CAMINO REAL DE TIERRA ADENTRO Y SANTO DOMINGO

El primer itinerario cultural en América fue el Camino Real de Tierra Adentro, también conocido como Ruta de la Plata. Iniciaba en la Plaza Mayor (actual Zócalo de la Ciudad de México) y corría hacia el norte hasta Santa Fe, Nuevo México, en los Estados Unidos. Recorría más de 2 500 kilómetros como una importante ruta comercial y de comunicación entre ambos puntos geográficos.

Hace 400 años, la Plaza Mayor era el punto de reunión. Quienes tomaban esa ruta cultural caminaban hacia la fachada norte de la Catedral y de allí al Templo de Santo Domingo en la plaza del mismo nombre, y de este sitio en el que se establecieron durante varios siglos los “Evangelistas” y la antigua Aduana de México, las comitivas enfilaban hasta llegar a completar el derrotero de duración siempre incierta.

La ruta unía las poblaciones de México, Tepotzotlán, San Juan del Río, Querétaro, San Miguel de Allende, Guanajuato, Lagos de Moreno, Ojuelos, Aguascalientes, San Luis Potosí, Zacatecas, Sombrerete, Durango, Valle de Allende, Chihuahua, Alburquerque y Santa Fe. Servía para asuntos de comercio, comunicación, transporte de mercancías, movimiento de personas y evangelización cristiana.

Una placa da fe del punto de partida del Camino Real de Tierra Adentro. En total son tres las que dan a conocer información relevante en torno a ese sitio. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Es decir, unía a la Ciudad de México, el norte del país y los territorios españoles en lo que ahora es el suroeste de los Estados Unidos; facilitaba el envío de cartas, noticias y órdenes oficiales; transportaba plata, oro, textiles, ganado y otros bienes; por ella viajaban comerciantes, soldados y misioneros, y ayudó a la colonización española a lo largo de su extenso recorrido de 2 500 kilómetros.

En resumen, el Camino Real de Tierra Adentro era una ruta vital para la economía, la política y la sociedad de la región. Era un viaje largo y arduo, a veces peligroso e incómodo, cuya duración dependía de varios factores, como la época del año, el clima, el tipo de transporte y la carga que se llevaba. Los ricos contaban con carruajes, sirvientes y buenos caballos; los pobres se las arreglaban como podían.

El tiempo aproximado, de acuerdo con anales, archivos, memorias, relatos y crónicas de aquellos años, era de 3 a 6 meses a pie, 2 a 4 meses a caballo o en mula, y de 4 a 6 meses en caravana cargada. Se debía sortear terrenos difíciles (montañas, desiertos, ríos), climas extremos (calor, frío, lluvia), falta de agua y alimentos en algunos tramos, y riesgo latente de asaltos de bandoleros o pueblos indígenas hostiles.

Sin embargo, nadie, absolutamente nadie, se atrevía a iniciar ese recorrido sin escuchar misa y rezar devotamente al santo de su predilección en el Templo de Santo Domingo, en la plaza del mismo nombre, a unos pasos de la Catedral y el Zócalo. Se construyó entre 1571 y 1660, sobre el antiguo templo dedicado a Huitzilopochtli. Fue uno de los primeros templos dominicos en la Nueva España.

El Templo de Santo Domingo ha sido testigo de acontecimientos de elevado interés social, cultural, político y económico. (Fotografías: Graciela Nájera Sánchez)

Además, hasta la fecha es considerado uno de los más bellos e importantes ejemplos de la arquitectura barroca en México. Fue mandado levantar por la Orden de los Dominicos, por instrucciones expresas del fraile dominico Tomás de Casillas, buen hombre, letrado y educado, quien llegó a México en 1526. La construcción, que se dilató durante casi 90 años, requirió de cientos de trabajadores.

Ese templo se ideó como centro de la vida religiosa y cultural en la Nueva España con el objetivo de evangelizar a los indígenas, difundir el cristianismo entre la población local, abrir un espacio para los sacramentos, y reforzar la fe y la devoción entre los colonos españoles y los indígenas conversos. Se recibieron donaciones y apoyo financiero de la Corona y de particulares para llevar a cabo las obras.

El Templo de Santo Domingo mide 26 metros de altura en su portada y 35 metros en sus torres. En su interior se venera a Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los Dominicos, a quien se dedicó el templo. Igualmente, a la Virgen de la Asunción, también patrona de la iglesia, y al Señor del Rebozo, una imagen de Cristo crucificado con un rebozo, desde entonces muy querida por la gente.

En su interior se encuentran obras de arte valiosas, como La Imposición de la casulla a San Ildefonso, una pintura barroca atribuida a Alonso López de Herrera; La lactación de Santo Domingo, obra de Cristóbal de Villalpando; El Cristo del Noviciado, imagen del siglo XVI elaborada con pasta de caña de maíz, considerada milagrosa, y El Señor del Rebozo, representación de Cristo crucificado.

También tiene al menos dos retablos dorados del siglo XVIII dedicados a la Virgen de Covadonga y a la Virgen del Camino. El retablo mayor neoclásico fue diseñado por Manuel Tolsá. El conjunto cuenta con 11 capillas laterales dedicadas a diferentes santos y advocaciones. Y, dato curioso, varios personajes importantes de la historia de México están sepultados en el Templo de Santo Domingo.

Así se observa la Plaza de Santo Domingo desde la puerta principal del templo del mismo nombre. A la izquierda, la vieja aduana, y a la derecha, el portal de los Evangelistas, escribanos que han estado ahí desde hace años.

Entre ellos, Pedro de Moctezuma (hijo de Moctezuma II, fallecido en 1570), Fray Servando Teresa de Mier (sacerdote y pensador que participó en la Independencia de México) y Francisco Vázquez de Coronado (conquistador español que dirigió una expedición al norte de México). También está la tumba de José Cecilio del Valle (prócer hondureño que estuvo detenido en el convento).

El templo fue sede de la Inquisición y se llevaron a cabo torturas en la plaza adyacente, como el caso de la familia Carvajal, acusada de practicar el judaísmo. También fue lugar de reunión para los insurgentes, y Fray Servando Teresa de Mier, destacado líder de la independencia, estuvo preso allí. En 1861, sus bienes fueron expropiados, terminando así la influencia de la Iglesia en la política.

Durante la Revolución Mexicana fue utilizado como cuartel y sufrió daños durante la lucha. A mediados del siglo XX, se realizaron trabajos de restauración para devolverle su esplendor original, destacando su estilo barroco novohispano con una fachada principal de cantera gris y revestimientos de tezontle. El interior cuenta con una nave longitudinal, bóveda de cañón y arcos de cantera finamente elaborados. La leyenda dice que El Cristo del Noviciado fue donado por un par de ángeles.

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