DUGÈS: NATURALISTA A LA MEXICANA

A 200 años de su nacimiento, la obra

de Alfredo Dugès pervive en su museo

Su retrato, muy conocido, lo muestra con un rostro adusto, sereno, sapiente. Probablemente las nuevas generaciones lo identifican poco, aunque muchos —seguramente— han curioseado por las vitrinas que protegen los cientos de ejemplares coleccionados a lo largo de una vida inquieta y que iba más allá de la academia, para buscar los misterios de la existencia en cada planta o animal que llegaba a su gabinete.

AlfredAuguste Dalsescantz Dugès nació en Montpellier, Francia, el 16 de abril de 1826, es decir, hace 200 años. De su ciudad natal, viajó a París, donde se doctoró en Medicina e Historia Natural, influido sin duda por su padre, un especialista en las mismas materias y que fue alumno del famoso zoólogo Georges Cuvier, científico a quien se deben las bases de la Anatomía Comparada y de la Paleontología.

Foto-mural del doctor Dugès con algunos de sus alumnos.

Recién graduado, Dugès se casó con Marie Louis Frey (1816-1885) mujer ocho años mayor, lo que ocasionó el disgusto de su madre. Quizá por ese motivo, decidió emigrar a América, específicamente a México, país a donde llegó en 1853 para practicar la medicina en Veracruz, Silao y Guadalajara. Poco después, comenzó a dar clases como naturalista en Guanajuato, donde viviría hasta su muerte, ocurrida el 7 de enero de1910, cuando se avistaban ya los nubarrones de la tormenta revolucionaria.

Dugès dio cátedra de Botánica y Zoología en la Escuela de Ingeniería de Minas, Ingeniería Geográfica, Farmacéutica y Medicina del Colegio del Estado (hoy Universidad de Guanajuato), donde también fue encargado del jardín botánico. Asimismo, impartió clases en la Escuela Normal y la Escuela de Medicina de la misma capital del estado. Por si fuera poco, escribió varias obras y fue dibujante de los ejemplares de flora y fauna que llegaban a sus manos.

Vista del gabinete y acuarela del carpintero imperial hecha por Dugès.

Hace algunas décadas, un morboso atractivo entre los adolescentes guanajuatenses era ir al Museo de Historia Natural que lleva el nombre del médico francés, ubicado entonces en el cuarto piso del edificio central de la UG, para asombrarse con el “niño sireno”, en realidad un feto con las extremidades inferiores incompletas y unidas, conservado en formol, lo que le daba la apariencia del mítico ser marino concebido por los griegos.

La visita, con acceso gratuito desde entonces, se enriquecía con el interesante recorrido a través de la enorme galería, la cual, aunque extensa, resultaba a todas luces insuficiente para alojar a los numerosos animales disecados que integran la colección. Era toda una aventura reconocer entre los ejemplares a alguno de los mamíferos que ocasionalmente se avistaban entre los matorrales y árboles de los cerros de la localidad.

Un pájaro carpintero recibe al visitante en el museo. Un ornitorrinco y dos quetzales están entre las piezas más interesantes.

Los muestrarios de este tipo eran conocidos como “gabinetes científicos” en el siglo XIX. Se utilizaban más con fines de investigación y enseñanza que de exhibición. Hacia 1940, el presidente Lázaro Cárdenas visitó el Colegio del Estado y admiró la colección. Impactado, gestionó apoyos para la rehabilitación de la antigua capilla otomí, a fin de que albergara el Museo de Historia Natural Alfredo Dugès, el cual fue inaugurado el 8 de diciembre de 1941, donde permaneció hasta 1999, cuando pasó a ocupar un espacio más amplio y apropiado en la planta baja, en el sitio donde estuvo la imprenta universitaria.

Ciertamente, además del pequeño vestíbulo de acceso, el museo se distribuye actualmente en cuatro salas relativamente amplias, pero aun así resulta insuficiente. Pese a las adecuaciones, conserva un sabor antiguo gracias a las vitrinas antiguas que resguardan varios ejemplares, a los soportes de madera de las numerosas aves y a las muchas etiquetas originales donde se indican los nombres común y científico de algunas especies (no todas).

La exposición posee la colección de aves que perteneció al maestro Vicente Guerrero.

En la primera sala, el Gabinete, una gran foto-mural muestra al doctor con varios de sus alumnos durante una de las clases. A partir de allí puede uno admirar, primeramente, caracoles, erizos y estrellas de mar, esponjas y otros invertebrados acuáticos. Enseguida, una vitrina central muestra mamíferos y reptiles en confusa mezcla, mientras desde un muro lateral casi se choca con un esqueleto humano y nos observan desde otro alto armario pelícanos, garzas, un gato montés al acecho, un puma y, en una esquina del mueble, el famoso feto de pies unidos, el “niño sireno”.

Monos araña, cocodrilos, un coyote, un tiburón, un flamenco en alegre confusión llenan el escaparate central; mamíferos, peces, aves y reptiles en apretada convivencia post mortem, pero en posturas imitativas del movimiento, con ojos y fauces abiertos, capaces no solo de causar asombro, sino estupor en el visitante.

La abubilla, el caracara común y un gavilán tienen su hogar en el museo.

La segunda sala —Biodiversidad— posee dos secciones protegidas por sendas cubiertas de vidrio: una de ellas exhibe tortugas enormes, peces globo erizados de espinas, peces espada, algún tiburón y otras muestras de vida marina; la otra posee loros, águilas, gavilanes, un hocofaisán negro y misterioso, ratones, tuzas, topos, zorrillos sin olor, una comadreja, un mapache, un par de tlacuaches, un raro kinkajú y un tamandúa u oso hormiguero arborícola, entre muchas otras aves y mamíferos.

La tercera sala recibe el nombre de Evolución y la preside, como no podía ser más, un retrato de Charles Darwin, en un espacio con fósiles de huesos de mamut, donde algunas imágenes explican que los mismos alimentaron el antiguo mito de la existencia de gigantes. También allí puede uno horrorizarse o sorprenderse con muestras de aberraciones: una oveja de dos cabezas y otros fenómenos singulares. En otro extremo, unos pocos ejemplares de serpientes, así como de una abubilla, curiosa ave del Viejo Mundo y, en contraste, un cráneo humano.

Una ardilla gris, el zorrillo listado y varios ejemplares guanajuatenses.

Viene enseguida el área llamada Extinciones, interesante desde muchos puntos de vista, pues allí lucen dos ejemplares del hermoso quetzal centroamericano, un ornitorrinco australiano, un kiwi neozelandés y una verdadera joya: la paloma migratoria norteamericana (Ectopistes migratorius), una de las aves más numerosas que hayan poblado el planeta, habitante de Estados Unidos y Canadá, pero extinta en 1914, cuando murió Marta, el último ejemplar, en una jaula del Zoo de Cincinnati.

También existe un recordatorio de que en cuestión de especies desaparecidas nuestro país tiene lo suyo: un carpintero imperial (Campephilus imperialis), en su tipo el más grande del mundo, endémico de la Sierra Madre Occidental, pero extinto desde mediados del siglo pasado, aunque se tienen noticias de avistamientos -no confirmados- en las montañas de Chihuahua y Durango, entre 1994 y 1995.

Un armadillo de nueve bandas y dos ejemplares de tortuga.

La última sala está dedicada a la fauna del estado de Guanajuato. Roedores, carnívoros, insectívoros, numerosas aves del matorral, el pastizal, el desierto y el bosque lucen en una vitrina central y varios nichos protegidos. A un lado, la gran colección de aves pequeñas que perteneció al maestro Vicente Fernández Rodríguez, tan grande que se muestran en conjuntos apretados, por lo que resulta difícil su plena identificación. En un rincón, casi oculto, se ve apenas un montaje del escudo nacional: un águila con una serpiente sujeta entre el pico y una de las patas, en lamentable estado de conservación.

La visita al museo es harto interesante, pero la impresión general es la de un espacio notablemente insuficiente. Quienes han visto imágenes del Museo Americano de Historia Natural, en Nueva York, imaginan el diseño de dioramas en los que cada ejemplar luzca en una imitación de su propio ecosistema. Para algo así, se requieren importantes recursos, no cabe duda; sin embargo, me parece que la memoria del bicentenario Dr. Dugès bien lo valdría.

Varias especies de la fauna del estado de Guanajuato.

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