LA CALMA DEL MIEDO. EL PRECIO QUE PAGAMOS POR SENTIR SEGURIDAD
El odio se ha formado escama a escama,
golpe a golpe, en el agua terrible del pantano,
con un hocico lleno de légamo y silencio.
Pablo Neruda, Los dictadores
El silencio que huele a encierro
Hay silencios que no son paz sino miedo disciplinado. Se sienten en las calles demasiado limpias, en las miradas que se apartan, en los países donde la calma tiene un precio. A veces creemos que la seguridad empieza cuando todo se calla, y no notamos que ese silencio también puede oler a encierro.
En El Salvador la palabra régimen se dice sin miedo. La pronuncian los taxistas, los policías, la gente que vende fruta en las calles, con una naturalidad que desconcierta, como si fuera sinónimo de descanso. “Ahora sí estamos seguros”, me dijeron varios, y una los mira y entiende: ¿quién no querría sentir calma después de vivir tanto tiempo con miedo?
Vi policías en las esquinas; algunos sonreían. Me contaron que ahora pueden trabajar sin temor, que los barrios antes imposibles ya se pueden recorrer, que la gente duerme y que las noches, por fin, se llenaron de silencio. Se respira una tranquilidad distinta, pero ese silencio pesa, como si debajo de la calma quedara algo sin resolver.

La belleza terrible del orden
Junto a esa paz hay miles de detenidos sin juicio, hombres con los torsos desnudos y tatuajes que se volvieron sentencia. Allá, un dibujo en la piel basta para condenarte. El sol quema igual sobre inocentes y culpables; el sistema no distingue, no pregunta, sólo encierra.
He visto imágenes de cuerpos alineados, rapados, con las manos en la nuca, todos iguales bajo la luz blanca de una cárcel que no conoce matices. En ese orden perfecto hay una belleza terrible: la del miedo que obedece.
Y lo más inquietante es que muchos lo celebran. Dicen que era necesario, que la mano dura trajo calma. No importa que cualquiera pueda ser detenido, que nadie sepa bien de qué se les acusa. Lo importante, repiten, es que ya no hay balaceras, que los niños pueden jugar, que por fin se puede caminar sin mirar atrás.
Si hay inocentes entre los presos, se dice con resignación, apelando al viejo dicho mexicano: hágase la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre. Mientras no sean los míos, mientras no me toque a mí, todo vale.
Quizá por eso, cuando el presidente anunció su reelección, pocos protestaron. El Congreso ya era suyo, los jueces de la Corte también, y la idea misma de límites se volvió un estorbo. Pero nada de eso pareció importar: la mayoría eligió la calma sobre la ley, la seguridad sobre la democracia. En nombre del orden, entregaron las instituciones que debían protegerlos.
Luigi Ferrajoli advierte que el miedo es la materia prima del poder absoluto. Cuando las personas creen que la libertad es peligrosa, aceptan que el Estado las proteja incluso de sí mismas. Y en ese gesto aparentemente racional, se desmantela el principio mismo del constitucionalismo: el límite al poder.
En El Salvador, el miedo no solo disciplinó los cuerpos, también domesticó la conciencia. Lo que alguna vez fueron derechos se volvió privilegio, y la ley, simple instrumento del orden.
La jaula consentida
No hace falta cruzar fronteras para reconocer ese pacto con el miedo. También aquí lo firmamos cada día. Pagamos por sentirnos seguros, construimos muros, levantamos bardas, contratamos guardias, instalamos cámaras y cercas eléctricas.
Nos hemos acostumbrado a que la seguridad sea un lujo, un servicio, un signo de estatus. La pluma del fraccionamiento se levanta como una bandera de pertenencia, no de confianza.
No lo decimos, pero lo sentimos todos los días. Lo dicen también los números: retratos fríos de una desconfianza que ya se volvió paisaje. Más del sesenta y nueve por ciento de los mexicanos se siente inseguro al usar un cajero automático, y más del sesenta teme el transporte público.

Las calles se han vaciado de niños y de risas, los parques de vecinos, la gente ya no conversa, vigila. No son estadísticas: son rutinas con miedo, cuerpos que miran sobre el hombro.
Hace no tanto, los barrios eran comunidad. Las madres se sentaban en la banqueta a mirar caer la tarde. Los niños jugaban en la calle hasta que oscurecía, y la puerta entreabierta era señal de confianza, no de descuido. Hoy vivimos en fortalezas privadas, creyendo que la reja nos protege cuando en realidad solo nos aísla.
Nos hemos vuelto expertos en desconfiar: del desconocido, del policía, del vecino, a veces incluso de nosotros mismos.
El miedo que organiza
¿Y si el peligro también se parece a nosotros? ¿Y si lo que más nos amenaza no es el otro, sino el miedo que nos separa?
El miedo se hereda en gestos mínimos: el niño al que se le dice “no hables con extraños”, la mujer que cambia de acera al ver una sombra detrás, el anciano que ya no sale por temor a ser estafado. Son micro-miedos cotidianos que, juntos, moldean un país entero.
Seguimos entregando pedazos de libertad a cambio de promesas de orden. Dejamos que los militares patrullen las calles, construyan aeropuertos, manejen trenes y aduanas. Creemos que su presencia impone respeto, que el uniforme da certezas. Pero los soldados no están hechos para dialogar, sino para obedecer, y cuando la fuerza toma la palabra, la justicia deja de oír.
Organismos como la ONU y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han advertido que militarizar la seguridad pública multiplica los abusos y debilita el Estado de derecho, porque la seguridad nunca puede construirse a costa de los derechos humanos.
Cuando la protección se convierte en represión, el Estado deja de ser garante y se vuelve amenaza.

La calma que devora
El problema no es solo político, también es íntimo. De algún modo, todos hemos aceptado vivir en esta jaula consentida: una cárcel con vigilancia privada, con patrullas en las esquinas, con la ilusión de que la seguridad puede comprarse o decretarse.
A veces ni siquiera queremos salir: hemos aprendido a confundir el encierro con la paz, la rutina con la estabilidad, el silencio con la tranquilidad.
Me pregunto si la calma que compramos es realmente paz o solo cansancio. Si el silencio que sentimos es alivio o renuncia.
El miedo crece así, escama a escama, golpe a golpe, en la humedad de nuestras rutinas; no lo vemos, pero se adhiere a la piel, se disfraza de calma, de seguridad, de orden. Un miedo que aprendimos a domesticar hasta hacerlo invisible.
Porque el miedo tiene una virtud peligrosa: organiza. Nos mantiene obedientes, previsibles, agradecidos con quien promete control. Lo vemos en la política, pero también en la vida cotidiana: en el silencio de quien calla ante la injusticia, en la mujer que no denuncia, en el ciudadano que prefiere no mirar.
Cada quien levanta su propio muro, su propia versión del orden. Y cuando por fin nos parece que todo está en silencio, esa calma del miedo, como el pantano de Neruda, ya ha empezado a devorarlo todo.

