LUGARES DE CREADORES

A finales de los años 80 del siglo pasado conocí a Carlos Arias en unas oficinas que el periódico El Nacional rentaba en la colonia Tabacalera de la Ciudad de México. Era un hombre excéntrico, neurótico, misántropo, alcohólico y poeta, es decir, un tipo de lo peor que, por lo mismo, me resultaba simpático. Cuando se enojaba (diario) cerraba con fuerza los puños, los colocaba a la altura de los bolsillos de su pantalón y lanzaba mil improperios en inglés, idioma que hablaba a la perfección y que le servía, sobre todo, para redactar semanalmente la carta astral de Wall Street, el poderoso sistema financiero de Estados Unidos. Conforme nuestra amistad creció, me enteré que el señor Arias también sabía clonar líneas telefónicas, contaba con una pequeña cámara fotográfica que capturaba imágenes portentosas y nítidas con un poderoso teleobjetivo. A su diminuto gigante, Carlos la llamaba “mi cámara espía alemana”.

Pese a su porte de espía internacional, por sobre todas las cosas Carlos Arias deseaba ser escritor y para lograr su objetivo leía más de lo que escribía. Tenía, asimismo, un conjunto de 12 tomos empastados en piel, con su nombre rotulado, pero con las páginas en blanco —sí, totalmente en blanco—, en los que no había escrito una sola línea. Pese a todo, él juraba que en unos cuantos años su gran obra literaria estaría completa.

Su colección fantasma estaba perfectamente ordenada, junto con su biblioteca personal, en una buhardilla en la calle Monclova de la colonia Roma, la cual acondicionó de forma práctica. Su penthouse, es decir, su espacio, constaba de un pequeño dormitorio apenas suficiente para una cama individual, una habitación que la hacía de cuarto de estudio, una hornilla de dos quemadores, una alacena con un burro de madera para planchar empotrado en una de las puertas, y el baño… eso era todo. No obstante lo liliputiense de la vivienda, ésta era muy confortable.

Cuando le ofrecieron empleo en una estación de radio en el estado de Oaxaca, Carlos se fue sin mirar atrás, “heredándome” su tibio departamento. En un principio, pensé que ese huevito sería mi estudio, que ahí escribiría varias cuartillas que a la postre se convertirían en mi primera novela. Para dar más forma a mi sueño, llevé mi máquina de escribir al pequeño refugio, un ciento de hojas en blanco y mis ceniceros… estos no podían faltar.

Nada de lo anterior sucedió: no redacté una solo línea. El departamento, en realidad, fue un nido por el que desfilaron varias mujeres. El alcohol corría a raudales y las reuniones más bien eran de tipo dionisiaco. Mi proyecto literario terminó cuando Carlos me anunció que la cotizada vivienda la ocuparía uno de sus hermanos.

A partir de entonces, esa habitación rectangular, perfectamente funcional y bien distribuida, se convirtió en mi quimera. En ese apartamento pensaba cuando escribí muchos años después un elogio a las habitaciones que albergan los sueños —y en ocasiones las pesadillas— de esas criaturas del aire (Céline dixit) que son los escritores.

“Un cuarto pequeño que yo convierta en estudio es lo único a lo que actualmente aspiro. Sin distracciones, sin amantes, sin amigos, sin que nadie recrimine mi forma de ser, sin que nadie cuestione mi pasado, sin que nadie me exija más de lo que, por edad, puedo dar. Un escritorio como el que ya tengo (regalo de mi madre), un par de muebles angostos para colocar mis libros favoritos. Una estufa o una parrilla de dos hornillas, un sofá donde descansar y por supuesto un baño con regadera. Después de cerrar la tienda, quiero llegar a escribir por las noches, no deseo dejar textos inconclusos ni obras por terminar. Ignoro, como todos, cuánto tiempo me queda de vida, pero intentaré que cada minuto del día sea dueño de su propio vocablo. Que es una vida de asceta. Es posible, pero hasta ahora comprendo que las comodidades son también grandes distractores. ¿Quieres que tu existencia carezca de impronta en este mundo cada vez menos gentil? Toma entonces el control, enciende la pantalla y da click en tu serie favorita.”

La cama de Marcel Proust / Museo Carnavalet)

Al escribir el presente texto, sentí curiosidad por conocer las condiciones en que han elaborado su hermosa narrativa (palabra hoy muy de moda) los escritores. Y creo que los que se llevan el primer lugar por su peculiaridad son los autores que crean su obra sin salir de la cama.

La articulista Virginia Mendoza señala que en el último tramo de su vida George Orwell tenía como compañera de cama una máquina de escribir. “Dicen que terminó el borrador definitivo de 1984 moribundo y entre sábanas”, explica la autora en su artículo “El escritor tumbado: cuando la cama se convierte en escritorio” (Yorokobu. Take a walk on the slow side, septiembre 4, 2018).

Orwell no fue el único que escribió o terminó una novela en posición horizontal. Mark Twain y Marcel Proust, también lo hicieron. Para el autor de En busca del tiempo perdido la cama fue un elemento fundamental en su vida. No la dejaba fácilmente, pues hasta el catre su madre le llevaba su lechita. El señor Proust, al parecer, era un mandilón a prueba de balas.

Truman Capote, autor de la novela A sangre fría, no sólo escribía recostado en la cama, sino que se acompañaba de café y cigarros. Fue una suerte que no se carbonizara en su colchón.

William Faulkner sabía que los dormitorios se hicieron para dormir, no para hacer vida social en torno a una cama. Sólo utilizaba las paredes de su dormitorio para anotar ideas que utilizaría en sus novelas.

Curiosamente, son muchedumbre los escritores, compositores, inventores, por sólo mencionar algunos personajes de mente privilegiada, que han construido, leño por leño, su obra al amparo de cabañas o rincones donde se anudan las telarañas del mundo.

Puedo decir que el poeta irlandés W.B. (William Butler) Yeats era uno de esos anacoretas, pero en realidad ignoro si fue cierto. Pero de que se refirió a la vida en una cabaña, eso no es mentira. En su obra The Lake Isle of Innisfree suspira por una vida en la naturaleza, donde cree que encontrará el sonido interior primigenio, así lo menciona Nicolás Boullosa en su artículo de octubre 18, 2011, publicado en la página faircompanies: “Espacio y obra: las cabañas de trabajo de 10 escritores”.

Las cabañas de trabajo no necesariamente deben estar ocultas en el bosque, o rodeadas por duendes o hadas nocturnas, algunas de ellas fueron construidas por los artistas en algún lugar del jardín o en el patio trasero de sus casas. En fin, entre los escritores que se retiraban a trabajar a su pequeño recinto destacan los compositores Gustav Mahler y Edvard Grieg; los filósofos Ludwig Wittgenstein y Martin Heidegger; el dramaturgo border liner August Strindberg; los escritores Bernard Shaw y Virginia Woolf, e incluso Thomas Edward Lawrence (Lawrence de Arabia), el militar británico que encabezó la lucha árabe contra el imperio otomano.

Mención aparte merece un artista más, pero este del crimen, el escritor, matemático y terrorista Ted Kaczynski, quien construyó una diminuta cabaña de madera de 3 x 4 metros en una zona boscosa remota de Lincoln, Montana. Ahí montó su hogar y su taller donde construyó con paciencia aterradora bombas chatarra entre 1978 y 1995, las cuales costaron la vida de tres personas e hirieron al menos a diez ciudadanos más. Ted Kaczynski, al que los medios y las autoridades llamaron Unabomber, fue arrestado en su cabaña después de ser delatado por su propio hermano.

Si para los artistas las cabañas fueron el lugar al que las musas llegaban a beber miel, para Unabomber la cabaña simbolizó un manifiesto contra la sociedad industrializada.