LA TRADICIÓN TEJOCOTERA TIENE SUS HEREDEROS
Se cumplió de nueva cuenta la representación de la leyenda popular serrana de que en 1864 el emperador Maximiliano de Habsburgo pasó por el Mineral de Santa Rosa y los lugareños le explicaron con una improvisada puesta en escena, cómo fue la toma de la Alhóndiga de Granaditas y lo repitieron los siguientes años. La revolución iniciada en 1910 interrumpió la tradición y la retomó don Tomás Ulloa en 1934. Ahora sus descendientes la prosiguen y no sólo eso: la presencia de gente joven y la participación infantil garantiza una continuidad por muchos años más.
Sábado de grito
La fiesta comenzó el sábado 10 de octubre. Los lugareños realizaron desfiles, presenciaron bailables folklóricos y concluyeron con el grito de Dolores, dado por la presidenta municipal Samantha Smith, quien habría de explicar que “así como Chavela Vargas nació donde le dio su (silencio) gana, los guanajuatenses damos el grito cuando nos da nuestra (silencio) gana”.
Esa noche revisaron las viejas escopetas de chispa para que sólo las autorizadas pudieran ser detonadas al día siguiente.

Domingo de boda (cheda)
El domingo, el ceremonial: desfile desde la cruz a la vera de la carretera y subida por la calle principal del poblado, hasta su zona más alta, en la capilla, donde recordaron a los tejocoteros fallecidos recientemente.
Esta vez, los hermanos Aguilera, quienes representan a Miguel Hidalgo e Ignacio Allende, estuvieron acompañados por dos niños, que representan a Juan Aldama y Mariano Jiménez. El cura de Dolores estuvo representado también por otros dos niños: uno a caballo y otro a pie, todos con sus sotanas, su “calva” y el correspondiente estandarte guadalupano.
Don Félix González fue el primer cura hidalgo cuando era joven y al final sí se hizo sacerdote y el papel no fue representado durante años o lo era de manera irregular. Ahora sobran “migueles hidalgos”
En ese tenor se realizaron las “guerrillas”, con jovencitas ataviadas de galereñas y adelitas (la transgresión cronológica es parte del encanto de la tradición), con sus trenzas tricolores y una de ellas con una gran bandera de un México que en 1810 aún no existía como tal.

El actor y músico Primo Lara leía previamente a cada “enfrentamiento” las cartas de intimidación que Miguel Hidalgo envió a al intendente Antonio de Riaño y Bárcena.
Acabado el parlamento, una representación de Juana Gabina, la mujer de El Pípila, abría brecha con una hoz y le seguía la “carga” de caballería, para luego ir tomando las posiciones de los realistas, en una escenificación que representa el camino que partió de Dolores, siguió a San Miguel el Grande, Luego a Celaya e Irapuato para terminar en Hacienda de Burras, cerca de la ciudad de Guanajuato.
Las guerrillas se realizaron entre los estruendos de los cañoncillos y de las pocas escopetas autorizadas el día anterior. La cerveza, el mezcal y el licor de membrillo fluyeron entre la tropa, mientras las parejas le daban gusto al cuerpo al ritmo de sones sinaolenses o valonas michoacanas como “Juan Colorado”, sin faltar la clásica “El Pávido Návido”.
Al llegar al tapanco construido cerca del templo, se simbolizó la entrada a la ciudad. Ahí el “cura” Adrián Herrera —quien heredó el papel que durante décadas desempeñó su padre, don Raymundo Herrera— leyó la proclama de Riaño, en la que anunciaba la defensa de la ciudad encerrándose en la Alhóndiga de Granaditas y mandó mensaje de auxilio a Félix María calleja, que estaba en San Luis Potosí.

Las tropas insurgentes avanzaron entre humo derivado de estruendos de cañones y escopetas, entre tambores de guerra y bebidas espirituosas, en un ínter hacia la capilla de la Cruz, donde un jinete y un parroquiano se liaron a golpes porque uno acusó de ser golpeado por el caballo y el otro de que se le atravesaron sin respetar las vallas de contención hechas con lazos movidos por voluntarios. Desahogaron sus ansias bélicas por unos momentos entre gritos de sus histéricas acompañantes.
En la parte baja realizaron un gran baile de todos contra todas y se fueron al fatal desenlace. Para ese momento fue más notoria la disminución de espectadores foráneos. La baja de asistentes al Festival Internacional Cervantino le pegó también a la fiesta tejocotera.
La toma de la Alhóndiga de Granaditas
El camino de la batalla continuó hacia el campo cercano a la secundaria del lugar, donde se coloca un tapanco que representa a la Alhóndiga de Granaditas. Tras el intercambio de fuego y la imposibilidad de la tropa insurgente de tomar el castillo, finalmente aparece el Pípila con su loza en la espalda, quien le prende fuego. Un castillo de pirotecnia representa ese momento.
La Alhóndiga es tomada. A diferencia de la historia, donde los resistentes fueron masacrados sin piedad, en esta versión popular son fusilados. Ya para entonces la espiritualidad etílica pide los estertores de música para cerrar con baile, romper la taza, irse para su casa y curársela al día siguiente.

Ahí sobresale un personaje: Xicoténcatl Ulloa, hijo de don Tomás Ulloa, el impulsor de la nueva era tejocotera a partir de 1934. Xico tenía 15 años cuando comenzó a representar a el Pípila.
Las bases y sus relevos
Don Simón García Reyes anda por los 90 años y vive desde hace 30 años en Santa Rosa de Lima. Nació en Texas, pero a la tierra vino hizo lo que vio y se convirtió en indio tejocotero. Por encargo de don Tomás Ulloa pintó una gran manta que representa la toma de la Alhóndiga de Granaditas y es sacado cada año para adornar a la fiesta. Don Simón aprendió a pintar en Texas, pero también estudió en Inglaterra y Alemania. Aún tiene el acento “gringo”.
Primo Lara es veterano de mil batallas, más de 40 años participando en la guerrilla. Se ha convertido en uno de los decanos de la celebración que busca que sea lo más fidedigno posible a la historia.

Una chica que estudia ingeniería y otra que cursa semestres de arquitectura, ambas en la Universidad de Guanajuato son esa parte del relevo.
Un tejocotero relativamente veterano es José Juan Palacios Hernández, distinguido por ser el único que viste un atuendo de chinaco, fiel a la vestimenta de la época, con su chalequillo de cuero, chaparreras y paliacate. Porta un muy antiguo mosquete que no sirve, pero le va bien con el atuendo.
Esta vez no participaron las integrantes de la familia Ulloa que representan a Juana Gavina, por lo que otra chica lugareña salió al quite.
Un “caballo” inflable, una AK 47 —ahora no hubo bazuca—, un “comando” con su perro de peluche, un combatiente con máscara de diablo, atuendo de manta con zapatos tenis, niños que portan ametralladoras de plástico. Son las nuevas generaciones que garantizan larga vida a la gran fiesta tejocotera.

