EL MÁS SINGULAR TEMPLO DE LA NUEVA ESPAÑA

El Templo y Ex Convento de Corpus Christi, que está sobre la Avenida Juárez frente a la Alameda Central de la Ciudad de México, evoca un conjunto religioso de memoria poco común, más no por ello menos interesante. Inaugurado en 1724 como convento destinado exclusivamente a mujeres indígenas nobles, acudían a él únicamente hijas de caciques.

Esto lo hacía único, pues no era un convento “español”, sino una institución pensada para integrar a las élites indígenas al orden colonial. Este convento fue impulsado por el virrey Baltasar de Zúñiga y Guzmán, quien buscaba crear un espacio donde “mujeres indígenas de linaje pudieran llevar vida religiosa con el mismo estatus que las criollas o españolas”.

No cualquier niña o adolescente tenía acceso a ese sitio. Las aspirantes debían probar su ascendencia noble indígena. Era un lugar cerrado, disciplinado y sumamente controlado, es decir, una institución de prestigio, pero a la vez de control social. A diferencia de otros conventos, allí no vivían monjas españolas ricas; vivían mujeres indígenas de alto rango.

La fachada, los ornamentos y la puerta que se mantienen en pie son testigos de lo que hace años fue una pequeña ciudad cerrada al mundo. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Construido entre 1720 y 1724 por el arquitecto Pedro de Arrieta, ese conjunto se levantó con el impulso del virrey Baltasar de Zúñiga y Guzmán con un propósito bien definido: cobijar a mujeres indígenas pudientes en un convento diseñado para integrar a las élites originarias al tan intrincado sistema colonial, bajo los cánones de disciplina, linaje y fe.

Durante el siglo XVIII, Corpus Christi fue mucho más que el templo que hoy se observa. Tras su sobria portada barroca existió un complejo conventual de gran escala con celdas, patios, claustros, capillas, y áreas de servicio que funcionaban como una pequeña ciudad. Allí, las mujeres vivían un entorno que reflejaba las jerarquías raciales de aquella época.

Ese mundo comenzó a desmoronarse a mediados del siglo XIX con la promulgación de las Leyes de Reforma (1859). El Estado expropió bienes eclesiásticos, cerró conventos y dispersó comunidades religiosas. Corpus Christi no fue la excepción: las monjas fueron desalojadas y el conjunto, fragmentado. Fue un escándalo en esos años convulsionados.

Los claustros y dependencias internas fueron demolidos y el terreno se integró a la nueva traza urbana. Lo que hoy permanece en pie (la iglesia y su fachada) es apenas un vestigio de aquello. Su valor arquitectónico y la solidez de sus muros evitaron su desaparición total, pero el resto del convento quedó sepultado bajo calles y edificaciones posteriores.

En el siglo XX el inmueble encontró nuevos usos. Funcionó como sede del Archivo General de Notarías y, más tarde, pasó a resguardo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), institución que procura su conservación por ser parte del patrimonio histórico del país. Hoy, el templo de Corpus Christi convive con el bullicio de cada día.

Su fachada de tezontle rojo y cantera gris resiste como testigo discreto de un orden social desaparecido. Es en realidad la cara de una estructura ausente. Detrás de ese fuerte muro ya no hay claustros ni silencio monacal, únicamente la huella de un sistema que organizó la vida social a partir del origen de cada persona y la jerarquía en las redes de poderío.

Contemplar lo que se mantiene en pie de esa pequeña ciudad es descubrir el uso artístico del tezontle rojo aplicado a la arquitectura, y su extraordinaria combinación con la cantera gris, una portada barroca sobria, menos recargada que otras iglesias de la época, relieves heráldicos y un escudo central, todo corresponde al barroco novohispano tardío.

Ubicado a unos pasos de Palacio de Bellas Artes y de la Torre Latinoamericana, por su pequeña dimensión pasa desapercibido para la mayoría de quienes transitan frente a él, sin embargo, vale la pena saber que no se trata de una iglesia “más” del Centro Histórico; es testimonio del sistema colonial, donde religión, política y jerarquía indígena se unían.

Este convento fue destinado exclusivamente a mujeres indígenas nobles. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Diversos historiadores coinciden en señalar que la rapidez de la construcción del Templo y Convento de Corpus Christi se explica por el respaldo directo del poder virreinal, los altos recursos económicos que se dispusieron para esa obra, y la urgencia simbólica de establecer esta institución única en la Nueva España, con los fines descritos líneas antes.

Pedro de Arrieta tenía, además de enorme reputación como arquitecto, fama de trabajar con gran eficiencia sin sacrificar calidad ni escatimar gastos. Y Corpus Christi es un buen ejemplo de ese renombre ganado a pulso, pues levantó una obra sobria, perfectamente bien proporcionada y funcional, y más elegante que otros templos barrocos de esa época.

El inmueble alberga actualmente la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, con crónicas de frailes y funcionarios virreinales, documentos sobre la organización social indígena, manuscritos sobre la vida conventual, prácticas religiosas, registros de linajes indígenas, vida cotidiana y estructuras de poder, o sea, el mundo en el que nació Corpus Christi.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *