RESCATISTAS DE ANIMALES: CRÓNICA DE UN AGOTAMIENTO SILENCIOSO
Lo postearon desde temprano: otro perro abandonado, esta vez en la carretera. En su afán por alcanzar a su “familia” corrió detrás del auto y fue atropellado. Nadie se detuvo; ni quienes fueron su hogar todos esos años, ni el conductor que lo golpeó, ni los que pasaron después mientras él permanecía tirado atrapado en un dolor casi insoportable.
Horas después llegaron ellos. Ya no pudo distinguirlos; su vista hacía tiempo que se había nublado. Sintió cómo lo levantaban antes de perder el sentido. Despertó muchas horas después. Un milagro, dijeron. Apenas lograron llegar a tiempo. Decidieron actuar tras las decenas de mensajes bajo el post insultando a quienes lo abandonaron, a quienes solo ponían stickers, criticaban o pasaban la “bolita”.
Yo no puedo… No estoy en la ciudad… No tengo dinero… No es mi problema… ¡Tanto escándalo por un perro!
Para quienes observan desde afuera, rescatar a un animal parece un acto reservado a quienes “aman mucho a los animales” y por eso hacen algo. Para algunos es nobleza, para otros, heroísmo. Y también existen quienes lo califican como acciones de gente loca, sobre todo, dicen, habiendo tantos niños sin hogar.

En redes, las imágenes del rescate circulan en todas partes: gente compartiendo, reaccionando, observando, pero nadie actuando. Mientras eso sucede, quienes rescataron se enfrentan a varias noches sin dormir intentando arrancarle de los brazos a la muerte a ese desafortunado ser; a una lista infinita de cuentas por pagar; a discusiones familiares porque ya no hay más espacio en casa para uno más; y a un teléfono que no deja de sonar.
“Vi que rescataste al perro de la carretera, en mi colonia hay una camada de perros en la basura… ¿puedes venir por ellos?”.
La imagen del animal abandonado suele romantizarse como en las películas de Disney: una desafortunada criatura que tarde o temprano encontrará un hogar feliz. O que quizá disfruta estar “libre”, como si fuera hermoso recibir patadas bajo el sol o la lluvia, y sentir hambre. Peor si es hembra y no está esterilizada, el abandono entonces se convierte en una condena multiplicada por el celo, el acoso y la llegada de camadas destinadas al mismo fin. Si está herido, ya vendrá quien lo cure. Si está solo, ya habrá alguien que le dé el amor que le falta. Pronto, de seguro, tendrá un hogar, o al menos una cobija que alguien le deje en un rincón del callejón.
La realidad es distinta. Muy distinta a todo eso. Animales enfermos vagando con la mirada llena de dolor a consecuencia de un abandono que no entienden, que no pidieron, contra el que nada pueden hacer. Perros y gatos con heridas graves que nadie quiere ver, desnutriciones que resulta mejor ignorar, y una vida en constante alerta cuidando cada flanco para evitar golpes, persecuciones o nuevas agresiones. Las mentes crueles son tan creativas que ya a nadie sorprende las mil y una formas de tortura empleadas para divertirse con una mascota indefensa.
En el retrato del rescatista no se nota, a simple vista no se percibe, el efecto emocional que el contacto con el sufrimiento constante deja en ellos, ni las lágrimas y la depresión que llega después de que un animal al que ya le habían tomado cariño muere. Nadie observa la impotencia y el enojo que se quedan instalados en forma de gastritis, migraña, ansiedad o hipertensión con cada adopción fallida, o que después de haber dado tanto para salvar una vida la entregaron en adopción a alguien que lo volvió a echar a calle, lo asesinó o lo devolvió. Ni tampoco se refleja la culpa que los castiga cuando no les es posible salvar a todos.
La vida de un rescatista gira alrededor de veterinarios y expedientes abiertos con deudas postergadas en cada una de las clínicas en donde están atendiendo a sus rescatados; se convierten en expertos en medicamentos, aprenden precios, dosis y efectos.
Conocen el costo y las propiedades de cada marca de alimento y de cada expendio donde pueden comprar por kilo o por bulto. Aprenden cuáles marcas son las más recomendables y cuáles disfrazan los desperdicios en croquetas con forma de huesos.
Sus casas se convierten en refugio: jaulas, transportadoras, camas, juguetes. Limpian y desinfectan todo varias veces al día. Sus vehículos terminan acondicionados para traer y llevar animales. Nunca se sabe lo que se encontrará en un llamado de auxilio. Y sacan de su cada vez más raquítica cartera lo necesario para pagar vacunas, esterilizaciones, carne para el que no digiere croquetas y necesita subir de peso, arroz con avena para el enfermo, premios para el que empieza a confiar otra vez.
Y cuando todo parece estabilizarse y celebran que uno de sus rescatados encontró un buen hogar, llegan otros diez. El que amarraron a la puerta, el que tiene fractura expuesta, el viejito ciego que echaron al contenedor, el husky que no es tan simpático como en las películas, el chihuahua que ladra mucho. Camadas enteras. Mensajes con la típica amenaza: “si no vienes por él mañana lo entrego al CECAA”, gente que promete adoptar y luego desaparece.
Y encima de todo quienes no ven el problema de fondo, aquellos que lanzan mensajes de odio, que juzgan, que acusan, que descalifican. La impotencia y la frustración que sufren los rescatistas son reales.
Porque así como hay animales dejados a su suerte sufriendo el desamparo, hay rescatistas que empatizan perfectamente con ellos porque sienten lo mismo, lo viven con ellos. Debajo de la capa de amor y buenas intenciones que rodea a muchas de las publicaciones en redes sociales llenas de flores, mensajes de admiración y likes, existe otra mucho menos visible, más oscura, más cruel y profundamente desgastante. Ciertamente los animales no son personas, pero sí importa lo que sufren. Porque quien aprende a dañar a un animal indefenso hoy, mañana puede terminar lastimando seres humanos. Es un círculo vicioso que se expande sin freno.

¿Será posible que algún día nuestras manos elijan construir en lugar de soltar la correa o lanzar el golpe? ¿Que las adopciones sean responsables y perduren aun cuando el animal ya no sea pequeño, tierno y gracioso?; incluso cuando ya no ve, no tiene dientes y el oído comienza a fallar.
¿Podremos entender que la esterilización es más humana y necesaria que el sacrificio? ¿Cuándo valoraremos y trataremos con empatía a quien rescata? Y que muchas veces lo hacen en silencio, sin reflectores, sin ayuda.
Rescatar animales no debería depender únicamente del corazón agotado de unos cuantos. Mientras el abandono siga siendo una costumbre social, los rescatistas seguirán intentando detener la furia de todo un tsunami con las manos.
Dedicado a Sandra Barajas, Iván y Pecke Naye por su dedicación y el silencio de sus batallas.

