EL DÍA DE MUERTOS: UNA TRADICIÓN INVENTADA

Fue una estrategia política de intelectuales cardenistas y los desfiles de Catrinas surgieron por una película de James Bond, señala la escritora Sofía Guadarrama

La investigadora, guionista, historiadora y novelista Sofía Guadarrama afirma que el Día de Muertos actual reemplazó la imposición católica a las antiguas culturas de los pueblos originarios. Si bien tiene referencias de la cultura mesoamericana, no es una herencia directa, sino una adaptación de símbolos para la celebración cristiana. Señala que el miccailhuitl (celebración prehispánica) y el Día de Muertos moderno no son lo mismo, no lo fueron y sólo son una visión de la modernidad.

Sofía Guadarrama afirma que la celebración moderna del Día de Muertos “no fue un abrazo entre culturas, fue un reemplazo, una sustitución con sotana y espada” y que “la Conquista espiritual de Mesoamérica no vino a dialogar: vino a imponer: donde antes se danzaba para Quetzalcóatl, se alzó la cruz de Cristo; donde a Tonantzin se le celebraba cada solsticio de invierno, se apareció la Virgen de Guadalupe; el miccailhuitl fue desplazado por un Día de Muertos domesticado, y el Mictlán y el Tlalocan fueron borrados por el cielo y el infierno, como si la eternidad pudiera reducirse a dos destinos”.

Explica que los mexicas (llamados comúnmente “aztecas”), con su calendario de soles y veintenas, honraban a sus muertos en el huei miccailhuitl, el gran día de los que ya no están. Lo hacían cuando la fruta madura —en la veintena Xócotl Huetzi, del 24 de agosto al 13 de septiembre— y también en Títitl, la veintena del vientre, del 11 al 30 de enero.

El papel picado es una creación contemporánea, no tiene origen prehispánico. A su vez, las representaciones modernas de una tradición mexica que tenía otras fechas y otras formas.

Celebraban veinte días, explica, únicamente durante los primeros cuatro años después de su muerte. No más, pues ése era el tiempo que los muertos tardan en llegar a cualquiera de los cuatro paraísos: Mictlán, Tlalocan, Tónatiuh Íchan o Cincalco (y ninguno tenía que ver con el infierno).

Para ellos, prosigue, la muerte era un viaje, no un castigo. El viaje duraba cuatro años de cantos, flores y fuego para que el alma encontrara su morada: el Mictlán, el Tlalocan, el Tonatiuh Íchan o el Cincalco. Todos eran casa, recalca.

Entonces, cortaban un árbol xócotl, lo desnudaban de corteza, lo vestían de flores, y tallaban en su madera la figura del ausente. Si era mujer, la cubrían con sus naguas, le ponían escudillas, utensilios, memorias. Si era hombre, lo envolvían en manta rica, con su maxtlatl y su bezote de obsidiana. Le colocaban una yacaxiuitl, nariz de hierba, y en la nuca, plumas de guajolote. Lo adornaban con papeles de amatl, lo perfumaban, lo sentaban en un petate rodeado de comida. Invitaban a los pipiltin, los nobles, y cantaban. Cantaban con tamborcillos, con la voz quebrada por la ausencia. Luego, el fuego. Todo ardía: la figura, las ofrendas, los recuerdos. Y al calor de las llamas, danzaban. Subían a los techos, llamaban a sus muertos. Y los muertos, dicen, respondían.

En la mayoría de las ciudades mesoamericanas no se enterraba a los muertos. Se les devolvía al fuego. Sólo a los grandes señores —los de Palenque, Monte Albán, Cholula— se les construían mausoleos, se les ofrecía el tlamanalli, “sacrificio y ofrenda”.

Recreación del Mictlán mexica. En la segunda imagen: el altar de muertos es de origen español, pero en México se le integraron elementos prehispánicos.

Del 23 de octubre al 11 de noviembre, fechas fijadas por el calendario cristiano, los mexicas celebraban otra cosa: la tepeílhuitl, “la fiesta de los cerros”. Era el tiempo de honrar a las montañas, a los guardianes del Valle de México, al Popocatépetl y a la Iztaccíhuatl, que aún duermen, uno humeando sueños, la otra envuelta en su eterno velo de novia.

La historiadora explica que los mexicas no adornaban sus casas con papel picado, tampoco  colocaban pulque, camote y tamales en las ofrendas en la madrugada del día primero de noviembre ni trazaban caminos de flores de cempasúchil. Mucho menos hacían desfiles del día de muertos.

De acuerdo con la investigadora, en tiempos de Lázaro Cárdenas, cuando México aún se sacudía el polvo de la Guerra Cristera, en esa batalla entre sotanas y fusiles, entre rezos y decretos; entre el gobierno mexicano y la iglesia católica para ver quién gobernaba en las mentes de los ciudadanos, ganó la religión.

El país necesitaba reconciliarse con la Iglesia, afirma. Entonces, un grupo de intelectuales dijo que el Día de Muertos venía de los antiguos mexicas. Y el presidente, que entendía que los símbolos son más eficaces que los sermones, lo aceptó como verdad oficial.

Así nació el mito, dice Sofía Guadarrama: “No como una flor que brota del campo, sino como una máscara que se pone sobre otra”.

Noticia de 2125: imágenes de un antiguo códice que arqueólogos hallaron en uno de los túneles que llevan a lo más profundo del Templo Mayor y luego de muchos años de estudio, por fin lograron descifrar su significado: en él se ve a Jametzin Bondtli, mejor conocido como el huei tecuhtli 007, guiando a los chilangcas-mexicas al huei Míctlan, un dos de noviembre del año cinco conejo. Desde entonces se celebra el tradicional desfile de día de muertos en la gran Tenocdmx.

El altar de muertos tiene origen europeo y no prehispánico

La autora explica que en los orígenes del catolicismo, en la fiesta de Todos los Santos, se llevaba a cabo una peregrinación, iglesia por iglesia, hasta llegar a la catedral, para ganar indulgencias. El número de reliquias visitadas era equivalente a los años de perdón obtenidos. En su camino compraban pan o dulces de azúcar, a forma de reliquia. Actualmente se pueden conseguir en estas fechas calaveras y panes con forma de hueso de Todos Santos. Al llegar a la catedral, el sacerdote bendecía estos panes y dulces para que los feligreses los colocaran en sus casas, generalmente en la mesa junto al santo familiar.

En los reinos de León, Aragón y Castilla —en España— preparaban dulces (con forma de huesos, cráneos y hasta esqueletos completos) y panes (con forma de niños cubiertos con azúcar rosada o panes redondos con los huesos alrededor) para la celebración del día de Todos Santos, a los que llamaban “alfeñiques”, los cuales sólo podían comprarlos la gente adinerada. Dicha costumbre se exportó de España a Nueva España.

No sólo México tiene la creencia que los parientes visitan el hogar en el día de muertos, también en Venezuela, Perú, Chile, Argentina, Sicilia e Italia.

Esos elementos son la base del altar de muertos que en México se representa desde el cardenismo con elementos inspirados o falsamente surgidos de las culturas prehispánicas

La otra “tradición”

“Quizá dentro de cien años, el desfile del Día de Muertos que nos dejó la película Spectre 007 será tan sagrado como el mole en Día de Todos los Santos. Y habrá niños que juren que los mexicas ya marchaban por Reforma con catrinas gigantes y mariachis disfrazados de esqueleto. Porque en este país, la historia no siempre se escribe con tinta: a veces se escribe con nostalgia, con cine, con necesidad”.

Así explica la escritora el surgimiento de una tradición contemporánea: el desfile de Catrinas, surgido a partir de las escenas de esa cinta, rodadas en 2015 en la ciudad de México. La figura de la Calavera Catrina se deriva de una imagen creada por Diego Rivera y plasmada en su mural Sueños de una tarde dominical en la Alameda Central, de una figura tomada de la Calavera Garbancera, un grabado satírico de José Guadalupe Posada.

Cada noviembre, entre papel picado y calaveras de azúcar, celebramos una fiesta que no es del todo nuestra, “pero que nos consuela”, concluye Sofía Guadarrama.

Sofía Guadarrama, antes Antonio Guadarrama.

Semblanza

Sofía Guadarrama es narradora, ensayista y guionista mexicana. Escritora transgénero —anteriormente era Antonio Guadarrama—. Vivió su infancia en el Estado de México hasta que se mudó con su madre a Corpus Christi, Texas, Estados Unidos de América en 1989. Fue deportada a México en octubre de 1998 y desde entonces comenzó a escribir de forma autodidacta. A partir de 2001 se ha dedicado al estudio de las culturas mesoamericanas y de la Conquista de México.

Autora de quince libros (de 2008 a 2015 firmó como Antonio y del 2016 a la fecha firma como Sofía), ha incursionado en el thriller, la novela negra, la novela histórica, el cuento, el relato autobiográfico, la ciencia ficción y el guion cinematográfico y televisivo.