LOS RUMBOS DE TEPETAPA
Barrio antiguo y típico, es núcleo de un ritmo frenético de actividad cotidiana
La ciudad de Guanajuato posee una calle principal y unas pocas más secundarias. Aunque reciba distintos nombres a lo largo de su recorrido, la vía conducente de la Presa de la Olla hasta Yerbabuena en realidad es la misma, complementada, como ya se mencionó, con algunas rutas paralelas o troncales, sin las cuales el tráfico vehicular sería prácticamente imposible, como de hecho ya lo es en ciertos días.
No obstante, cada tramo de ese eje vial posee características distintas: no es lo mismo el ambiente sosegado del Paseo de la Presa que el intenso ir y venir del centro. Ni tampoco el lento transitar automovilístico de la Avenida Juárez que el mucho más acelerado del bulevar Euquerio Guerrero, aunque ambos trayectos sean bastante ruidosos en las horas de mayor circulación.

De igual manera, hay sectores poseedores de una personalidad única, distintiva de otros rumbos de la ciudad. Uno de ellos —vital para el carácter citadino— es Tepetapa, vocablo que no solo da nombre a una calle, sino a toda una barriada. El significado de tan peculiar palabra, de origen náhuatl, sería “lugar del tepetate” o “donde abunda el tepetate”, piedra volcánica semidura que se forma por la compactación de la corteza terrestre.
Tal denominación haría suponer que desde tiempos inmemoriales el sitio fue habitado, o por lo menos conocido, por pueblos indígenas, obviamente, desde antes de la llegada de los españoles. Quizás también fue ese el motivo para construir allí uno de los cuatro fortines levantados en la región al descubrirse las primeras vetas de plata, entre 1554 y 1560 (los otros tres eran el del Cerro del Cuarto, el de Santa Ana y el de Marfil).

Por mucho tiempo, Tepetapa se desarrolló algo separado del resto del creciente Real de Minas, pues el río Guanajuato, entonces más caudaloso, representaba una limitante para dar fluidez al tránsito de un lugar al otro. Por ello, el acceso principal era a través del sendero —hoy callejón— de Tamazuca, hasta que en 1835 se levantó el enorme puente de cantera que facilitó la comunicación entre ambas zonas.
Esa ancestral separación aún puede palparse actualmente, en el trato (o maltrato) dado por las autoridades municipales a Tepetapa: la calle, pese a su importancia y amplitud, no ha merecido ser pavimentada con el afamado pórfido rojo, sino con mero concreto simulando adoquines. La plaza del barrio se muestra descuidada y su fuente nunca funciona; el gran puente muestra un lamentable deterioro.

Y sin embargo, en Tepetapa se escenifica gran parte del movimiento cuevanense. Si antes fue sede de la estación del ferrocarril, ahora es el punto de partida y llegada de los autobuses que se dirigen a la zona sur, de forma que todo viajero sin auto que va o viene de Marfil, Las Teresas, Yerbabuena, Villaseca, Villas de Guanajuato, El Manantial, Santa Teresa, Puentecillas y alrededores debe pasar forzosamente por allí.
Ese intenso ir y venir ha propiciado un inusitado dinamismo comercial. Aunque la calle Tepetapa posee apenas una extensión de 500 metros, desde el entronque con Pardo al Cerro Trozado, y que solo la mitad se puede considerar zona comercial (la otra mitad es la larga subida al Panteón Municipal, hogar de las Momias), se asientan en ese espacio tiendas de ropa, carnicerías cinco expendios de pollo, dos farmacias, tres dulcerías, un comercio de productos “naturistas”, una panadería famosa por la calidad de su bolillo, carnicerías, múltiples puestos nocturnos de tacos, dos tortillerías y hasta ¡tres cantinas!

Y eso, sin contar un gym, varias estéticas, una cafetería, ni los numerosos puestecitos de varios tianguis que, un día sí y otro también, se instalan en los alrededores de la estación del ferrocarril, donde igualmente funcionan fruterías y se venden antojitos de todo tipo: chalupas, hamburguesas, gorditas, burritos, tamales, mariscos, sin faltar la nieve ni las aguas frescas y mucho menos los OXXO, de los cuales hay un par, aunque eso sí: pequeñitos.
Pese a esa palpitante vitalidad, ese barrio de nombre extraño pero de bella resonancia, es algo así como el hijo bastardo de la ciudad patrimonio, perceptible en las paredes desgajadas, la pintura desconchada, los viejos balcones sostenidos apenas por cansadas ménsulas. Aun así, mantiene la solemne belleza de una gran dama venida a menos: muestra casas solariegas, otras pintorescas, inmuebles de interés plausible, con detalles llamativos.

Paradójicamente, aunque a todo lo largo circulan miles de turistas rumbo al centro histórico o a las Momias, solo existen dos hoteles y no hay ningún restaurante, lo que le da un carácter singular, muy autóctono. Todos se conocen y saludan, a la manera antigua. Sobre el camino principal, ya no existen casas-habitación, pues todas han sido convertidas en comercios, pero sí las hay en los numerosos callejones abiertos a la ruta: Tamazuca, Mandato, Navío, Transversal del Carrizo, Angelitos, La Concha, donde bajan y suben estudiantes, obreros, escolapios, esforzadas señoras y bastantes adultos mayores, reacios a dejar el lugar donde han radicado toda su vida.

Tal tenacidad es, posiblemente, la mayor cualidad del barrio. Tepetapa vive a su ritmo, en sus coloridas edificaciones, en los ríos de turistas que hacen de tripas corazón para subir andando hasta el panteón. De día suele ser luminosa, activa; de noche decae, como si reflejara el cansancio de la intensa jornada, mas no deja de atraer a los noctámbulos que acuden por un taco, una “cheve” o un rato de nostálgica soledad.
Así pues, a casi medio milenio de que el sitio fuera elegido por los españoles para construir uno de sus cuatro fortines, Tepetapa sigue siendo vital para la ciudad patrimonio.


