PEGASOS CUSTODIAN EL PALACIO DE BELLAS ARTES

De acuerdo con la mitología griega, Pegaso es un caballo alado con el poder para volar. Nacido de Medusa y Poseidón, su origen es divino, su color blanco y su fuerza enorme. Frente al Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, está Pegaso, y no un ejemplar, son cuatro, que enmarcan la amplia explanada de mármol blanco y jardineras floridas.

Desde el ángulo que se les mire son hermosos, imponentes y denotan fuerza. Arrancan, hasta al más insensible de los transeúntes, una exclamación de asombro por toda la carga histórica que encierran. Su historia es fascinante, aunque también envuelta en el deseo de modernidad cosmopolita, a la vez que en tensión política, y una lucha fratricida armada.

Los Pegasos de bronce que flanquean la explanada del Palacio de Bellas Artes parecen ajenos al ruido de la ciudad. Pero no lo son. Bajo su aparente quietud, estas esculturas arrastran más de un siglo de historia, la de un país que cambió de rumbo abruptamente. Sin embargo, pocos transeúntes saben que esas figuras aladas no nacieron para ese sitio.

Uno de los pegasos que enmarcan la explanada de Bellas Artes, palacio que se ve al fondo, actualmente sometido a trabajos de limpieza. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Fueron concebidas, a inicios del siglo XX, por el escultor catalán Agustí Querol para ser parte del proyecto del Palacio Legislativo Federal impulsado durante el gobierno de don Porfirio Díaz. Aquel edificio, diseñado por el arquitecto francés Émile Bénard, buscaba colocar a México en el mapa de las grandes capitales modernas, elegantes y civilizadas.

Con inspiración europea, el malogrado Palacio Legislativo Federal exigía grandiosidad. En ese conjunto, los Pegasos no eran un ornamento menor. Su destino era custodiar accesos, rematar escalinatas y dialogar con las plataformas del recinto. Su función era conducir la mirada, dramatizar el espacio y dar movimiento a la piedra. Eran la antesala del poder.

Pero la historia interrumpió el proyecto. El estallido de la Revolución Mexicana en 1910 dejó inconcluso el Palacio Legislativo. Las estructuras quedaron a medio levantar y todo el sueño de modernidad porfiriana se derrumbó. Luego, del esqueleto de hierro se creó el Monumento a la Revolución, y las esculturas quedaron en una suerte de limbo urbano.

Son cuatro las figuras mitologías que adornan y dialogan con el entorno. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Ya en el México posrevolucionario, los Pegasos fueron reubicados frente al Palacio de Bellas Artes, cambiando de narrativa sin cambiar de forma. Lo que antes simbolizaba la solemnidad del poder legislativo, hoy encarna la elevación del espíritu artístico. Esos caballos alados símbolos del arte, hallaron, quizá sin proponérselo, un hogar coherente.

Porque la reinterpretación no fue menor: los Pegasos dejaron de anunciar el ingreso a la política para custodiar el acceso al arte. Actualmente, entre manifestaciones sociales de los más diversos temas, vendedores ambulantes y turistas que buscan la mejor fotografía, esas cuatro esculturas resisten como testigos de una ciudad en constante transformación.

Al ser trasladados frente al Palacio de Bellas Artes, como ya se dijo, los cuatro Pegasos cambiaron de significado, de símbolo del poder legislativo a símbolo del arte y la cultura y, curiosamente, su lenguaje alegórico encajó mejor ahí, porque decir Pegaso es decir inspiración artística, y las personas que los visitan con la creación, el movimiento vivo.

La Torre Latinoamericana y uno de los pegasos parecen mirarse y sentir orgullo del México que contemplan. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Se colocaron frente al Palacio de Bellas Artes casi a mediados del siglo XX y desde esas fechas permanecen allí como parte del paisaje urbano. Su cronología está marcada así: 1907-1910, creados para el Palacio Legislativo; 1910-años 20, abandonados luego de la Revolución; años 30-40, traslado definitivo a la explanada del Palacio de Bellas Artes.

Cada Pegaso tiene una altura (con base) de entre 4 y 5 metros. Cada uno de ellos, con las figuras humanas que los acompañan, mide alrededor de 3.5 metros. Cada escultura pesa entre 3 y 5 toneladas y fueron laborados en bronce fundido, lo que explica su gran peso y durabilidad frente al clima y el paso del tiempo. Realmente lucen como en el año 1907.

Su tamaño no es casual, pues debían verse imponentes desde lejos, fueron pensadas para integrarse a arquitectura monumental, y diseñadas para resistir décadas en exteriores. La composición, de raíz académica con ecos neoclásicos, sugiere que el arte es fuerza que eleva al dialogar con el ir y venir cotidiano de turistas, trabajadores, artistas callejeros y manifestantes.

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