EL ATAJO HACIA EL PANTEÓN

EL HILO DE ARIADNA

               La ancestral cuesta de Los Angelitos acorta la ruta a tumbas y recuerdos

Desconozco cuántas ciudades puedan estar orgullosas de sus cementerios. Como destino final de los restos humanos, escenarios de macabras leyendas o sitios tenebrosos, no suelen figurar entre las grandes atracciones de los núcleos urbanos, a menos que ofrezcan un plus llamativo, una historia legendaria o un detalle singular. En este sentido, quizás el más célebre del mundo sea el de Père Lachaise, en París, la capital francesa, con su impresionante colección de personajes famosos allí sepultados, entre los cuales se cuentan Jim Morrison, Óscar Wilde, Frederic Chopin o Amedeo Modigliani, por citar unos cuantos.

Toda proporción guardada, la ciudad de Guanajuato también posee un panteón peculiar, llamado de Santa Paula. Y aunque es verdad que el poderoso imán que lleva cientos de visitantes a su entorno son los resecos cuerpos de las momias que alberga, también lo es que su antigüedad, arquitectura y celebridad representan una nota sobresaliente en el paisaje urbano, una estructura de la que se ufanan los habitantes de la capital del estado, siempre dispuestos a orientar al turista sobre la mejor ruta para llegar a ese sitio.

Vista antigua del área del Panteón, con la cuesta principal y, en naranja, la Subida de Los Angelitos.

Si bien, desde su inauguración, siempre ha existido un camino apto para arribar en vehículos rodantes —carretones de madera jalados por mulas o caballos, en la antigüedad; autos motorizados en nuestros días—, también se han adaptado trayectos alternativos para peatones, trazados sobre ancestrales senderos montanos que llevaban a la cima del cerro donde, a partir de 1861, se alzaría el cementerio, vías que, con el paso de los años, se convirtieron en callejones algo empinados.

Carezco de elementos para saber cuándo comenzó la costumbre de cargar los ataúdes desde el inicio de la cuesta de Tepetapa hacia el panteón. A manera de despedida, aun en estos tiempos, los deudos más cercanos llevan sobre los hombros el féretro donde reposa el difunto, hasta la sepultura en la que, si se paga la respectiva cuota, permanecerá a perpetuidad, o solamente durante algunos años si el fallecido en cuestión cae en el olvido de la flaca memoria humana.

Los últimos metros de la cuesta de Los Angelitos y una jardinera; al fondo, el Panteón.

Sin embargo, el alma y el cuerpo de los niños pequeños llegan por otra ruta. De acuerdo con la tradición católica, los menores de edad que perecen lo hacen en estado de gracia y no están manchados con ningún pecado capital, así que obtienen categoría de ángeles, por lo que su espíritu asciende al cielo sin obstáculos. Por ello, no deben ser velados. Además, se busca facilitar su llegada al lugar donde reposarán por siempre. En Guanajuato, eso significa conducir sus pequeños restos por una vía más corta que la normal.

Fue así como se dio el nombre de “Angelitos” al ancho callejón que va directamente desde la calle principal al camposanto, evitando un innecesario rodeo. Ancho, bastante inclinado y agotador, ese camino lo forman decenas de escalones que suben cuesta arriba. Por fortuna, recientemente se ha diseñado una rampa para personas con discapacidad que, de algún modo, alivia el esfuerzo del ascenso, aunque de cualquier modo no es muy apto para quien tiene problemas cardiacos.

Dos vistas del Callejón de Los Angelitos, donde destaca la rampa para personas con discapacidad.

Durante muchos años, el Callejón de Los Angelitos, falto de mantenimiento, mantuvo una imagen casi ruinosa. El desgastado adoquín del piso hacía juego con viviendas deterioradas, deslucidas e incluso abandonadas. Los vecinos parecían contagiarse del entorno y convivir en un ambiente silencioso, calmoso, atávico. Incluso la gente dejó de subir a sus infantes ya fallecidos por allí. Sólo la ocasional presencia de algún turista desorientado rompía la rutina. Hasta que el constante flujo de viajeros ansiosos por conocer las Momias cambió la situación.

En la imagen, cruce de caminos.

El número de visitantes a Guanajuato y al cementerio se multiplicó geométricamente. Si bien la rampa que va por la calle se mantuvo como ruta principal de acceso, cada vez más personas se atrevieron a subir la pendiente secundaria. Con cámaras preparadas para captar vistas novedosas, en grupos juveniles o en solitario, el tránsito peatonal por el callejón se volvió no sólo cosa de todos los días, sino actividad rentable para los pequeños comercios del rumbo. Entonces, se hizo urgente la renovación. A la rampa se agregaron barandales de protección; al poco tiempo, el pavimento fue sustituido. El toque final fue un diseño pictórico multicolor en los escalones, que ofrecen un novedoso panorama a quien, paso a paso, asciende hasta la cima.

Un aspecto del Espejo. El muro del cementerio en Transversal del Espejo.

Y aun hay, al menos, otros dos accesos: uno paralelo y otro transversal al anterior, que llevan por nombre Espejo y Transversal del Espejo. El primero se desprende, hacia la izquierda, del mismo Callejón de Los Angelitos casi desde el inicio, luego se bifurca para formar un cuadrángulo que se reencuentra metros más arriba para continuar, de subida, hasta topar con el alto muro  del cementerio, donde es interceptado por el segundo, el cual remonta desde el área de la ex estación del ferrocarril.

Vista nocturna del callejón Espejo y ventana de casa en abandono.

En suma, bien puede decirse que, es esa zona, todos los caminos conducen al camposanto, ese recinto cuyo marco de entrada está adornado —faltaba más— con una fila de cráneos, muy al estilo de los tzompantli mesoamericanos y muy a tono con la relación que los mexicanos tenemos con la muerte, que forma parte de nuestras tradiciones, nuestros juegos, nuestras fiestas y, por supuesto, de nuestro inevitable destino.

Vista hacia el área de la ex estación del ferrocarril desde el Espejo.