LOS AVATARES DE LA PLAZA CHIAPAS

El pequeño jardín semioculto en

un barrio marginal se niega a morir

Repentinamente, una cuadrilla de trabajadores municipales arribó al parque. Durante dos días, retiraron los feos plásticos, envases de PET, papeles y otros desechos; pintaron las bancas y los dañados juegos infantiles y aparatos de ejercicio; dieron una “manita de gato” a las destruidas estructuras que alguna vez funcionaron como consultorios psicológicos y quitaron la maleza, ante el azoro de los vecinos, acostumbrados a la indiferencia institucional. El seco pasto y los sedientos árboles recobraron la esperanza.

Una de las terrazas de la plaza. El sitio ha sufrido vandalismo y abandono.

Vayamos algunos años atrás. Corría el año 2015. El entonces presidente municipal de Guanajuato, Édgar Castro Cerrillo, anunciaba pomposamente la inauguración de la Plaza Chiapas, a medio camino de la subida al panteón nuevo, en el populoso barrio El Encino. El sitio se concebía como “un espacio propicio para la convivencia social, la recreación artística y cultural y el desarrollo urbano”, según la siempre optimista propaganda gubernamental.

Los árboles, en espera de las lluvias, dan vida al espacio.

En el lugar, diseñado como un jardín en varias terrazas, se construyeron inmuebles destinados a consultorios psicológicos del DIF Municipal, con la finalidad de brindar atención, a bajo costo, a las personas que así lo requirieran, en una zona con graves problemas de inseguridad, drogadicción, violencia y desintegración familiar. Sin embargo, la falta de un plan de trabajo a largo plazo, la pandemia del Covid-19 y la negligencia ocasionó que, en poco tiempo, el sitio fuera abandonado.

Juegos infantiles y aparatos de ejercicios están incompletos.

Las áreas verdes se volvieron cerrados matorrales. El espacio auditorio o escenario al aire libre fue grafitado y vandalizado. Algunos de los juegos destinados a la diversión de los menores fueron desmantelados, al igual que los aparatos gimnásticos; el tablero de basquetbol perdió su aro y, lo más grave, los bisoños pasantes de Psicología se volvieron víctimas frecuentes de asaltantes, por lo que la autoridad se vio obligada a cerrar las instalaciones.

La espectacular vista desde las alturas.

Los inmuebles pronto se convirtieron en ruinas y depósitos de todo tipo de desperdicios, así como en refugio ocasional de personajes refractarios al contacto social. La incuria vecinal contribuyó a la devastación, al arrojar basura en cada rincón, pese a existir recipientes en relativo buen estado, diseñados expresamente para captar desechos. Con todo, la naturaleza, siempre generosa, permitió el crecimiento arbóreo, al impulso de las lluvias anuales.

Pese a todo, es un espacio propicio para los niños… y los gatos.

Pese al descuido y la desolación, el área era disfrutable. Las bancas, milagrosamente en buenas condiciones, acogían parejas de adolescentes enamorados. Los espacios abiertos recibían uno que otro amante del ejercicio. Los niños jugaban futbol y las niñas podían trazar un nostálgico “aeroplano” en el piso para disfrutar algunas horas de solaz. Y el panorama, desde las alturas de la barriada, es magnífico: imponentes cerros de fondo acunando en primorosa herradura a las casitas de la vieja ciudad.

Un nostálgico “aeroplano”. El inutilizado auditorio al aire libre.

La Plaza Chiapas es el único jardín público fuera del núcleo urbano. No existe un espacio similar en otras colonias populares situadas en las alturas. Ocasionalmente, las autoridades recuerdan su existencia y entonces le dan una remozada, aunque ciertamente nunca a fondo. A los pocos días, el sitio vuelve a llenarse de basura, regresan las pintas, crece la mala hierba y las pipas de agua ni por asomo se acercan a dar un sorbo de agua a las plantas y árboles, por otra parte, tan resilientes que en cuanto vuelve a llover resurgen, sus hojas recuperan el brillo y las flores pintan de colores bordes y laderas.

Las plantas resisten pese a la falta de agua.

Por eso, llenó de asombro a los habitantes la inusitada aparición de una cuadrilla de limpieza empeñada en dar nueva apariencia a la zona. La razón: sería la sede para una ceremonia del gobierno local. Hoy, el lugar al menos luce limpio, pero otras cosas siguen igual: las destruidas estructuras donde alguna vez se dio terapia a niños y adolescentes continúan siendo tristes esqueletos de hierro y concreto; el equipamiento lúdico y deportivo no ha sido reparado y los vegetales extrañan el riego.

Juegos y recipientes de basura, sin usar.

Sin duda, la temporada pluvial hará su parte en el renacer de las áreas verdes, pero no basta. Un mayor compromiso, vecinal y gubernamental, no esporádico sino continuo, acercaría la Plaza Chiapas a ser lo planeado inicialmente: un centro apto para la convivencia y la recreación artística y cultural, que además funcione como factor de desarrollo urbano. Porque un espacio donde es posible el esparcimiento, el encuentro, el juego o la mera contemplación contribuye a fortalecer el alma del entramado social.

Los destruidos inmuebles que alojaron al centro de atención psicológica.

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