Los inadaptados

Fumé por más de 40 años y sólo fui un bebedor ocasional.

Fui mujeriego como cualquier joven de nuestros barrios, pero también supe amar… a mi manera, pero supe amar.

Admiro a las mujeres voluptuosas, esas agraciadas esculturas de la naturaleza, pero las damas delgadas de rostro lindo me hacen perder la compostura.

Cuba es el país extranjero al que más veces he visitado en mi vida. He caminado ebrio o sobrio por las calles de La Habana o de Santiago entre notas musicales que llegaban a mis oídos provenientes de los cuatro puntos cardinales, mientras una multitud sorprendente de ejemplares estilizados de cinturas breves y muslos fuertes pasaba a mi lado, pero fue una mulata de cuerpo esbelto, senos pequeños y profundos ojos verdes la que me dejó sin aliento. Hoy todavía la recuerdo, pese a que jamás crucé una palabra con ella.

Así ha sido y ya me he resignado: diosas fugaces que tuve la fortuna de tropezar con ellas el día que decidieron caminar unos minutos por los grandes bulevares.

Lamento, eso sí, que una buena parte de mi vida he sido un viandante solitario, sin nadie al lado para intercambiar miradas de sorpresa y exclamar susurros de galantería de todos los colores. Adriana, una compañera de trabajo, me despedía por la noche en la entrada de su casa de una manera peculiar: “Me llamas para que me sigas diciendo ‘cerdadas’”. Yo lo hacía con todo gusto.

En mi juventud pensaba que ser diferente te daba un aura interesante. Pero después de conversar con personas que vivieron en otros países, que hablan varios idiomas, que escalaron montañas, que se pelearon en los peores antros irlandeses por los favores de una puta pelirroja y pecosa, se jugaron la vida en un duelo, que apuntan en un cuaderno de pasta torcida las andanzas de su presente y que no pueden regresar a casa porque ya nadie los espera, después de todo eso, logré comprender que mi modesta existencia no tiene una mácula de interés.

Nomás echen cuentas: mi infancia fue socialmente solitaria, me unía a los juegos de los amigos de mis amigos, de los amigos de mi hermano, pero carecía de amistades propias. Parecía que Dios disfrutaba de mis pequeños contratiempos: los compañeros que realmente estimé terminaron por mudarse de barrio, ciudad e incluso de país. Las despedidas iban acompañadas de las más fantasiosas promesas, pero, obviamente, aquellas nunca se cumplían y no volví a tener noticias de ellos.

Muchos años después, en una borrachera nostálgica en Cancún, comenté a uno de mis compañeros extranjeros de trabajo que nunca me había acostumbrado a decir adiós a las personas que estimo. Me miró con cierta condescendencia y me dio una respuesta que a la fecha no logro descifrar del todo: “Las despedidas son lejanas, nunca logras alcanzarlas”.

En cuestión de parejas, tampoco echo las campanas al vuelo. Pago el precio de no ser lo bastante celoso, lo bastante responsable, de alentar la libertad del consorte porque en realidad nunca me importó. Y antes de marcharse, ellas, las que compartieron el lecho y algunos trozos de sus noches conmigo, te lo gritan en la cara: fuiste la peor apuesta de su vida, entre tantos hombres que tuvieron para escoger, fuiste tú el elegido, el peor ejemplar de la cosecha del 57.

Sus venenosas palabras, apenas me han hecho mella. Al contrario, sirvieron de abono para mis historias cotidianas. Porque, eso sí, siempre lo he dicho: lo mejor que me pudo haber pasado en medio de tanta tolvanera fue escribir. Pero escribir es una maldición hermosa de la que muy pocos salen vivos, por decirlo de alguna manera. Escribes, pero muy rara vez vives de eso. Por eso muchos mendigan becas. Otros, simplemente se las ingenian para encontrar un empleo o un oficio que les ayude a procurarse los frijoles.

Si te gusta la literatura, la creación en alguna de sus muchas formas, y apenas comienzas, ¡alto, piénsalo bien, estás a tiempo! Corre antes de que compruebes lo difícil que es el retrato del artista adolescente… maduro, viejo o senecto.

Ahí tienen al poeta chiapaneco Jaime Sabines. Estudió por tres años la licenciatura de Medicina. No le fue suficiente y dio el viraje en dirección de las Letras, que estudió en la Ciudad de México. ¿Qué le hizo regresar a Chiapas? Me temo que ya no podrá responder esa interrogante, pero lo cierto es que en ese estado alternó —para vivir— su pasión literaria con la venta de telas (algunos señalan que vendía alimento para animales).

Bukowski. Imagen: Meta AI.

El mismísimo Juan Rulfo publicó en 1955 su extraordinaria novela Pedro Páramo. Antes del glamur, fue vendedor en cambaceo, es decir, iba de puerta en puerta. Pero también le hizo a la mecánica y demás empleos menores. De hecho, una vez que Pedro Páramo fue una obra internacionalmente reconocida, el escritor jalisciense tuvo que aceptar en 1963 un trabajo de godínez en el Instituto Nacional Indigenista como editor y director de publicaciones.

El orgullo de Zapotlán el Grande (hoy Ciudad Guzmán), el escritor jalisciense Juan José Arreola fue un verdadero factótum, pues trabajó como peón en el campo, vendedor de tepache y sandalias, entre otras cosas.

En el plano internacional, el que quizás sea el escritor más importante de la literatura estadunidense, Herman Melville, autor, entre otras obras, de Moby Dick, trabajo durante diecinueve años como inspector de aduanas en los muelles del Bajo Manhattan, donde examinaba los manifiestos de los barcos cotejándolos con la carga descargada.

Anthony Trollope, un portento de escritor inglés en la época victoriana, los estadunidenses William Faulkner, Henry Miller y Charles Bukowski fueron trabajadores postales.

Ejemplos de contadores y vendedores de seguros, además, por supuesto, escritores, son también los estadunidenses T.S. Eliot, quien trabajó para el Lloyd’s Bank, y Wallace Stevens, quien fue abogado de la Hartford Accident and Indemnity Company.

Un agente de seguros fue el praguense Franz Kafka, quien se sentía como cucaracha porque su trabajo entraba en conflicto “con mi único deseo y mi única vocación: la literatura”.

Y los ejemplos de oficios, aversiones y vocaciones son multitud: Agatha Christie logró adentrase y hacer suyos los secretos de los venenos gracias a que trabajó como farmacéutica, mientras que Harper Lee, era agente de billetes de avión. Antes de indignar a las buenas conciencias del mundo con su obra Lolita, Vladimir Nabokov organizó la colección de mariposas del Museo de Zoología Comparada de Harvard.

Un ejemplo final, quizás el más tétrico. Previo a dedicarse en cuerpo y alma a la poesía, el británico John Keats (1795-1821) se formó como cirujano y boticario. En 1815, realizó prácticas quirúrgicas en el Guy’s Hospital de Londres. No son pocos los especialistas que señalan que para completar sus gastos mensuales proveía de cuerpos muertos a las escuelas de medicina de la época, es decir, era un resurreccionista, un ladrón de cadáveres.

En fin: pecadillos que perdonamos a nuestros entrañables escritores.

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