LA CASA DONDE VIVIÓ Y MURIÓ LEONA VICARIO
En la esquina de República de Brasil y República de Colombia, frente al antiguo corazón intelectual de la Nueva España, pervive una casona que ha visto desfilar casi 500 años de historia. Antes de convertirse en el hogar donde vivió y murió Leona Vicario, fue refugio de frailes dominicos, inmueble al servicio de la Inquisición, residencia de beatas, oficina pública, casa de políticos, artistas y escritores.
Hoy, convertida en la Coordinación Nacional de Literatura (CNL) del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), continúa siendo un espacio dedicado a las ideas, como si los siglos hubieran decidido conservar intacta su vocación. La historia del predio comienza en 1526, apenas cinco años después de la caída de México-Tenochtitlan, cuando la familia Guerrero cedió unas casas.
Las otorgó a los frailes dominicos como casa mientras se terminaba la construcción del convento y del templo de Santo Domingo, justo frente al inmueble. Aquellas habitaciones fueron el primer hogar de la citada orden religiosa, en ese sector de la ciudad, y marcaron el nacimiento de uno de los conjuntos urbanos más importantes del virreinato. Pero con el paso de las décadas, la propiedad cambió de dueño.

En 1571, año en que quedó establecido formalmente el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en la Nueva España, pertenecía al regidor Juan Velásquez de Salazar, quien la arrendó al tribunal. No fue la sede principal de la Inquisición (esa función tocó al actual Palacio de la Escuela de Medicina), pero sí formó parte del complejo de inmuebles que el Santo Oficio usó para labores administrativas y residenciales.
A finales del siglo XVII comenzó una nueva transformación. Entre 1680 y 1695, el Maestro Mayor del Santo Oficio, Juan Montero, ordenó remodelar la finca para alojar a un grupo de beatas. Poco después intervino uno de los arquitectos más importantes del barroco novohispano, Pedro de Arrieta, autor también del Palacio de la Inquisición y de numerosas obras maestras del Centro Histórico.
Él dio al inmueble buena parte de la apariencia que conserva hasta hoy: el amplio patio central, los corredores con arquerías, la monumental escalera de cantera, la organización de los espacios alrededor del patio y la elegante fachada de tezontle y cantera que todavía domina la esquina de Brasil y Colombia. Cada escalón y cada muro hablan del esplendor arquitectónico de la Ciudad de México del siglo XVIII.
El inmueble volvió a cambiar de destino con la crisis del régimen virreinal. El 22 de febrero de 1813, tras la supresión constitucional del Tribunal del Santo Oficio, la Intendencia de la Ciudad instaló en la finca la llamada Renta de Lotería, dependencia encargada de administrar los ingresos provenientes de ese ramo. La casa dejó de servir a la persecución religiosa para convertirse en oficina de gobierno.
En 1823, el Congreso Constituyente quiso compensar a doña Leona Vicario, quien había perdido prácticamente toda su fortuna por apoyar la guerra de Independencia. Entre los bienes que recibió figuraban la Hacienda de Ocotepec, una casa sobre la antigua calle de Cocheras (hoy República de Colombia) y la finca ubicada en República de Brasil número 37, conocida entonces como Calle de los Sepulcros de Santo Domingo.
La residencia era grande y se podía dividir en dos viviendas independientes. Doña Leona Vicario y su esposo, Andrés Quintana Roo ocupaban la planta alta mientras la planta baja era rentada. El primer inquilino fue Antonio López de Santa Anna, quien organizaba reuniones políticas y tertulias a las que acudían militares, legisladores, intelectuales y personajes destacados de la joven República Mexicana.
Alrededor de las nueve de la noche del 21 de agosto de 1842, Leona Vicario falleció en la habitación ubicada precisamente en la esquina del inmueble. Una placa colocada durante las celebraciones del Centenario de la Independencia, en 1910, recuerda el sitio exacto donde murió quien pocos días después sería declarada por el Congreso “Benemérita y Dulcísima Madre de la Patria”, reconocimiento que nadie había recibido antes.
Al morir Andrés Quintana Roo, el 15 de abril de 1851, la casa pasó a manos de la familia del pintor Juan Cordero, representante de la pintura académica mexicana. Investigaciones recientes del INBAL revelan que varios muebles conservados durante décadas en la casa no pertenecieron a Leona Vicario, sino a Manuel Cordero y a sus hijas, como lo muestran etiquetas de fabricación y marcas con las iniciales “RC”, de Rosa Cordero.

Ese hallazgo corrigió una creencia repetida durante muchos años y permitió reconstruir con mayor precisión la historia material del edificio. Los descendientes de la familia Cordero conservaron la casona hasta 1978, cuando fue adquirida por el Gobierno Federal. Comenzó entonces una nueva etapa dedicada a la cultura: primero funcionó como Centro Cultural Santo Domingo y luego como museo de sitio y galería de arte.
En 1991 nació ahí el Centro Nacional de Información y Promoción de la Literatura, antecedente de la CNL, establecida con ese nombre en 2005. Hoy, el edificio resguarda una biblioteca con más de 23 mil volúmenes, archivos hemerográficos y fotográficos, además de manuscritos, correspondencia, primeras ediciones y documentos relacionados con la literatura mexicana contemporánea.
Escritores, investigadores y estudiantes recorren diariamente los mismos corredores donde hace dos siglos caminaron Leona Vicario, Andrés Quintana Roo y Antonio López de Santa Anna. Esa casona discreta resume la evolución de México, de la evangelización a la Inquisición, del Virreinato a la Independencia, y de la política a la cultura. Tras su portón de madera, casi 500 años de historia siguen respirando.

