales generales de distintos estados de Estados Unidos presentaron una demanda contra TikTok, con expertos en salud mental, evidencia científica y datos sobre la relación entre el uso intensivo de la plataforma y la depresión, la ansiedad, los trastornos alimentarios en adolescentes. La fiscal general de Nueva York dijo que TikTok conoce el daño que produce y ha elegido sus ganancias sobre el bienestar de las infancias. Dieciséis mil millones de dólares en 2023, por si alguien necesitaba el número. Esa demanda sigue abierta, porque nadie ha ganado ni perdido todavía.
Pero en marzo de 2026, un jurado en Los Ángeles declaró a Meta y YouTube responsables del daño a la salud mental de una joven, el primer fallo de este tipo en Estados Unidos. Meta anunció que apelará. El derecho se mueve despacio, mientras las plataformas se actualizan antes de que termine de leer la sentencia anterior.

Y mientras tanto, no nos prohíben nada ni nos obligan a nada, solo acomodan el entorno para que elijamos lo que ya decidieron que íbamos a elegir: el siguiente video antes de que el anterior haya terminado, la notificación a las once de la noche, el contenido que te revuelve por dentro pero no puedes dejar de ver. Eso es más difícil de combatir que cualquier prohibición, porque cuando quieres darte cuenta ya llevas una hora ahí. Y si nosotros, con toda nuestra voluntad de adultos, no podemos parar, qué le estamos pidiendo exactamente a una niña de cuatro años.
No es un problema de buenos ni malos padres, ni de fiscales más o menos valientes. Es un algoritmo que no duerme, que no se cansa, y que gana millones, aunque eso ya lo sabíamos; lo que quizás no, es que el derecho lleva años intentando nombrarlo; que ya hay una sentencia que dice que las infancias no pueden quedarse fuera del mundo digital; que ya hay un jurado que dice que ese mundo no puede diseñarse para hacerles daño. Lo que falta es alguien que junte las dos cosas.
Nosotros seguimos en el restaurante, hablando entre adultos de lo que es bueno para las infancias, de los límites que hay que ponerles, sin notar que nosotros tampoco elegimos los nuestros.
La niña levanta la vista un momento, nos mira a todos, y vuelve a su tablet.

