NADIE LLEGA SIN HISTORIA
Hoy no escribiré basada en una sola voz, la del entrevistado. Esta vez traeré varias voces que se han alzado desde distintos sitios, en circunstancias diversas y desde muchos labios.
Me pareció importante hacerlo ya que esta tarde al tomar el urbano después del trabajo me senté junto a un hombre que venía conversando con otro que ocupaba el asiento de adelante, y esto es lo que sucedió: Uno dijo que “la desgracia de Guanajuato comenzó cuando se les dieron facilidades a los chilangos para venir a provincia después del terremoto del 85”.
El otro añade: “Son unos nacos, lo peor que nos ha podido suceder”. El hombre junto a mí remató proponiendo “canjear 50 familias de Silao por 50 de chilangos… para equilibrar en algo el ambiente”.

Yo soy chilanga.
Este año cumpliré veinte años de haber llegado, y aún soy ajena en muchas partes. He escuchado diálogos semejantes y he sentido la indiferencia por “no ser de aquí”.
Vine con una historia, con una familia, con memoria y con ganas de aportar. Vine —como tantos otros— no para arrebatarle nada a nadie, sino porque el destino me trajo aquí. Me tocó buscar un lugar, construir, aprender y compartir.
Aquí renacieron mis palabras.
Sembré mis historias.
Aprendí que las palabras también construyen ciudades…
Y destruyen cuando son dichas con ánimo de herir, con odio y desprecio.
Guanajuato me ha dado mucho, y lo agradezco con el alma. A veces, sí, me siento ajena en todas partes. No soy de aquí, y ya no pertenezco del todo allá.
Soy un ahora que ya no es el que fue.
He aprendido a habitarme y a entender que mi patria soy yo misma.
Y aquí estoy. Con esencia chilanga, sí. Pero también con dignidad. Con la certeza de que no está mal mudarse, cambiar o migrar aunque aún hay muchas personas que necesitan mirar más allá de sus prejuicios para que la paz pueda habitar también en los territorios.
Los prejuicios se manifiestan en frases sueltas, casi al pasar. Surgen espontáneas y cuando menos lo esperamos, basta una voz en un camión, en una mesa de café, tras la ventanilla de un auto, o en una fila del súper. No conocen nacionalidad. Aparecen en cualquier lado. La violencia se ha instalado también en el habla, en las redes, en la mirada, en los carteles, en las piedras que acompañadas de gritos e insultos hacen estallar una vidriera, en el actuar de cada día.
Es clasista porque no tolera aquello que considera naco, que viene de abajo, que no está a la altura del linaje ni de los apellidos. Una argentina se viralizó al decirle a un policía en México: “Odio a los negros como tú” aunque después se disculpó aclarando: “No soy xenófoba, he trabajado hasta con mexicanos”…
Quienes están dentro reclaman que les quitan su comida, que la gente de fuera no tiene cabida ahí. Los que llegan de fuera externan que “los mexicanos no pueden dar una buena propina y por eso es mejor no darla”, “grasientos” nos llamaban cuando Texas pasó a ser su territorio.
Todo el que es extranjero tiene un apelativo ofensivo: gringo, ojos rasgados, simios.
Las migraciones se señalan con los cinco dedos de la mano “Son estúpidos por dejar sus países para perseguir los dólares” “¿Por qué no se quedan allá? La historia se ignora y desaparece ante los ojos ciegos del odio, se nos olvida que todos, de alguna u otra forma, somos migrantes.
Los éxodos infunden miedo: centroamericanos, dreamers, desplazados por la violencia, víctimas de la guerra. Mientras el lenguaje se desgrana como metralleta sin freno, excluyendo, asesinando almas, “¿Por qué no mejor te mueres?”, y el silencio teje su escudo como una medida de resistencia para no detonar otra batalla inútil que a nadie le hará bien.

“Llegaron a descomponer todo” había dicho el hombre del urbano. Estaba dictando una sentencia. Los chilangos tenemos que ser canjeados para que no se vicie el aire. Mientras que yo, sentada junto a ellos, con mi mochila en las rodillas escuchaba con mi cara de siempre, mi cara chilanga.
El desprecio también viaja. No conoce límites. En inglés, en español, en spanglish, en la letra de una canción, en tantos diálogos que nacen y mueren con la violencia en las entrañas, con lo peor que habita en cada uno de nosotros. No importa si es Guanajuato, si es la colonia condesa en la CDMX, si es el desierto o en el primer mundo: “provincianito”, “machorra”, “Go back to your country”, “pinches gringos, se adueñaron de la colonia”, “pronuncia bien mi idioma, estás en mi país”.
Todos parecen olvidar que un día alguien más les abrió la puerta.
Que un día, también ellos, llegaron.
Pero no todos han tenido esa suerte.
Muchos se quedaron en el intento: en un avión que se estrelló en pleno vuelo, en una lancha que se hundió, en un río que no pudieron atravesar nadando, en medio del fuego cruzado, entre los fierros retorcidos de un auto accidentado.
Soñaban con llegar, como todos. Pero sus nombres se borraron antes de ser pronunciados.
Simplemente son otros. Distintos a nosotros. Pensaban llegar por diversas razones, porque soñaban con sobrevivir, con construir, con unir, con ser feliz… con comer y dormir sin miedo.
De ellos no quedan recuerdos. Para el mundo, ya no importan. No consumen.
No buscan trabajo. No ocuparán viviendas. Son invisibles para los registros, para las estadísticas, para las conciencias.

Otros, nosotros, uno, todos, tú… yo.
Todos parecen olvidar que un día también llegaron.
Y que nadie, absolutamente nadie, debería ser tratado como si su vida no valiera nada. Por eso es importante contar cada una de esas historias: para recordar que nadie llega sin pasado. Para no olvidar que detrás de cada acento, de cada gesto, hay una vida entera.
Porque mientras sigamos escuchando sin querer entender, necesitaremos que alguien lo diga, que alguien lo escriba, que alguien lo cuente. Como lo hace este semanario: dando voz a otros para que podamos vernos también a nosotros mismos.

