LA BALANZA DE LAS BRUJAS
Entre 1560 y 1630, durante la Contrarreforma y las guerras de religión europeas, los procesamientos por brujería alcanzaron su cresta más alta en Europa occidental, sobre todo en comunidades germanas, anglosajonas y francesas. En España y en Europa del este, así como Sudamérica y en la Nueva España, el fenómeno prácticamente fue inédito.
Pese a que existen registros de que las primeras acusaciones y ejecuciones ocurrieron en comunidades de Tirol, Croacia y Los Alpes, fue en Alemania donde se produjeron con mayor fuerza estos asesinatos en los que se confabularon tribunales civiles, Inquisición y pueblerinos insidiosos.
El oscurantismo produjo miles de víctimas, sobre todo femeninas (un 80%), quienes llegaron a la hoguera, la horca o la decapitación (métodos de ejecución principales) acusadas de brujería, un término que en ese periodo histórico incluyó a parteras, herbolarias, elaboradoras de brebajes y medicamentos, adivinación, magia y, no podían faltar, las practicantes de una sexualidad considerada aberrante por los funcionarios religiosos.
El número de ejecuciones de brujas es vasto, muy vasto, lo suficiente para considerar este fenómeno como el primer feminicidio de la historia universal.
Cuando estaba por concluir el holocausto, el escritor, historiador, filósofo y abogado francés, Voltaire, ofreció una cifra que causa escalofríos: cien mil brujas. El también intelectual Jean Bodin simplemente especuló al indicar que hubo “muchos miles”. Henry Boguet, el jurista y demonólogo, autor de Discours exécrable des Sorciers (1602), tampoco aportó una cifra que diera una idea clara del número de muertes, simplemente indicó que había “miles y miles de hogueras” en Lorena, así como “miles de brujas por todas partes, multiplicadas sobre la tierra como los gusanos en un jardín”.
De acuerdo con la investigadora Anne Lewellyn Barstow, “los totales más fiables de los que se dispone hasta la fecha son los de Brian Levack, que establece 110 mil acusaciones y 60 mil muertes. En mi opinión, aunque son cifras razonables, casi con toda seguridad son demasiado bajas” (La caza de brujas. Historia de un holocausto).

Lewellyn Barstow explica que ella considera que las cifras son bajas, dado que “muchos casos no fueron registrados, y de los que lo fueron, muchos se han perdido o destruido, son numerosas las actas de procesos en los que no se consigna el número de acusados”.
Lo que arrojan los registros burocráticos de la época es que casi 80% de los condenados eran mujeres, la mayoría por arriba de los 40 años.
La periodista cultural Elsy Melo Maya resume todo este vericueto estadístico con una frase contundente: “No fueron brujas las que ardieron, eran mujeres” (“Eran mujeres”. Página 10, septiembre 02 de 2023). Asimismo, la autora trae a colación un método de identificación de brujas que a la distancia puede parecer absurdo, pero que en su momento aportó su grano de arena al terror femenino: la balanza de las brujas.
“En el siglo XVI”, abunda Maya, “de quienes se sospechaba eran brujas, eran trasladadas al pueblo holandés de Oudewater para probar si pesaban más que el aire. Allí las esperaba la prueba de la Heksenwaag: la balanza de las brujas. La doctrina decía que las brujas podían volar porque, al carecer de alma, no tenían peso. Si al subir a la plataforma de madera el peso era normal, obtenían un certificado que descartaba su condición sobrenatural, de lo contrario se sometían a la sentencia de los llamados «juicios de Dios»”.
Hoy, la balanza de las brujas forma parte de un museo ubicado en pleno centro de Oudewater, donde los visitantes pueden pesarse en la báscula original que data de 1482.
En la trivialización de la historia, sobre todo de un episodio que pone en entredicho la presunta razón humana, las balanzas como la de Oudewater y de otros lugares de Europa occidental en la actualidad son una simple atracción para turistas aburridos que sin mejor cosa que hacer se pesan y consiguen su certificado de recuerdo.

