DE RULFO A IBARGÜENGOITIA —PASANDO POR CERVANTES, CAPOTE Y LA NOTA ROJA— LAS RAÍCES LITERARIAS DE ÉLMER MENDOZA
Autores y temas que inspiran al laureado escritor “culichi” de novela negra
Élmer Mendoza hubiera querido ser gordito, “como Jorge Ibargüengoitia”; pero no, es delgado y ameno, de humor más amable, no tan cáustico como el del guanajuatense, que habla de autores que alimentaron su vena literaria y abunda sobre temas que son parte de las raíces de su obra: la novela policiaca, el reportaje novelado y la nota roja.
La estancia en Guanajuato del laureado escritor de novela negra, máximo exponente mexicano de la llamada “narcoliteratura” estuvo llena de humor, de sarcasmo y alegría para recibir el Premio de Literatura “Jorge Ibargüengotia”, que le fue otorgado por la Universidad de Guanajuato.
Lo recibió un feliz “culichi” que empezó a escribir novela “ya tarde” —ya mayorcito de edad—, igual que tantos otros escritores, entre ellos Miguel de Cervantes Saavedra; se lo dieron por su trayectoria, innovación e impacto cultural, al legitimar el género de la novela negra como un espacio de reflexión crítica y estética.

El escritor y también integrante de la Academia Mexicana de la Lengua, habló con franqueza en lo que llamó “mis quince minutos de fama”, donde provocó con ironías y humor la risa de una concurrencia al viejo patio jesuita que aplaudió a “una franca personalidad con la que ha creado una estética de la violencia que desmonta estereotipos y discursos oficiales en torno al narcotráfico”.
Émer Mendoza Valenzuela enumeró los autores que le han inspirado para su carrera literaria desde 1978: James Joyce, Juan Rulfo, Fernando Del Paso, Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Julio Cortázar, Rubén Fonseca, William Faulkner, Dashiell Hammett, Batya Gur y, por su puesto, Jorge Ibargüengoitia.
La primera novela de Élmer Mendoza fue Un asesino solitario, publicada en 1999, a la que definió como “un potente registro social de una época que esperamos que termine pronto”, donde la musicalidad del lenguaje oral funge como guía narrativa: “Tiene que escucharse, también debe haber música ahí con el tono de la rebeldía y de la fuerza”, enfatizó.
Por eso Carlos René Padilla Díaz, Ainhoa Vásquez Mejías y Felipe Oliver Fuentes Kraffczyk otorgaron al sinaloense el IX Premio de Literatura que lleva el nombre del creador de Cuévano.
Desde un discreto rincón, Édgar “el Zurdo” Mendieta, detective protagonista de Balas de plata, La prueba del ácido, Nombre de perro, Besar al detective y otras novelas, observó la escena de la ceremonia y estuvo atento a las entrevistas que luego hicieron a su creador.
Es un hombre dejado de aspecto, generalmente viste ropa informal como chamarra y tenis y es un ávido consumidor de whisky y tabaco. Por eso pasa desapercibido entre el mar de estudiantes de universidad pública.
La nota roja, el otro venero
Pero la novela negra de Élmer Mendoza parte de una realidad cruda: la violencia generada por el narcotráfico en México y publicada en la prensa, en lo que es la derivación más cruenta de una antigua forma de contar la tragedia y la muerte: la nota roja.
Se le hizo la pregunta:
¿Recuerda a algún periodista de crónica negra o nota roja que le haya gustado?
El Zurdo Mendieta se colocó atrás del reportero y puso el dedo índice de su mano derecha en la boca para “couchear” al escritor, quien respondió tras unos segundos de pensativo silencio:
“No puedo decir su nombre, pero en el periódico El Noroeste, de Culiacán, trabajaba un periodista que en los años sesentas llegaba a por la tarde y decía ‘¡olvídense, tengo la de ocho!’; se ponía en su escritorio, sacaba su escuadra 45 y se ponía a escribir”.
Era el periodista “que nos llamaba más la atención, que leían nuestros papás; era un tipo extraordinario y admirado por periodistas jóvenes que trabajaban con él”.

El Zurdo Mendieta asentó y agradeció omitir la identidad del aludido, pero todo parece indicar que se trata de José Cayetano Valadez.
Élmer Mendoza no recordó nombres de reporteros nacionales de nota roja, pero sí que leía en su juventud un vespertino que en su portada “traía a una muchacha en paños menores”, que “casi siempre la primera noticia era un escándalo, una nota roja con letras grandotas y era muy barato el periódico”. Admite que “como estudiante llegué a comprar ese periódico que veía cuando pasaba por el centro”.
De ese mundo que mezcla periodismo de policía y literatura citó a Truman Capote, quien no era reportero de policía, pero leyó a un periodista de nota roja e hizo una investigación: “escribió y creó la novela reportaje”, destacó el entrevistado en referencia a A sangre fría.
Fueron las evocaciones de ese pasado previo a su etapa de escritor de novela negra, como el momento en que supo de Las Poquianchis (1964), el más siniestro y sensacional caso de nota roja del siglo XX en México, convertido en memoria colectiva por la revista Alarma!, de donde Jorge Ibargüengoitia abrevó.
“Yo era muy joven, me causó sorpresa que unas mujeres pudieran hacer eso con otras mujeres. Después me di cuenta que el mundo no era como yo lo concebía, fue algo muy intenso, muy espeluznante”. El tema abre la puerta para la otra evocación: la de un escritor que tampoco era reportero de nota roja, pero que hizo del caso una novela emblemática que muestra hechos deleznables con humor ácido: Las muertas.
De Jorge para Élmer
“Mi obra dialoga mucho con la de Jorge Ibargüengoitia porque su humor es muy ácido y el humor en mis novelas se parece al de él, porque él es el modelo”, declaró el galardonado al hablar de un autor que es parte de su alimento literario:
—Jorge Ibargüengoitia no escribía novelas que no pudieran no ser leídas; tampoco hacía una propuesta exclusivamente lingüística, narraba historias, afirma el escritor norteño y resalta que son textos amenos, no extensos y que tienen un “aura emocional”.
El Zurdo Mendieta le avisó a la esposa del escritor y se interrumpió la charla, pero más tarde, en el diálogo con la prensa, el tema de Las Poquianchis proseguiría.
En la sede del cineclub universitario estaba el Zurdo, siempre atento a lo que declarara el escritor y siempre desconfiado de preguntas y preguntones. En Culiacán el asunto está rudo y acaban de detener y luego liberar a una hija del “Mayo” Zambada; en Guanajuato matan a un hombre frente a la presidencia municipal de Irapuato ante la indiferencia de un policía de tránsito; el Zurdo quiere estar en esos terrenos, pero en esta ocasión debía cuidar a Élmer Mendoza, quien así definió su gusto por la obra de Ibargüengoitia:
“Por el tipo de lector que soy, pongo mucha atención en la forma de contar la historia: en ese caso (omite mencionar “las Poquianchis y pide que le aclaren por qué se les puso ese mote) hay varios delitos, hay personajes y son como son, pero la forma, el estilo y la devastación que hace Ibargüengoitia es lo interesante; impresiona la forma en que hace su discurso”. Prosiguió:

“La forma en que está contada hace que uno se olvide que ese tipo de personas tienen nombres; pero ahí hay una tragedia”.
El sinaloense calificó a Ibargüengoitia como “un autor lleno de confianza, eso es básico, los escritores no debemos tener miedo, por eso él era bien plantado, no tenía miedo de nada, era un hombre elegante”. Y entonces dio otro toque de humor:
“Me hubiera gustado ser gordito como él, pero no puedo; quizá la carne de Sinaloa no engorda tanto como la de Guanajuato o a lo mejor ustedes comen más dulces o quizá nosotros no comemos muchos dulces”.
El Zurdo Mendieta sonrió. Está tan flaco como su creador y observó con sorna a quien hizo las preguntas. “Con esa panza no podría correr si hubiera una balacera; sería un blanco fácil”, pensó al ver que el reportero usaba traje beige y sombrero café; por eso añadió: “si no estuviera tan chaparro, pasaría más por judicial antiguo que por reportero de nota roja”.
Élmer Mendoza resaltó que Ibargüengoitia supo estar en el lugar de los hechos y refrenda que la acidez de la escritura del guanajuatense sigue incomodando al paisanaje abajeño. Lo explicó con una anécdota:
“Hace muchos años, a mí me invitaron a estar en la feria de León para organizar algo ahí. Invité a algunos autores de literatura de acción —literatura negra— y puse como condición para aceptar hacer un homenaje a José Alfredo Jiménez y otro a Jorge Ibargüengoitia”.
El Zurdo recuerda que fue en 2019, cuando al “culichi” la Feria Nacional del Libro de León le otorgó el Reconocimiento Compromiso de las Letras.
Élmer Mendoza evocó que los organizadores le dijeron que por José Alfredo no había problema, pero que tenían que consultar lo de Ibargüengoitia. Finalmente, lo aceptaron:
“El homenaje salió como tenía que salir: el de José Alfredo salió mejor, todos amamos a José Alfredo”.
En efecto: en León y en Culiacán, la vida no vale nada.
El Zurdo Mendieta miró que se llevaban a Élmer Mendoza a descansar. Se acercó al reportero y pidió que le recomendara una cantina.
—Vamos a “Los Barrilitos” —se le dijo—, ahí estuvo “El Cañón Rojo” y en ella se inspiró Jorge Ibargüengoitia para crear “El Gran Cañón del Colorado” en Estas ruinas que ves.
—Vamos, pues, yo invito —respondió el detective—, pero nada de entrevistas, hablemos de otra cosa.
—De todo, menos de fútbol —respondió el reportero—, que acaban de golear al glorioso equipo León.

Biografía
Élmer Mendoza Valenzuela nació en la colonia Popular (Col Pop) de Culiacán, Sinaloa, el 6 de diciembre de 1949); es un escritor mexicano de novela negra, representante de la llamada narcoliteratura. También es dramaturgo y cuentista.
Creció en el campo, al lado de su abuelo materno, trabajando, entre corridos y música norteña. Cuando regresó a la ciudad descubrió la música y la cultura del rock, y al mismo tiempo la lectura. A los 28 años comenzó a escribir, renunció a su trabajo como ingeniero y se mudó a la ciudad de México para estudiar literatura en la UNAM.
Élmer Mendoza aparece en La reina del sur como uno de los varios amigos que entre trago y trago en una cantina y con un corrido como música de fondo le da datos acerca del narcotráfico en México al narrador de la novela de Arturo Pérez-Reverte.
Profesor de la Universidad Autónoma de Sinaloa, es un incesante promotor de la lectura e instituciones culturales.
Fue elegido miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua en la sesión plenaria del 11 de agosto de 2011 y se integró a ella el 26 de abril de 2012.
Además de cuentos y textos de dramaturgia, destacan sus siguientes novelas:
Un asesino solitario, Tusquets, 1999.
El amante de Janis Joplin, Tusquets, 2001.
Efecto tequila, Tusquets, 2004.
Cóbraselo caro, Tusquets, 2005.
Balas de plata, Tusquets, 2008.
La prueba del ácido, Tusquets, 2010.
Nombre de perro, Tusquets, 2012.
El misterio de la orquídea Calavera, Tusquets, 2014.
Besar al detective, Random House, 2015[6].
Asesinato en el Parque Sinaloa, Random House, 2017.
No todos los besos son iguales, Random House, 2018[7].
La cuarta pregunta, Random House, 2019[8].
Ella entró por la ventana del baño, Alfaguara, 2021[9].
Ha sido ganador del Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares 2002 por El amante de Janis Joplin; finalista del Premio Dashiell Hammett 2005 con Efecto tequila; y Premio Tusquets de Novela 2007 por Balas de plata, además del reconocimiento que le otorgaron en León y el premio que le dio la UG.

