El gran teatro del mundo
Aun de adolescentes, el Museo del Chopo siempre causó temor y curiosidad a mi hermano y a mí. Vivíamos en la calle Amado Nervo, a unos metros del mencionado edificio, por lo que desde nuestra azotea alcanzábamos a ver parte de la que se rumoraba era una mansión embrujada.
Ubicado en el número 10 de la calle Enrique González Martínez, en la colonia Santa María la Ribera de la Ciudad de México, el inmueble, de estructura prefabricada y desmontable, fue ideado por Bruno Möhring, representante prominente del Jugendstil, la versión alemana del Art Nouveau. Ya con su complexión de hierro, tabique prensado y cristal fue escenario en 1902 de la Exposición de Arte e Industria Textil, en Düsseldorf, Alemania.
Muchas personas creen que este mastodonte de hierro fue un regalo que India o algún país de Medio Oriente hizo a México. Pero no, fue el empresario, comerciante, militar y político veracruzano Francisco Landero y Coss, propietario de la Compañía Mexicana de Exposiciones, quien, siguiendo la tendencia cosmopolita del porfiriato, “adquirió el diseño y decidió ensamblarlo, en 1903, en ese fraccionamiento en ciernes pensado para la élite porfirista, justo donde antes se ubicaba el rancho El Chopo” (Ricardo Quiroga, “Museo del Chopo, palacio de la diversidad”. El Economista, septiembre 4, 2018).
Dos años después de lo que fue una proeza arquitectónica, la compañía Landero y Coss se declaró en quiebra. Para 1910, el edificio fue sede de la Exposición de Arte Industrial, montada por una delegación japonesa y, a partir del 1 de diciembre de 1913, fungió como Museo Nacional de Historia Natural.
De 1964 a 1975, el museo estuvo cerrado. Fue en esa época cuando lo conocimos, viejo, herrumbroso, descuidado, con la hierba siempre intentando devorar a una estructura que daba la impresión de haber sido erigido bajo la luz de una pésima estrella.
Las puertas estaban cerradas, pero por las ventanas de vidrio, siempre polvosas, resquebrajadas o francamente rotas, alcanzábamos a ver parte de su acervo abandonado: el esqueleto de un dinosaurio unido con tubos de hierro; otra osamenta, pero esta de mamut; además de fetos de dos cabezas flotando en formol, murciélagos con las alas abiertas para siempre gracias a unos alfileres que los sostenían a una base, unas cajas cuyo rótulo señalaba que se trataba de pulgas vestidas, en fin, una colección extraña que fue a dar a diferentes museos, entre ellos el de Historia Natural y Cultura Ambiental, ubicado en la segunda sección del Bosque de Chapultepec.
Como Museo Natural de Historia Natural, el del Chopo siguió las huellas de una tendencia que si bien arrancó desde el Renacimiento, tomó fuerza en el XVII y se consolidó en el XIX bajo el nombre de Wunderkammern (Gabinetes de curiosidades), integrando en sus salas especímenes vegetales y minerales de tierras lejanas, artefactos extraños de culturas “primitivas”, armas fantásticas, esqueletos de “monstruos humanos”, plantas mutables, instrumentos quirúrgicos de la medicina antigua, extremidades de momias y conchas de mar con figuras peculiares grabadas en ellas, entre otras maravillas.
Por supuesto, gran parte de las curiosidades que abastecieron a los gabinetes sobre todo en Inglaterra provenían de las colonias conquistadas por la corona británica. Era un pasatiempo de nobles, de grandes comerciantes, de burgueses y también de viajeros empedernidos. Las curiosidades, por su parte, eran objetos cuyo misterio emanaba prácticamente de su lejanía, de su entorno desconocido por la mayor parte de la sociedad de entonces.
Sin importar su tamaño, aquellos gabinetes se convirtieron de admiración y azoro, con bestias salvajes amenazantes por efecto del taxidermista que había enfatizado el gesto feroz; ahí estuvieron las piezas arqueológicas provenientes de tierras allende el mar o del fondo de lagos, ríos e incluso océanos, además de autómatas (como el pato con aparato digestivo creado por el ingeniero francés Jacques de Vaucanson), obras de arte y, finalmente, seres humanos de rareza extrema a los que se exhibía como fenómenos de circo.

Y fue así que Europa occidental comenzó a albergar los que denominó Cabinets de Curiosités (Francia), Wunderkammern (Alemania y Austria), Cabinets of Curiosities o Wonder Chambers (Inglaterra), Kunstkammer (Dinamarca) y, en España, simplemente, Gabinete de Curiosidades, Gabinete de Arte y Maravillas o Sala de Rarezas.
Los gabinetes de curiosidades fueron el templo de lo extraño, la ruptura de la cotidianidad, el atisbo a un universo que la gente sabía que “existía”, pero que hasta ahora lo podía atestiguar: sangre de dragón, raíces de mandrágora, alas de hada, ropa de duende o la legendaria Sirena de Fiji, el fraude por antonomasia del siglo XIX creado por el empresario circense P.T. Barnum que si de algo sabía era engañar, prestidigitar las emociones del público. Por un tiempo considerable, la Sirena de Fiji causó un gran alboroto mediático, hasta que se comprobó que era una creación de taxidermia que había unido el torso y la cabeza disecados de un mono joven, la cola de un pez y partes de iguana. La Sirena de Figi es considerada el icono del entretenimiento fraudulento decimonónico, la fabricación de un mito que representó el auge y el origen de la caída de los gabinetes de curiosidades.
En 1840, en la cima del coleccionismo de lo maravilloso, el escritor inglés Charles Dickens publicó su novela La tienda de antigüedades.
Al parecer, la inspiración de Dickens surgió a partir de una visita que realizó a un edificio del siglo XVI ubicado en el distrito Holborn, en Londres, el cual funcionó como la tienda de antigüedades de Lady Almina. Como gran parte de las obras de Dickens, La tienda de antigüedades condensa drama y una crítica corrosiva a la época victoriana, inmortalizando, de paso, el concepto Wunderkammern: el gabinete de curiosidades.
Algunos de los gabinetes más famosos y destacados fueron los del emperador Rodolfo II de Habsburgo, la Cámara de Arte y Curiosidades del castillo de Ambras, construida por el archiduque Fernando II de Austria, el museo de curiosidades naturales, Kunstkamer, creado por el zar Pedro I el Grande en San Petersburgo, o el del anticuario y alquimista Elias Ashmole, el cual pasó a ser propiedad de la Universidad de Oxford.
Sin embargo, el más famoso de los gabinetes de curiosidades fue el del jesuita alemán Athanasius Kircher, conocido como Theatrum Mundi, que puede considerarse fuera de toda duda el precedente de las colecciones científicas que después llegarían. El ingenio de la humanidad, Kircher lo reunió: objetos que la arqueología desenterró, trazos topográficos; instrumentos musicales, animales disecados, joyas, una colección de conchas, entre otros miles de todas esas chucherías que alegran la vida de los coleccionistas de lo extraño. Pero eso no era todo, Kircher almacenaba autómatas, secretos de la química, la óptica, el magnetismo y la acústica. Cómo lo mencioné líneas arriba, el Theatrum Mundi de Athanasius Kircher fue el primero en tutearse con las colecciones que alimentan la ciencia.
Como J. M. Sadurní lo señala en su artículo “Los Gabinetes de Curiosidades, un mundo mágico y misterioso”, publicado en National Geographic (Abril 20, 2023), “a diferencia de las colecciones medievales, que lo que pretendían era ensalzar el poder económico, aunque también religioso y mágico, de su poseedor, lo que pretendían los nuevos gabinetes de curiosidades era sumergir al espectador en una especie de microcosmos que englobaba todo lo que se conocía hasta el momento. En realidad, constituían una especie de “enciclopedia” cuyo principal propósito era reunir y difundir el conocimiento y el saber que se había logrado acumular hasta entonces”.
En 1759 el Museo Británico abrió sus puertas, fue el colofón de una nueva época. Del gabinete de curiosidades a las vitrinas del museo de historia natural el tránsito fue terso, proceso que se produjo cuando los gabinetes dejaron de ser colecciones privadas, dando paso a la exhibición pública.

