BARRIOS HECHOS CON BARRO Y ESFUERZO
San Clemente y San Luisito, de la tradición artesanal y minera al dinamismo comercial
Tiempo ha que el río dejó de verse a su paso en la mayor parte de su recorrido por el rumbo. Los viejos puentes del Divino Rostro y San Clemente ahora forman parte de sendas calles y solo conservan las placas que recuerdan su antigua función. Tampoco existe ya el molino que durante décadas transformó el nixtamal en masa para tortillas, atole, tamales. Y particularmente, han desaparecido casi todos los talleres de alfarería que dieron ocupación a generaciones de esforzados habitantes.
Efectivamente, a lo largo de muchos años, la actividad alfarera de Guanajuato tuvo su núcleo en los barrios de San Clemente y San Luisito. De allí surgían los saleros, pimenteros, salseras, ceniceros, candelabros, vasijas, platos, vasos y adornos fabricados con los productos de la tierra, pero la cada vez mayor producción de las vecinas ciudades de Dolores Hidalgo y San Felipe, en combinación con los bajos sueldos que recibían los afanosos artesanos, dio al traste con esa fuente de empleo.

Ya no se ven tampoco muchos arrieros bajar de la sierra con sus cargas de barro y leña para los hornos. Asimismo, la minería, origen de la legendaria riqueza de la ciudad, que antaño atrajo a miles de hombres de ese y otros rumbos (Mellado, Cata, Valenciana), dejó de ser un medio de sustento estable, debido a las fluctuaciones de la extracción, aunque recientemente los canadienses han dado nuevo impulso a la industria y han enrolado a nuevas camadas de obreros; eso sí: en número limitado.
Todos esos cambios han traído aparejada una transformación de la fisonomía urbana. Antaño, San Clemente y San Luisito, enclaves ubicados en el camino a Cata y su famoso templo, eran una especie de comunidades aparte, ligadas a la ciudad sólo por un camino a la orilla del río y un largo callejón que lleva el nombre de Terremoto. Su aspecto, pese a la cercanía con el centro citadino, era similar al de poblados rurales, con un ritmo sosegado de vida… hasta que un túnel detonó la transformación.

En 1982, el gobierno local decidió horadar un conducto vial subterráneo desde la céntrica vía llamada Juan Valle a San Clemente. Dicha obra se complementó con el embovedamiento de un sector del río, desde la salida del túnel hasta la zona conocida como Dos Ríos. Así, los chicos que acostumbraban jugar futbol sobre la calle, entre el puente del Divino Rostro y la bajada de la calle de la Soledad, perdieron su medio de escape de los gandallas polis, siempre prestos a quitar la pelota a los cracks del barrio, quienes en cuanto avistaban la patrulla arrojaban el balón al río y enseguida huían saltando la barda hacia el lecho del mismo para evitar la detención, en tiempos en que ser menor de edad no garantizaba inmunidad legal alguna.
Por su lado, los esforzados futbolistas callejeros de San Luisito, 200 metros más adelante, aún gozaron durante varios años más de esa escapatoria, hasta que un día también a ellos el destino los alcanzó y en su barrio el río igualmente fue cubierto, hasta unos metros antes de la gran exhacienda —antecedida por un enorme laurel de la India— que fue casa de un gobernador, luego Escuela de Artes y Oficios y actualmente es ocupada por la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes.

Y es que el Túnel Santa Fe alteró drásticamente el ritmo vital de toda la zona. Como salida rápida hacia Dolores Hidalgo y el norte de la ciudad, comenzó a arrojar miles de vehículos que congestionaron la rúa principal, y además los peatones contaron así con una vía corta para acceder al corazón de Cuévano. La construcción del nuevo edificio del Instituto Ignacio Montes de Oca (IIMO), a un costado de la corriente acuática, produjo una riada de jóvenes estudiantes que cada día, de ida y vuelta, dieron una fisonomía humana cambiante a lo que habían sido adormilados vecindarios.
El creciente tránsito vial y peatonal brindó flamantes oportunidades económicas a los vecinos: aumentaron considerablemente los pequeños negocios. La hacienda de Rocha, al inicio de la calle, convirtió sus accesos exteriores en locales comerciales, los talleres alfaferos se transformaron en boyantes expendios de artesanías, las tiendas de abarrotes, regalos, frutas y verduras se multiplicaron, en un imparable impulso mercantil. Las casas ascendieron aun más arriba de La Gualdra, por un lado, y escalaron el Cerro del Cuarto por el otro, hasta cubrir con una abigarrada aglomeración de inmuebles lo que antes fuera roca desnuda o áreas de matorral autóctono.

Hoy, ambos barrios y los otros cercanos (Terremoto, Gualdra, Barrio Nuevo, Cerro del Cuarto) están plenamente integrados a la mancha urbana. Si acaso, el viejo Mineral de Cata es la excepción, pues aún se mantiene algo apartado, con cierto aspecto de pueblo rústico y añejo. Ya no se ve el río de aguas color marrón que adquiría por el polvo arcilloso, aunque todavía se aprecia la corriente en una pequeña extensión junto al IIMO, aunque el cauce se conserva al aire libre más allá de San Luisito.
Las eternas disputas entre los jóvenes de ambos barrios al parecer han quedado atrás; el pequeño templo de Jesús Divino Preso continúa en servicio para los feligreses de todos lados. La enorme vecindad de la Calle de La Soledad ahora es hotel y cientos de visitantes de otras ciudades llegan a la barriada atraídos por las grandes tiendas de artesanías, que ahora no son sólo de barro y cerámica, sino también de madera, vidrio, metal y hasta de plástico.

Vista general de San Luisito, junto a una vista de San Clemente, a la altura de la ex hacienda de Rocha
¿Qué fue de los coladores que, al amanecer, debían sumergir medio cuerpo en las frías aguas para revolver el barro con sus pies, a fin de que la espesa arcilla llegara sin piedras ni grumos a las pilas de secado? ¿O de los pulidores que alisaban cada pieza con fibras finas de metal y aspiraban constantemente el polvillo resultante? ¿A dónde fueron los torneros, verdaderos maestros que creaban todo tipo de figuras con el continuo girar de su aparato? ¿Aún quedan adornadores? ¿Sobreviven los burdos hornos de leña donde se cocían las piezas?
La del alfarero siempre fue una vida dura y mal pagada, una existencia generalmente de corta duración. Quedan unos pocos talleres, aunque ya no se ven sobre la calle principal, sino que se esconden entre los callejones aledaños, como huellas de un pasado que dio su identidad a San Clemente y San Luisito, cuyos habitantes ahora manifiestan su sentir en llamativos murales que destacan la riqueza que producen con su labor, lamentablemente en beneficio de unos cuantos.

Solo que, a diferencia del arte alfarero, San Clemente y San Luisito, barrios modelados a través del tiempo con el esfuerzo denodado de antiguas familias, relucen en la era moderna cual piezas bruñidas con el brillo de la greta o el lustroso y oscuro barniz, gracias a la capacidad de adaptación de su gente.


