EL CAÑÓN DEL VIENTO

Intensas ráfagas descienden de la sierra y corren entre un manto verde esmeralda

La ruta.

El aire se encañona y sopla con fuerza inusitada. Los caminantes avanzan paso a paso y tambalean por el tremendo empuje de las heladas rachas de viento. Al fondo de la cañada, corre el arroyo, abundante en esta época, bordeado por un espeso manto vegetal que, a veces, deja entrever recios muros de añejas estructuras mineras. El temor a rodar al cauce se hace presente, hasta que, por fin, se alcanza un sendero donde se atenúa la ventolera. Entonces, la niebla se disipa y el paisaje muestra un verde esplendoroso.

En estas latitudes, las lluvias suelen traer cosas buenas. Los mantos freáticos recuperan algo de su reserva líquida, los embalses, tan indispensables para la agricultura y el consumo humano, alcanzan su máxima capacidad y verten excedentes por los derramaderos. Y el mundo vegetal muestra su grandeza. Solo el clima moderado y la altitud impiden convertir los matorrales montunos en selvas de montaña.

Al fondo de la cañada corre el arroyo. Allí mismo (segunda imagen) la espesura de la vegetación.

La ruta corre entre Mellado y el Cerro de Sirena, cañón por donde desciende uno de los arroyos que bajan de la Sierra de Santa Rosa y forma una isla de nutrida vegetación entre cerros que lucen “pelones” en tiempo de secas. Densa cubierta vegetal que cubre casi toda superficie y constituye un verdadero muestrario de la flora regional, salpicado aquí y allá por calveros de pasto entre los cuales crecen aislados encinos que aumentan en número según se gana en altura.

Dos senderos, perfectamente señalados por años y años de trasiego humano y animal, corren a ambos lados de la corriente, pero uno se interrumpe por una propiedad privada y el otro se interna en los vericuetos silvestres hasta conectarse con la ancha ruta que comunica los caminos de Los Mexicanos y del Monte de San Nicolás. La atmósfera está cargada de humedad. El calzado y la parte inferior de pants y pantalones pronto se empapan, mas la incomodidad es imperceptible ante el magnífico paisaje.

Restos de construcciones mineras en el camino. Entretanto, la vereda se interna en la sierra.

El rocío matutino cubre las hojas y las altas briznas de hierba, los líquenes tapizan troncos y roquedales, el musgo surge cual extrañas motas de color verde, los hongos brotan en los sitios más impensados, incluso encima de boñigas de vaca sin duda repletas de nutrientes. En cierto punto, los rumiantes causantes de esos desechos se hartan con el abundante pasto, gordos y lustrosos, ante la intimidante mirada de un poderoso macho que vigila a la sombra de un encinal.

Los senderistas han elegido el camino corto, con la intención de cortar el cerro lateralmente y descender por la otra vertiente hacia la Presa de Mata. Por lo pronto, avanzan llenándose la vista de bellos parajes. Los ladridos de algunos perros anuncian la cercanía de obras humanas. Un enrevesado alambre de púas, sobre el que cuelgan las hojas de un platanar, impide continuar y obligan a emprender la subida, entre piedras sueltas y el fango color ocre que los alfareros utilizan como materia prima.

Una flor de altura, biznagas en las rocas y musgo son muestra de la riqueza vegetal.

La escalada no es dificultosa y tampoco la altura del monte es mucha, así que basta esforzarse un poco para alcanzar la parte superior de la cuesta. Desprovista de árboles, es recorrida longitudinalmente por un camino rural que lleva a la cumbre del Cerro de Sirena. Asoman al fondo las colinas donde se acuna Guanajuato. Ahora, habrá que hacer el recorrido por el otro lado, entre macizos arbolados, quebradas, peñascos y pequeños arroyos.

La ciudad se avista en el horizonte que se deja atrás.

Pese a lo escabroso del terreno y al relativo aislamiento de la zona, también allí se levantan restos de mohosas paredes, mudos testigos de una actividad extractiva que suma casi medio milenio. Más de 400 años durante los cuales la tierra ha entregado sus metales preciosos a las codiciosas manos de los hombres, metales que en el pasado cruzaron el Atlántico y financiaron el lujo de un imperio español que se extendió por gran parte del globo y que terminó por desaparecer víctima de su propia ambición desencadenante de guerras sin fin.

Por este cañón se encajona el viento en ciertas épocas.

La travesía se vuelve un bajar y bajar, a tropezones, con la mirada concentrada en cada paso para no resbalar y caer al barranco, con el riesgo de sufrir alguna lesión considerable o una suerte aún peor. Los nervios, atizados por el agotamiento, se crispan y obligan a algún descanso para recuperar fuerzas, reponer líquidos y dar un repaso al mapa mental para evitar un desvío que pueda ocasionar un lamentable retraso, pues pese a que el área urbana no se encuentra lejos, en esas honduras el internet desaparece y es inútil consultar el celular, que además agota velozmente su batería.

Las plantas adquieren formas inusitadas.

Sin embargo, el ruido de los motores permite recuperar el optimismo: la carretera hacia Peñafiel está, sin duda, cerca. Y así es: de pronto, el panorama se abre, asoma la cinta de tierra apisonada y, al fondo, se extiende la superficie acuática de la presa. Pero incluso allí cuesta trabajo bajar, no es recomendable intentar un brinco de dos metros, así que debe buscarse un sitio apropiado para descender. Tras una breve exploración, el arribo a la meta por fin está al alcance. 

En el horizonte, el cerro del Gigante cubierto de niebla.

Hasta hace unos años, Mata era un embalse contenedor de las riadas de la sierra, hasta que las necesidades de consumo de los guanajuatenses llevaron a las autoridades a elevar su cortina para convertirla en un depósito de agua potable que complementara a las dos ya existentes con la misma función: las de La Esperanza y La Soledad. Hoy, enclavada en las estribaciones de Santa Rosa, luce como una esmeralda, una joya engastada en el bosque.

Huellas de la presencia humana.

La vista se extasía por largos minutos. Ha llegado la recompensa de la satisfactoria travesía. Aún falta avanzar un par de kilómetros, antes de saborear un bocadillo campirano en las escalinatas del templo de Peñafiel, a la sombra de los enormes árboles que rodean sus viejos muros, pero el espíritu ya se ha llenado de la fragancia matinal, los ojos han contemplado alfombras y macizos de verde intenso. Se presenta cierta reconciliación: el agreste entorno de Guanajuato siempre es digno de ser admirado.

La Presa de Mata semeja una esmeralda rodeada de bosque.