EL CALLEJÓN DEL BESO: AMOR A LA CARTA
Somos la esencia de esos besos que cincelaron nuestro corazón a veces reconfortándolo y otras hiriéndolo sin remedio ni compasión. A partir de esa premisa, Guanajuato es, en sí misma, un escenario teatral bien conformado. Entre callejones adoquinados, claroscuros, balcones floridos, casas coloridas y faroles a media luz las historias suceden. La estudiantina llega con su algarabía bohemia para completar el cuadro. Y ahí, al pie de unas escalinatas icónicas, con la calle subterránea de fondo, o en una banca de la plaza el beso nace… y se queda anidado en el corazón.
Hay lugares en donde el romance ocurre, y otros donde en donde se representa. Como sucede en el Callejón del Beso, el lugar del amor con instructivo y guía.
La tradición dicta que, al subir los escalones entre los dos balcones vecinos, hay que detenerse en el tercero, inclinar el cuerpo, cerrar los ojos y besar. Al frente la multitud observa: algunos con emoción, otros con el fastidio de la cercanía forzada, y unos más con los pesados bolsillos llenos, haciendo cuentas “a ojo de buen cubero” del total de las tarifas que podrán cobrar por beso en los próximos minutos.

La escena se repite tantas veces al día que termina por volverse coreografía. Como si de un casting se tratara, una pareja tras otra paga, sube, posa, se besa y se va con su foto lista para encabezar sus redes sociales aquel día.
Hay quienes viven ahí su primer beso, no necesariamente porque así lo soñaron, sino por la presión del contexto o por evitar los años de mala suerte que según la leyenda recaen sobre quienes pasan por ese callejón de arquitectura cerrada sin besarse.
Frente a esos balcones con menos de un metro de separación en algunos puntos, se narra una y otra vez una de las historias más contadas a lo largo del tiempo, el Romeo y Julieta versión ciudad patrimonio cultural que desvela la desventura de Carmen y Luis, quienes se enamoran sin remedio y encuentran en la cercanía de sus balcones una forma de verse, de tocarse y de besarse.
Cuentan y dicen quienes conocen la historia que cuando el padre de la joven descubre el romance la asesina en un ataque de ira mientras que Luis se quita la vida tras besarla por última vez. Hay otras versiones en las que él desaparece o cae, pero es más trágica y a la vez encantadora la primera, la que termina con el beso antes de morir.
En este escenario poco romántico de la historia “de amor” por excelencia, en la que el feminicidio simbólico y la tragedia permanecen en el tiempo como una profecía que se cumple, la carencia no existe; sin embargo, el dolor se domestica para que funcione como escenario de fotos obligadas, marcando el final de las callejoneadas y de los rituales guiados. Es importante mencionar, también, que desde hace tiempo se posiciona como terreno de disputas entre fotógrafos, guías y dueños de balcones que compiten por el control de una experiencia altamente rentable.

Y así, entre acusaciones de acaparamiento, hostigamiento, competencia económica y querellas por los derechos sobre los balcones, el beso se convierte en un producto al que se puede acceder previo pago para recrear el amor de doña Carmen con don Luis.
Al calor de esta dinámica, los besos, que tantos poemas han inspirado, no pertenecen a quienes los dan, sino que pasan al dominio público uniéndose a las buenas historias de amor que suelen nacer de la tragedia y cuyos besos dejan de ser promesas para empezar a sellar despedidas. Pues a diferencia de los besos reales que son íntimos, torpes y sin testigos, el beso del callejón se vuelve perfecto, esperado, calculado y muy rentable.
La obra continúa, las parejas posicionadas ahora como actores representan una narrativa heredada en la que los protagonistas suben tres escalones para sentir lo que les han dicho que deben sentir. El público aplaude, solo que en este acto el telón nunca cae. Permanece abierto de forma continua mientras que las monedas siguen cayendo a la par que las disputas, los cobros, las tensiones y los titulares del periódico siguen su curso.
En el Callejón del Beso se pulen las aristas, se suaviza la violencia y se sigue interpretando. El dolor y la muerte se convierten en anécdotas en nombre del amor. Lo que fue una historia incómoda se convierte en postal.
El Callejón del Beso es, en muchos sentidos, una máquina que produce emociones previstas y compartidas con quienes se han congregado en el lugar con el mismo fin. La espera se viste de expectativa y la experiencia deja de ser el beso mismo en ese tercer escalón, o en el balcón para quienes tienen un presupuesto más amplio.
Y como parte del show, el guía en turno adapta la lista de los tipos de besos para inspirar a los participantes con juegos humorísticos de palabras y dobles sentidos enlistando las características del beso de piquito, el francés, el árabe, el robado… elevando la expectativa de los que observan y comprometiendo más a los besadores en cuestión que reaccionan con risa, con pena, con prisa entre besos apenas perceptibles.

Los besos, los reales, no necesitan un tercer escalón, pero tratándose de leyendas guanajuatenses y en aras de aumentar la derrama económica, en el Callejón del Beso, los besos suceden para no quedarse fuera de una imagen que, al subirse a redes sociales, generará infinidad de likes.
Irónicamente, en el esfuerzo por capturar el momento, el beso deja de ser un encuentro para convertirse en una evidencia; la postal de un amor que, de tanto representarse, termina por quedarse sin aliento.
Al final, estamos hechos de besos y destinados a jugárnoslo todo por uno que sea real. Quizá por eso, este Día Internacional del Beso sirve como recordatorio de nuestra propia terquedad: aunque haya que pagar por ellos, seguiremos subiendo al tercer escalón, o alquilando un costoso balcón, en el intento de perpetuarlos, desafiando a la tragedia y a la cartera con tal de quedarnos con la postal que atestigua que nuestros labios no se perdieron aquel beso.

