GRABA, CREA Y EMOCIONA: HORTENSIA AGUILERA Y SU CORAZÓN PARLANTE
Su corazón habla en cada latido. Sus manos crean. Respira arte popular. Toda ella está hecha de tintas, textiles, papeles y maestría. Pero, sobre todo, de una generosidad luminosa que la lleva a compartir su arte en los rincones más alejados, donde los cuentos, los talleres y la creación no suelen ser cotidianos.
Hortensia Aguilera es una mujer entrañable y necesaria. Una artista cercana y profundamente mexicana, que se encontró con su vocación a los 18 años, cuando decidió inscribirse en la carrera de Artes Plásticas. Fue ahí donde descubrió su gran amor: el grabado.
“Me encantó la técnica, los procesos, la magia. Mi primera clase fue de grabado en metal. Ahí descubrí su esencia alquimista. Claro que en aquel tiempo eran técnicas más tóxicas, pero tan interesantes como largas, porque requieren mucha paciencia para ir dando forma a la imagen. Y me gustó muchísimo que podíamos obtener no sólo una pieza, sino que era posible hacer una edición con varias piezas”.

Egresada de la Universidad de Guanajuato con especialidad en grabado, Hortensia ha ampliado su lenguaje artístico aprendiendo también joyería.
“Soy amante del arte y del arte popular, sobre todo de las miniaturas. Me he dedicado principalmente a la gráfica, pero también he trabajado con textiles como bordados, que incluyo en mi producción. Me gustan mucho los libros, aunque a veces no tengo tanto tiempo para leer como quisiera, pero siempre trato de hacerlo”.
Con el tiempo, Hortensia fue dando forma, nombre y estructura al que sería el refugio de su trabajo: “Corazón Parlante”, un espacio que surgió por la necesidad de mostrar su obra y que rápidamente se transformó en una plataforma para compartir con otros artistas.
“Después de estudiar joyería me animé a abrir el espacio de exhibición también para colegas. Fue en 2006. En ese tiempo no había muchos lugares, solo las galerías de la Universidad y los museos, pero sin otras opciones para gente joven. Abrí el espacio en Paseo de la Presa; después quise que fuera cafetería también. Al ver que no podía sostenerlo, empecé a ofrecer alimentos y vi que podía convertirse en restaurante. Eso ayudó a que más personas vieran las exposiciones, y también se movieran más las piezas: grabados, pinturas, fotografías”.
Con el paso del tiempo, Corazón Parlante se mudó al centro histórico de Guanajuato, donde vivió una nueva etapa como galería, cafetería y lugar de encuentro. Ahí se llevaron a cabo exposiciones, residencias artísticas y presentaciones de libros, además de exhibir piezas de arte popular de diversas regiones del país.
“Durante algunos años hicimos residencias. Aún tenemos obra disponible de colegas de Guanajuato, Oaxaca, Puebla… pero hemos tenido que cambiar algunas actividades, porque la vida también nos impone otras obligaciones. Hace casi tres años dejamos de hacer las residencias, aunque seguimos con exposiciones. También tuvimos presentaciones de libros, pero ahora la biblioteca tiene un horario muy reducido. Sin embargo, en el taller hemos estado haciendo libros de grabado con tipografía. Ya tenemos tres, uno mío y dos de dos artistas invitadas, ahora estoy haciendo otro sobre la infancia en Pénjamo que titularé La infancia que se fue“.
Como muchas mujeres artistas, Hortensia también ha enfrentado resistencias en un medio donde el machismo persiste. Frente a ello, ha encontrado en la sororidad y el trabajo colectivo una forma de resistir y transformar.
“Cuando Corazón se volvió más un taller de producción y empezaron a venir colegas de otros lugares, me encontré con el machismo de algunos de ellos, y eso fue complicado. Pero lo hemos solucionado muchas colegas y yo haciendo carpetas entre nosotras, invitándonos. Con el tiempo todo va tomando su cauce”.
Además, ha notado un cambio en los públicos y sus intereses, lo cual la ha llevado a adaptar su oferta sin abandonar su línea artística.
“El público ha cambiado. Hemos tenido que modificar lo que ofrecemos. Las personas buscan piezas más pequeñas, y nos hemos adaptado a eso, aunque el grabado ha estado ahí siempre”.

Más allá de su trabajo personal y de su galería, Hortensia y su compañero Hugo han llevado funciones, talleres, música y títeres a comunidades donde el arte rara vez llega.
“Hemos organizado muchas funciones en Pénjamo y en una comunidad del municipio. Recuerdo que una vez un niño muy pequeño llegó a una función y no alcanzaba a ver bien. Lo subieron a una silla. Estaba tan emocionado, movía los piecitos y se cogía la cabeza con las manos como si se quisiera jalar el cabello del entusiasmo”.
Es en esos espacios donde han vivido algunos de sus momentos más inspiradores.
“En Pénjamo hay una niña que asiste siempre a los talleres y nos ha agradecido de muchas formas, nos ha dado cartas. Cada Día del Libro le regala un libro a Hugo y otro a mí, con una dedicatoria. Son muy participativos los niños. Siempre les decimos que levanten la mano para participar, y todos la levantan. Los primeros talleres que dimos allá eran de yoga, filosofía para niños, literatura y teatro. Para teatro las niñas consiguieron vestuario y se lo tomaron muy en serio. Nos han contado que en sus casas replican lo aprendido o imitan a los títeres y hacen funciones. Eso es muy inspirador”.
La decisión de llevar talleres a zonas rurales fue consciente y necesaria.
“Hugo y yo platicábamos que muchas personas que viven lejos del centro nunca se acercan a las actividades culturales, aunque siempre ha habido muchas. Las familias no llevan a los niños porque piensan que va a costar caro, o por otras razones. Empezamos en Guanajuato en comunidades como El Zangarro, Santa Rosa, La Sauceda y La Venada. En esta última un señor nos corrió porque pensó que íbamos de parte de un partido político. Pero ha sido muy enriquecedor ver que a la gente le gusta y lo disfruta muchísimo”.
Así han conocido y colaborado con otros artistas, como un titiritero de Magallanes, al que luego invitaron a Pénjamo.
“Cada semana proyectamos cine en Pénjamo, y va mucha gente. Nos dicen que nos esperan cuando queramos. Fuimos con los títeres en abril y con el cine en mayo, pero a veces no nos alcanza el tiempo. Aun así, poco a poco vamos logrando el objetivo: crear ese vínculo para que cuando vean que hay presentaciones en Guanajuato, se animen a ir”.

Hortensia lo tiene claro: el arte es un refugio. Un espacio de transformación, consuelo y dignidad.
“El arte es una ventana que puede completar nuestra vida. A veces vivimos situaciones difíciles de violencia o de desánimo, pero el arte siempre va a ser una luz. Aunque tengamos otras profesiones u oficios, hay que darnos un tiempo. Para quienes lo estudian, hay que hacerlo con profundidad y con la seriedad que requiere cualquier profesión. El arte siempre será un lugar al que podemos ir sin necesidad de gastar mucho o moverse de casa: con un libro puedes vivir otra experiencia. La realidad a veces es dura, pero depende de nosotros crear un espacio mejor, aportar algo y disfrutar de todas las expresiones artísticas que nos ayudan a estar mejor”.
Y cuando aquel hombre, recién fallecido, se encontró ante Dios, este le hizo una sola pregunta: ¿Qué hiciste con los dones que te entregué?
Hortensia Aguilera tiene una respuesta clara: los compartió, los multiplicó y los volvió corazón, tinta y luz.

