CON NICOLÁS VALDÉS APRENDER A MONTAR A CABALLO ES APRENDER A VIVIR
Cuando nos referimos a los mejores amigos del hombre, inmediatamente pensamos en los perros, y por supuesto que lo son, pero no son los únicos. Existen otros compañeros que han cabalgado junto a la humanidad durante miles de años, han sido testigos de viajes, conquistas, cosechas y hasta sueños: los caballos. Nobles y fuertes, símbolos de libertad. El caballo guarda una relación tan profunda con el ser humano que basta un roce o una mirada para que se entiendan por completo y deseen no volver a separarse.
En Guanajuato vive un hombre que conoce ese lenguaje secreto desde niño: Nicolás Valdés. Su historia es la de alguien que nunca se conformó con mirar a los caballos de lejos, sino que decidió incorporarlos a su existencia definitivamente.
“Soy un hombre que desde niño descubrió en los caballos no solo un pasatiempo sino una verdadera forma de vida. Desde que tengo memoria he estado rodeado de caballos. De niño me fascinaba observar cómo se movían, cómo respondían con nobleza y lealtad. Pasar tiempo en el campo, respirando aire fresco y conviviendo con los animales, fue lo que me enseñó a valorar la naturaleza y a respetarla. Ese amor nació temprano, y con los años se convirtió en un compromiso de vida”.

Los caballos han cumplido, a lo largo de los siglos, distintos papeles en la vida humana: fueron vehículo de viaje y de comercio, aliados en la agricultura, protagonistas en los campos de batalla y hasta cómplices en la expansión de civilizaciones enteras. Hoy, en tiempos más tranquilos, también nos recuerdan que pueden ayudarnos a sanar las emociones. La equinoterapia, cada vez más conocida, da testimonio de esa sensibilidad escondida en ese poderoso cuerpo formado de músculos y brío.
Para Nicolás, quien tiene más de treinta años montando y aprendiendo de los caballos, cada ejemplar es irrepetible, con su propia manera de mirar, de responder, de acompañar.
“Me considero un amante de la naturaleza, alguien que encuentra en cada caballo una personalidad única y en cada enseñanza, una oportunidad para conectar con las personas”.
Su infancia y juventud transcurrieron al lado de ellos. Creció sabiendo que podía entenderse con los caballos casi sin palabras. Pero pronto descubrió que no todos a su alrededor compartían esa facilidad. Para sus familiares y amigos, acercarse a un caballo podía ser un reto, incluso un sueño postergado desde la infancia. Y fue entonces cuando decidió abrir una puerta que cambiaría no solo su vida sino la de muchas personas: Aprendiendo a Montar.
“Comenzó de manera muy sencilla: enseñando a amigos y familiares. Poco a poco me di cuenta de que lo que para mí era natural —subirme a un caballo y sentirme como en casa, prácticamente en mi hogar— para otros era un sueño pendiente. Así nació la idea de abrir un espacio donde cualquiera pudiera aprender, sin importar la edad o la experiencia previa, y donde lo más importante fuera disfrutar y respetar al caballo”.
Ese proyecto se transformó con los años en un espacio de convivencia humana y animal. Aprender a montar, explica Nicolás, es mucho más que adquirir una técnica. Se trata de establecer un vínculo.
“Lo más difícil, pero también lo más valioso, es transmitir a las personas que montar a caballo no es solo una técnica, es una conexión. A veces la gente llega pensando que es como un deporte cualquiera, y mi reto es mostrarles que aquí se trata de trabajar en equipo con un ser vivo que siente, que responde y que también enseña”.
En Aprendiendo a Montar muchas personas han descubierto esa lección. Hombres y mujeres de distintas edades encuentran aquí un respiro frente al ruido de la vida diaria. En pocas horas, el estrés cotidiano y los conflictos se desvanecen entre el sonido de los cascos golpeando la tierra, el aire fresco del campo y la presencia serena de los caballos.
“En Aprender a Montar —nos explica Nicolás— además del aprendizaje de las bases de la equitación, ofrecemos paseos guiados, clases para distintos niveles y experiencias de convivencia con los caballos. Para mí no se trata solo de enseñar a montar, sino de que cada persona viva la experiencia completa: desde conocer cómo cuidar al caballo hasta entender cómo comunicarse con él”.
Una escuela de caballos es también, de alguna manera, una escuela para caballos. El alumno aprende a guiar, a cuidar, a respetar; el caballo, en cambio, practica su paciencia, confianza, obediencia y entrega. “Aun así —recalca Nicolás— quienes conviven con ellos saben que son los caballos quienes terminan enseñándonos más, a veces incluso de nosotros mismos”.
Las anécdotas que Nicolás ha coleccionado en todos estos años son invaluables, porque cada una encierra un aprendizaje distinto.
“Nunca olvidaré la vez que un niño, que al principio tenía mucho miedo de acercarse al caballo, terminó no solo montando sino abrazando al animal con una sonrisa enorme. Sus padres me dijeron que fue la primera vez que lo vieron confiar de esa manera. Esos momentos son los que me confirman que este camino vale la pena”.
Ese es, quizá, el mayor regalo que deja su labor: ver a alguien vencer sus temores, recuperar la confianza o descubrir una pasión escondida. Nicolás insiste en que no se trata solo de montar: es de reencontrarse con la naturaleza, de respirar a otro ritmo, de escuchar el silencio acompañado por un caballo.

Hoy, Aprendiendo a Montar no es solo un negocio. Es un lugar donde caballos y personas dialogan sin palabras, donde cada sesión se convierte en un reencuentro con lo esencial.
“Siempre estoy disponible para platicar y resolver cualquier duda”, afirma Nicolás, convencido de que enseñar a montar es también compartir un estilo de vida.
Quien desee conocer este mundo puede contactarlo directamente en su WhatsApp (4731197964) o en su página de Facebook Aprendiendo a montar.
Porque más allá de las riendas y la silla, cada caballo guarda un secreto que, si sabemos escuchar, puede cambiar nuestra manera de mirar la vida y hacer de ella un paseo inolvidable.

