INDIOS TEJOCOTEROS: ENTRE CARTAS DE INTIMACIÓN Y LAS DELICIAS DE LA VENDIMIA

Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor y Juan Antonio de Riaño y Bárcena eran amigos. Habían estado en convivencia en febrero de 1810 en la casa del padre de Lucas Alamán. Por eso, cuando el primero atacó a la ciudad defendida por el segundo, el 28 de septiembre de ese año, las cartas de intimación, en el que uno pedía rendición y el otro respondía que sólo le debía lealtad a la Corona Española, fueron la muestra del afecto entre ambos por encima de convicción y poder. Y por eso se les ha incorporado a la tradición de los indios tejocoteros, a quienes se les exige cada vez más rigor histórico y ellos responden con un “¡pum!” arrojado desde su cañón principal, con soldados de tenis y lente oscuro, con bazucas que disparan cerveza en lata y armas láser que arrojan vino de tejocote.

Baile y alegría en la fiesta tejocotera. María Margarita Rodríguez, oriunda de Dolores Hidalgo, más de 20 años como participante en la fiesta.

La recreación de la batalla entre indios tejocoteros que representan a un México que aún no existía en 1810 y otros “españoles” vestidos de zuavos franceses, con armas de plástico de última generación, se disfruta más con unos tacos de carnitas con tortilla azul hecha a mano, con gorditas de chicharrón prensado acompañados con agua fresca y una michelada, con dulces artesanales para el postre.

Las innovaciones

La fiesta —según la tradición— empezó en 1864 cuando la indiada se la representó a Maximiliano cuando pasaba por Santa Rosa, fue interrumpida por la Revolución y retomada en 1934 por don Tomás Ulloa, el Indio Mayor.

Ya tiene rato que inicia con un desfile escolar y se han colgado quienes están en la presidencia municipal.

Elvira Rodríguez trajo pan de León para vender en la fiesta. Le gustó tanto la tradición que quiere verla fuera del negocio. Charly Conchos, el rey de la mercadotecnia en la venta de duro de puerco. Es de Irapuato.

Hace poco más de cinco años, antes de la pandemia de covid 19, el reconocido hombre de cultura Francisco Caballero organizó una representación teatral y a partir de entonces se le buscó vincular más la irreverente fiesta con la formal historia. Y es por eso que Primo Lara, quien lleva décadas como participante, este año incorporó la lectura de las cartas de intimación que Miguel Hidalgo escribiera en la Hacienda de Burras y le mandara al intendente Antonio de Riaño.

En algunos años ha habido quienes personifican a Miguel Hidalgo, esta vez un niño hizo ese papel y dos más montaron sus caballos para representar a Juan Aldama y Mariano Abasolo, que se suman a la tradicional representación de Ignacio Allende.

Xicotécatl Ulloa continúa con su papel de El Pípila y las chicas de la familia Ulloa se rolan el papel de Juana Gabina.

Micheladas del centro de la ciudad a Santa Rosa. Doña Juanita, la dolorense que hace a mano tortillas de maíz azul.

Nuevo armamento

Los pequeños cañones y las viejas escopetas de chispa son las armas tradicionales usadas para representar a las “guerrillas” entre “insurgentes” y “españoles”, pero no faltan las “armas” originales que cada año llaman a la carcajada.

Entre ellas está una colorida pistola “láser”, que lanza vino de membrillo, usada por el bando gachupín; igual, en esta ocasión crearon una pared portátil de unicel para desde ese refugio apuntar una bazuca que dispara cervezas en lata. La munición resultó efectiva: no mató al enemigo, pero lo dejó atarantado y viendo doble.

El tímido Lázaro Hernández, dolorense vendedor de carnitas. El fragor de la batalla.

Los vendedores

La fiesta tejocotera cada año se llena de más vendedores. La gente de la localidad ofrece los collares de tejocotes y sus botellas de licor de membrillo y mezcal curado, así como dulces y algo de cerámica. Es una comunidad cada vez más metida en el mundo de la artesanía y el comercio, como el caso de Pedro Salvador, que fabrica cuchillos artesanales.

María Margarita Rodríguez Flores vende morrales y servilletas bordados a mano. Aunque es oriunda de Dolores Hidalgo, se casó y vive en Santa Rosa y ha presenciado la fiesta desde hace más de 20 años.

Residentes del centro de la ciudad acuden a vender micheladas y las tradicionales gorditas de guisado, junto con las enchiladas. No faltan los vendedores de cerveza, que se consume en grandes cantidades durante el festejo.

La bazuca lanza-cervezas, mortal arma de los gachupines. Mariano Abasolo, Ignacio Allende y Juan Aldama.

La concurrencia atrae a comerciantes de la región, como Lázaro Hernández, quien desde hace 5 años vende carnitas cerca del templo de la comunidad. Viene de Dolores Hidalgo y trae consigo a doña Juanita, quien hace tortillas con maíz azul quebrado. Es maíz que ella siembra y cosecha.

La leonesa Elvira Rodríguez fue invitada por un residente de la comunidad para que vendiera pan. Ella acudió, pero vio tan atractiva la fiesta que ha decidido acudir nuevamente, pero ya en calidad de participante, no como vendedora.

Entre los vendedores que llamaron la atención por el ingenio de sus frases estaba Charly Concho, quien desde Irapuato llevó su canasto con duro de puerco, cueritos, papas, doritos y otras botanas: “¡si no le gustan, no me las pague; si no trae dinero, se las fío o le presto dinero!”. Sus gritos despertaban risas por el humor y el ingenio de sus frases: “¡Son papas del convento, porque están de a madre!”.

Nadie se salva de ser tiznado, ni la presidenta municipal. Primo Lara lee la carta que Hidalgo envía a Riaño pidiendo que se rinda para evitar derramamiento de sangre.

Otro personaje en ese mar de mercantes es Antonio Soto, alias “El Bandas”, originario de Silao y vendedor itinerante de dulces y botanas “La Sabrosita”, de Pachuca, Hidalgo. Junto con su compañero anda de feria en feria: San Felipe, Silao, León, San Miguel de Allende y donde se ofrezca.

La fiesta tejocotera está repleta de niños y niñas que se suman a cada bando. Este año en el lado español estuvo una jovencita “gachupina” y en el bando insurgente abundan los soldaditos y soldaditas. Aún domina la vestimenta estilo revolución mexicana, pero poco a poco hay quienes se visten a la usanza chinaca, correspondiente a la época de la independencia.

Vivir la fiesta tuvo dos consecuencias: llegar a casa con el rostro tiznado y amanecer con la novedad de subir un kilo. Y es que fue inevitable “¡tragar como puerrrcoooo!”.