DE MITOS, TRADICIONES, LEYENDAS, HISTORIAS, RELATOS Y CHISMES
En diversas culturas, y países como éste, hay quienes ostentan orgullosamente un oficio tan noble como atractivo, tan encantador como difícil de llevar a cabo: el de narrador oral. Son cuentacuentos dedicados a narrar mitos, tradiciones, leyendas, historias, cuentos, relatos y chismes. Los infantes son sus más entusiastas oyentes, pero los adultos también.
Dentro de ese amplísimo abanico están las leyendas. Y en México, su mayor nicho está en la Época Colonial, en ese periodo histórico, y en las circunstancias por la que pasó México. Ahí se unieron dos culturas: la herencia prehispánica y la europea; se juntaron dos tradiciones narrativas de diferente cuño y nacieron numerosas leyendas importantes.
A veces, erróneamente, la palabra “leyenda” remite a las historias de terror. Sin embargo, no es así necesariamente. La leyenda, cabe aclarar aquí, es un sucedido, un hecho o un personaje que traspasa las líneas del tiempo, las dimensiones de su propia muerte y se convierte en algo legendario que poco a poco se va alimentando por la voz popular.

Es decir, al paso de los años el imaginario popular va incrustando en ese relato sus sueños y sus fantasías, así como sus imaginaciones y todo lo que quiera. Las leyendas tienen un contexto histórico y de su nacimiento, y a veces, se olvida ese contexto y pareciera que únicamente interesa el hecho fantástico, como que un muerto se levanta, y cosas así.
Datos espeluznantes y hechos fantásticos como un aparecido en cierta calle del Centro Histórico de la Ciudad de México, una monja que pena en la Catedral de Durango, o unos muertos que sorprenden a los vivos, acaparan la atención de la gente. No obstante, en toda leyenda debe considerarse el marco histórico en el que sucedió. Aquí ejemplos:
Una leyenda que no lo es, pero se cuenta como leyenda, y a veces se cuenta como mito, es la de “La mulata de Córdoba”. Parece un hecho histórico de la primera rebelión de negros que hubo en Latinoamérica, en San Lorenzo de los Negros, una reservación del siglo XVII donde se confinaba a esas personas para ser esclavizados y otras crueldades.
Esa mujer, refiere esa narración, se refugió cerca de esa zona, en Córdoba. Veracruz. Es una leyenda de reivindicación racial y de justicia social. No nada más se debe citar que ella se fue en un barco que ella misma dibujó en su celda de San Juan de Ulúa o del Tribunal del Santo oficio en la capital del país; ese hecho tiene un contexto histórico valioso.
En ese caso conceto, más allá del hecho fantástico, lo más importante es que esa mujer reivindicó su condición de mulata descendiente de negros, así como su tendencia a la libertad. Así, esas son las cosas importantes que se deben recuperar de las leyendas, y así lo entienden diversos narradores orales tanto de la Ciudad de México como del interior.
El principal y más entusiasta público para las leyendas son las niñas y los niños. Ellos las piden mucho a sus padres y abuelos porque su imaginación infantil accede muy rápida y fácilmente a los mundos posibles que ofrece toda narración oral. No obstante, hay adultos que a pesar de contar varias décadas de vida mantienen la imaginación viva y despierta.
Cualquier narración, independientemente de que sea mito, tradición, leyenda, historia, cuento, relato o chisme, nos conecta “al otro” (un ser humano protagonista de la historia, quien padece el conflicto como lo padeciéramos nosotros), y a “lo otro” (lo prohibido, lo lejano, lo extraño, lo insólito, lo increíble, y lo raro). Así de fascinante es la narración oral.
Solamente a través del relato de los cuentos, de la literatura en general, pero en especial de los cuentos, es que podemos sentirnos cercanos a eso que en la vida real nunca vamos a ver, por eso a los niños les encanta tener contacto con “La Llorona” o “La mulata de Córdoba”, porque no hay otra manera de acercarse a esos personajes, raros y tan lejanos.

Es un mundo paralelo posible porque nuestro periodo Colonial nos llega de una manera más integral y emotiva a través de las leyendas, y de las calles de las ciudades coloniales como Guanajuato, Querétaro, Oaxaca, Ciudad de México, Puebla, Guadalajara, y otras donde se forjó la que Vasconcelos llamó “Raza de Bronce”, y a la que pertenecemos.
Los personajes prehispánicos ya nos quedan muy lejos. Debido a que somos producto de una mezcla cultural, nosotros nos identificamos más con La Colonia. En una segunda vuelta, en un segundo bucle, podemos identificarnos con algunos personajes legendarios previos a la llegada de los españoles, pero simbólicamente nos quedan mucho más lejos.
Los expertos en el tema dicen que para que una leyenda sea considerada como tal, deben pasar al menos 100 años, para que ese suceso o personaje trascienda al imaginario popular y la gente lo acabe de construir. Toca a varias generaciones conocer, comprender, nutrir y enriquecer esas narraciones para que al cabo del tiempo sean leyendas atractivas.

