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LA AUTÉNTICA SANTA ROSA

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Por la ancestral ruta a Dolores Hidalgo, un

antiguo pueblo minero sonríe al caminante

“Camino de Santa Rosa, la sierra de Guanajuato…”, dice la famosa canción de José Alfredo en su estrofa final. Al escucharla, llega a la memoria de quienes conocen la región el macizo montañoso, cubierto por un bosque de encino, que se extiende entre la capital del estado y Dolores Hidalgo. Quizás se recuerde también el cada vez más grande poblado ubicado a orillas de la carretera, un auténtico emporio turístico, gracias a que allí se localizan varios restaurantes y a ser el punto de partida de las rutas de senderismo que atraviesan la zona.

Sin embargo, antes de que existiera esa carretera pavimentada, el camino que conducía a la Cuna de la Independencia Nacional era otro, mismo que todavía existe, aunque es mucho menos transitado. Asimismo, la comunidad principal del trayecto era otra, localizada solo a unos centenares de la primera: la auténtica Santa Rosa de Lima, enclavada en una cañada y casi envuelta por las copas de los árboles que integran el paraje silvestre o pueblan las numerosas huertas de perales, tejocotes, membrillos y duraznos.

Dos accesos al poblado: el vehicular y la vereda escalonada.

Incursionar en ese lugar es fácil: apenas se llega a las primeras casas del asentamiento alto —que en realidad se llama Camino Real de Santa Rosa—, existe a la izquierda una desviación, actualmente adoquinada en su primer tramo, que desciende entre colinas y que, si se continuara avanzando, llevaría por un lado a Dolores Hidalgo siguiendo el fondo de la barranca, y por otro se internaría en el agreste entorno de la cascada de Picones y Cañada de la Virgen. Todavía más lejos, conectaría con la carretera Silao-San Felipe.

Pero no es necesario avanzar tanto para maravillarse. A un par de kilómetros solamente, por el acceso vehicular, o mucho menos si se opta por bajar a través de la umbría y escalonada vereda que los lugareños utilizan, estaremos pronto en la plaza principal del poblado de abajo, a lo largo de un arroyo que se convierte en estruendoso torrente cuando llueve. El sitio está compuesto por unas pocas casas, aglomeradas unas alrededor del templo, otras sobre las colinas situadas por encima de la calle de entrada.

Desde este nicho dedicado a la Guadalupana baja una escalera a la plaza del poblado. A partir de esa misma escalera se aprecia el templo.

La parroquia de Santa Rosa de Lima domina el panorama. Restaurada no hace mucho, muestra una portada frontal en sobrio barroco. Dos torres a diferente altura y estilos distintos apuntan hacia el cielo; la mayor posee un reloj que, extrañamente, sí funciona y nos indica la hora. Es posible admirar con detenimiento esos detalles de la iglesia, gracias a una oportuna escalera que baja de la ruta principal desde de un nicho dedicado a la Virgen de Guadalupe.

Aún más llamativa es la portada lateral. Su profusa decoración, con una pechina en la que alguna vez seguramente estuvo la imagen de un santo, y una cruz en lo alto, enmarca una puerta de madera maciza, todo sobre un muro sostenido por elegantes contrafuertes que forman una especie de callejuela, pasadizo de particular encanto por su sabor a tiempos idos. La impresión de estar situados en un sitio añejo se acentúa por el pozo de piedra bola que adorna la plaza, el inmenso árbol que da sombra al espacio, una señorial vivienda de dos plantas y doble arcada, así como una senda rural flanqueada por rústicos inmuebles de adobe cubierto por estuco deslavado.

Los contrafuertes y la puerta lateral de la parroquia. No muy lejos de allí, senda entre casas de adobe

Otro sitio de notable interés es la Casa Parroquial. Construida frente al templo, el frente del inmueble se apoya en una pared flanqueada por dos falsas columnas de cantera rosa, aunque el portal de acrílico de dos aguas no haga mucho juego con las tradicionales tejas de barro que cubren el resto del edificio, que bordea la estrecha y muy corta calle principal.

Predomina el silencio, al menos durante el día y seguramente también de noche. Tal vez por la tarde la chiquillada llene de risas y juegos el área, y los jóvenes invadan el aire con la música de moda, pero la mayor parte del tiempo casi puede escucharse el susurrar del viento. Un gato curioso se deja retratar y apenas se oyen voces en la tiendita de la esquina. Es increíble que, a pocos metros del bullicio frenético de la otra Santa Rosa, con su ruido de vehículos motorizados, pueda uno encontrar un sitio propicio para sosegar el ánimo.

La Casa Parroquial. A unos metros, un gato curioso.

Los niños asoman, curiosos, al paso de los extraños. Se dejan retratar con gusto mientras mordisquean una fruta y sonríen con la inocencia de la infancia. Vamos de retorno cubiertos por la fronda del arbolado. La temperatura baja de inmediato en cuanto se entra a la sombra. Famoso es el contraste climático de la región serrana, donde siempre hace frío en cuanto cae el sol, o al menos así lo perciben los entes urbanos, poco acostumbrados a esos rigores.

Dan ganas de aventurarse más allá, sierra adentro. De impregnarse del aroma de romero, aspirar con ansias el aire auténticamente puro, pero el tiempo es verdugo inexorable e inflexible. Hay que volver a la rutina, a lo cotidiano. Ya habrá chance —esperamos— para ir más lejos, para llenarse la vista con estos y otros paisajes asombrosamente bellos. Mientras tanto, hay que hacer de la paciencia virtud.

Un pozo en el centro de la plaza. A los lados, la doble arcada de una casa y un enorme árbol.

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