NO BASTA EL ROSA. EL CÁNCER DE MAMA COMO ESPEJO DE LA INJUSTICIA Y EL AMOR QUE RESISTE
Busco una enfermedad que no me acabe sino el dolor constante de la vida.
Carilda Oliver Labra
Mi amiga Lucy dice, cuando hay momentos difíciles y no sabe qué decir, que no tiene palabras inteligentes; se ríe, levanta los hombros, cambia el tema y deja en el aire una calma que no necesita explicación. Y pienso que tiene razón, que no hacen falta palabras inteligentes cuando se acompaña, cuando el amor también es el silencio más fino, como escribió Sabines, porque a veces lo único que puede hacerse frente al dolor es quedarse ahí, sin decir nada, respirando con ellas.
Yo, en cambio, casi siempre hablo demasiado. Tampoco tengo palabras inteligentes, ni sé bien cómo decir las cosas, pero me resisto a callar, porque hay silencios que duelen más que los errores. A veces pienso que mi voz no sirve de mucho, que se tropieza, que duda, pero también sé que intenta acompañar, que busca arrimarse a quienes atraviesan la tormenta, aunque solo sea para que el miedo no se sienta tan solo.
Fue Lucy quien me aconsejó hacer reír a mis amigas que empezaban sus tratamientos o acababan de recibir un diagnóstico, cuando el miedo y la incertidumbre las volvían frágiles; me decía que la risa, aunque breve, puede ser un alivio, y desde entonces he querido ser eso, un pedacito de chocolate que alguien reparte en una sala de espera, una mínima dulzura frente a la amargura inmensa, una pausa, un respiro, aunque mientras las hacía reír yo solo quería llorar, llorar por ellas, por mí, por todas.

El cáncer de mama asusta, no solo a quien lo padece, sino también a quienes lo hemos visto tan de cerca que aprendimos a temer por todas. No se contagia la enfermedad, sino el miedo, un miedo discreto, silencioso, que se esconde detrás de los análisis, de las citas, de los resultados que tardan demasiado. No hay peor enfermedad que la espera, esa condena muda de no saber si el sistema te recordará a tiempo, si tu nombre seguirá existiendo en la lista cuando vuelvas.
Hace unas semanas, en España, se supo que más de dos mil mujeres no fueron informadas a tiempo de que sus mamografías mostraban signos de cáncer. El país entero se indignó, los noticieros abrieron con ese escándalo y hubo disculpas, promesas, explicaciones. En México, cada año mueren más de ocho mil mujeres por cáncer de mama, y aquí no hay escándalo, hay silencio, un silencio burocrático, resignado, casi educado. El escándalo sería que nos sorprendiéramos, porque nos hemos acostumbrado al dolor, a la espera, a los turnos, a la suerte, a creer que así es la vida, y esa costumbre es la forma más cruel de la desigualdad, la que convierte la injusticia en rutina.
El cáncer no distingue clase, ni color, ni edad: lo sufren mujeres distintas en cuerpos distintos, pero no todas reciben el mismo trato. A unas las espera una clínica con luz blanca y médicos atentos; a otras, pasillos largos, sillas de metal y formularios interminables. Unas tienen tiempo, seguro y medicamentos; otras, solo esperanza. No es un reproche para quienes pueden pagar y reciben atención digna; ojalá todas la tuvieran. Pero mientras existan mujeres que deban elegir entre curarse o comer, mientras haya quien enferme sabiendo que no podrá costear su tratamiento, la salud seguirá siendo un privilegio, y no debería.
En toda América Latina las mujeres siguen y seguirán muriendo por diagnósticos tardíos, pero también por desigualdad estructural, el mismo miedo con distinto acento. Lo que cambia no son las causas, sino las respuestas: algunas sociedades se indignan, otras, como la nuestra, se acostumbran, pero en todas el cuerpo de las mujeres sigue siendo el lugar donde la injusticia se vuelve visible.
Rita Segato dice que el poder se ensaña con los cuerpos de las mujeres porque allí ejerce su dominio más antiguo, y sí, algo de eso hay en cada diagnóstico tardío, en cada cita perdida, en cada espera humillante. La desigualdad no es solo una estadística, es una lección silenciosa sobre quién puede doler y quién debe esperar, una pedagogía del abandono que se aprende pronto, sin palabras, en los hospitales, en los hogares, en las leyes.
El artículo cuarto constitucional promete que toda persona tiene derecho a la protección de la salud, y lo repiten los tratados internacionales, la CEDAW, la Convención de Belém do Pará, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales; está escrito en todas las leyes, pero la letra no cura, la ley no abraza, los tratados no sostienen la mano de nadie. Los derechos existen, sí, pero la justicia no llega igual para todas.

El cáncer de mama no solo enferma cuerpos: desnuda países. Y cuando un país desnuda su enfermedad, lo primero que aparece son los cuerpos de las mujeres, cuerpos abiertos, suturados, reconstruidos, que cargan no solo la herida del bisturí, sino también la del abandono.
Pienso en las mujeres a las que les cortan los senos; se dice así, con frialdad clínica: mastectomía. Pero detrás de esa palabra caben noches enteras de miedo, de dolor, de espejos cubiertos. No es solo una cirugía, es un duelo, un cuerpo que se reconfigura, una identidad que se vuelve paisaje de cicatrices.
Las llaman huellas, pero en verdad son marcas, memorias, recordatorios de lo que la medicina salvó y de lo que la vida arrebató. Algunas vuelven a trabajar, a criar, a amar con una valentía que nadie nombra, otras se esconden, porque la sociedad aún mira el cuerpo femenino como una promesa estética, no como una biografía. Las cicatrices no son símbolos de debilidad, sino escrituras: líneas de sobrevivencia que el Estado no mira, que la política no nombra, que la justicia olvida.
Cada octubre el país se tiñe de rosa: las marcas pintan sus logos, las tiendas ofrecen descuentos, los edificios se iluminan, y creemos que eso basta. No basta iluminar de rosa si adentro faltan medicamentos, ni llenar de moños las redes si las mujeres siguen esperando diagnóstico, ni vender esperanza mientras se recorta presupuesto. No basta, porque la desigualdad no solo vive en los hospitales, también se mete en las oficinas, en los escritorios, en las fábricas donde las mujeres trabajan hasta el cansancio, aunque estén enfermas. No basta. No basta.
Hay mujeres que van al hospital y regresan a cumplir con su jornada, que llevan la peluca y el uniforme como si fueran parte del mismo disfraz, mujeres a las que no se les permite descansar porque ya usaron demasiados días, a las que se les descuentan los minutos de dolor como si fueran tiempo improductivo, que cuidan a otros pero no pueden cuidarse a sí mismas, que pierden el empleo por enfermar, como si la salud fuera un lujo que no se merecen.
Martha Nussbaum recuerda que la compasión no es caridad, sino justicia emocional, la capacidad de sentir el dolor del otro como propio, y tal vez por eso lo que más falta en nuestras políticas de salud no son recursos, sino sensibilidad, porque no hay derecho más humano que el de ser miradas con empatía.
En México, el setenta y tres por ciento del trabajo de cuidados no remunerado lo realizan mujeres, y solo tres de cada diez cuentan con acceso a servicios de salud derivados de su empleo. Más de ocho mil mueren cada año por cáncer de mama, muchas después de haber cuidado toda una vida a otros. ¿Y a nosotras quién nos cuida, si somos las cuidadoras? Esa también es una forma de violencia, la que se disfraza de normalidad.
He dudado en escribir esto porque hablar del dolor ajeno impone respeto, pero ya no se trata de un deseo personal ni de una necesidad literaria, sino de una necesidad humana, porque el silencio también enferma, y callar lo que duele es otra forma de violencia.
Necesitamos prevención real, diagnósticos a tiempo, hospitales con alma, médicos con escucha, descansos dignos, políticas públicas que no se marchiten al terminar octubre; necesitamos llorar lo que no supimos llorar, reprochar lo que no sirve, reclamar lo que nos corresponde; necesitamos recordar que el derecho a la salud no se agradece, se garantiza.

Y, sin embargo, seguimos vivas: vivas y heridas, vivas y pensantes, vivas y cansadas, pero de pie. Seguimos, como escribió Carilda, buscando una enfermedad que no nos acabe, sino el dolor constante de la vida, porque en ese dolor, que a veces nos oxida y otras nos salva, también se esconde la prueba de nuestra humanidad.
Ojalá que sea así: que las que esperan encuentren la sanación que merecen, que la justicia deje de ser un lujo y la salud, un privilegio, que un día ya no haga falta octubre para recordarnos que la conciencia no tiene color, que el cuerpo no es mercancía y que cuidar también es justicia.
Y si alguna vez me faltan palabras inteligentes, como dice Lucy, que me quede al menos la risa, la pequeña dulzura de un chocolate en medio del miedo, la voz que no se acostumbra, el temblor de seguir viva. No por mí, sino por ellas, las que esperan, las que resisten, las que aún ríen con miedo, porque seguir viva también es una forma de amor.

