CAMINITO DE LA ESCUELA

La vuelta a clases, maremágnum de acción que impacta a toda la sociedad

“Caminito de la escuela

apurándose a llegar

con los libros bajo el brazo

va todo el reino animal…”

Hace ya bastantes años, entre las décadas de 1930 y 1940, Francisco Gabilondo Soler, popular compositor conocido como “Cri-Cri, el Grillito Cantor”, dio a conocer en la radio uno de sus muchos temas dedicados a los niños: “Caminito de la escuela”, en el cual hace desfilar a toda una colección de animalitos rumbo al colegio, con letra dotada de una sorprendente originalidad que describe, por ejemplo, a un camello con mochila, pese a su gran joroba, o una tortuga que pide a Santa Claus un par de patines “para poder ir veloz”.

La faunística descripción del músico nacido a las faldas del nevado Citlaltépetl, en la ciudad de Orizaba, Veracruz, parece ajustarse a la realidad en estos días, cuando millones de niñas, niños y adolescentes vuelven a las aulas y ponen en marcha un complejo sistema educativo que involucra a gran parte de la sociedad si no es que a toda en su conjunto, desde los más altos niveles de gobierno hasta las más humildes y apartadas comunidades del país.

Las escuelas abren sus puertas.

Desde que, al terminar la Revolución Mexicana, la educación pública se volvió tema fundamental de cada gobierno, plasmado en el Artículo 3o de nuestra Constitución, el sistema de enseñanza público nacional ha crecido a tal grado que, actualmente, con todo y sus limitaciones —que no son pocas—, es uno de los mayores de todo el mundo. No resulta extraño, por tanto, que conlleve un sinnúmero de experiencias, anécdotas y peculiaridades de toda índole.

Y el asunto empieza temprano, muy temprano. Años atrás, cuando la inmensa mayoría de las mujeres mexicanas eran amas de casa, mamá se encargaba de realizar las muchas tareas requeridas para que el padre —si lo había— saliera a trabajar y los niños estuvieran listos para ir a la escuela. Hoy en día, las circunstancias han cambiado, ya que casi todas las mujeres adultas trabajan no solo dentro sino también fuera del hogar, así que el tiempo entre el sonar de la alarma y el ingreso al plantel es corto.

Participar en desfiles, parte de la tradición escolar.

La rutina del aseo diario y la paciente labor de lograr que los vástagos despierten se desarrolla entre carreras al baño, la cocina y los dormitorios, intercaladas con regaños y recordatorios. Luego, hay que revisar mochila, útiles, libros y uniformes. Peinar el largo cabello de las mujeres y alisar el de los hombres. Al mismo tiempo, deben prepararse desayuno y “lonche”. En suma, una hazaña que las mamás, sorprendentemente, logran en tiempo récord.

Enseguida viene la cuestión del traslado. No a todos los escolapios les queda cerca el centro de enseñanza. Antes, los niños mayores y adolescentes podían llegar a su respectiva escuela por sí mismos, pero la desconfianza y la inseguridad han complicado la situación, así que los paterfamilias hacen malabares para poder acompañar a sus retoños a las puertas de cada plantel. Es cuando abuelos y abuelas salen al quite y hacen un “paro” a los estresados papás y mamás. Y no solo a la entrada, también a la salida. Una muestra de generosidad generacional poco valorada.

Dos bailables durante un festival escolar.

Los habitantes de los poblados pequeños sufren menos, ya que todos se conocen y los riesgos son menores, pero los pobladores de los centros urbanos deben abordar atestados y viejos autobuses, en los que se apiñan señoras, señores, jóvenes, adultos y abuelos en una mescolanza nunca silenciosa porque la chiquillada habla sin parar, grita y a veces hasta llora. Quienes poseen auto, tampoco las tienen todas consigo, pues continuamente deben mesarse los cabellos de desesperación ante la lentitud del tráfico, los embotellamientos o las ocurrencias de los agentes de vialidad. No es de extrañar que las visitas al psicólogo se hayan multiplicado como hongos después de la lluvia.

La escuela es un microcosmos que los esforzados maestros y maestras tratan de ordenar en los primeros días. En los jardines de niños, el llanto brota a raudales entre los infantes que dejan por vez primera los amorosos brazos maternos, pero también surge de los ojos de las mamás que recién se separan del fruto de sus entrañas. Son los días del conocimiento entre quienes llegan por vez primera a un aula y del reencuentro de quienes se conocen de años anteriores.

Una clase de Música afuera de la escuela.

Los primeros 15 días son de organización al interior de cada plantel, pero muy pronto el caos inicial se ordena: rápidamente los alumnos aprenden a formarse, tomar distancia, cantar el Himno Nacional y a esperar con ansia la “hora del recreo”, engaño cruel pues en realidad no es una hora, sino solo 30 minutos. Para entonces, la novedad son los libros de texto que, año con año, el Estado mexicano reparte gratuitamente a todos y cada uno de los educandos, de preescolar a bachillerato, tanto en las grandes urbes como en poblados minúsculos: un gigantesco y plausible esfuerzo editorial y logístico.

No sé ahora, pero en otros tiempos se esperaban los textos con una gran emoción. Se hojeaban, olían y hasta se acariciaban como un preciado tesoro. Solo que para los padres de familia representa —otra vez— más trabajo: hay que forrarlos, etiquetarlos, identificarlos. No obstante, son un recurso didáctico valioso y, en muchos hogares, los únicos libros accesibles para la familia.

Un honor, ser parte de la escolta. En la siguiente fotografía, ronda infantil en el exterior de la Alhóndiga de Granaditas.

La sociedad mexicana, históricamente, ha concedido un valor especial a la enseñanza de la Lengua y las Matemáticas. Saber “leer, escribir y hacer cuentas” se ha considerado, desde siempre, el aprendizaje básico e indispensable de la existencia. La Historia, la Geografía y el Civismo ocupan un lugar secundario, de ahí que gran parte de la población adulta desconozca, literalmente, cómo ubicarse en el tiempo y el espacio (aunque Google Maps en algo ha ayudado) y confunda los héroes de la Independencia con los de la Revolución. Ya no hablemos de las artes, la música o los deportes, los cuales suelen ser concebidos como una especie de pasatiempos prescindibles. Y luego andamos exigiendo campeonatos mundiales y medallas olímpicas de oro.

Niños y niñas realizan una pirámide en una comunidad.

La salida de la escuela es la vuelta al tráfago de la mañana, pero en sentido contrario. Los infantes ya no bostezan ni ponen cara sufriente; se retiran gustosos por el fin de la “tortura” académica. Despeinados, exultantes, saben que sus abuelos les comprarán alguna golosina. Por su parte, los docentes respiran tranquilos por verse liberados de tener que cuidar y enseñar a una especie de vándalos en formación. Y empiezan a contar los días para la quincena siempre insuficiente.

Los camioneros y los dueños de papelerías, por su lado, se frotan las manos de gusto. Sus pasajes y ventas se disparan en estos días, mientras que la economía familiar entra en recesión. Y todo porque la infancia y la juventud del país están, nuevamente, caminito de la escuela.