A PASO DE MARCHANTE
La Sauceda, una de las comunidades más grandes de Guanajuato, no es solo famosa por sus fondas, en las que se preparan deliciosos almuerzos y comidas, ni por ser el lugar de nacimiento de la atleta Laura Esther Galván, la famosa Gacela, orgullo deportivo de la localidad, del municipio e incluso del estado, sino por su activo tianguis de los domingos.
A lo largo de una de las calles principales, a ambos lados de la carretera que lleva a Juventino Rosas, coloridas carpas, mesas y una enorme variedad de artículos a la venta son como poderosos imanes que atraen las miradas y los pasos de la gente. Los requisitos para instalarse son sencillos: el pago de una cuota en verdad módica y ocupar un sitio que no esté reservado por nadie más.
Desde muy temprano, comienzan a instalarse puestos y más puestos. Apenas al alba, llegan incluso personas que en realidad no son comerciantes, pero aprovechan la ocasión para obtener algún dinero por una prenda de ropa, un adorno, una herramienta o un bolso. Estos tianguistas de ocasión se retiran pronto, antes de que la multitud se congregue conforme avanza el día.

Rápidamente, los vendedores empiezan a extender el anzuelo de sus ofertas. Los eventuales compradores salen de sus casas, pero sobre todo arriban desde otras comunidades o de la misma cabecera municipal, en carros, camionetas o en los autobuses urbanos, que conforme avanza el día llegan más y más repletos de clientes o de simples mirones. También hay quien tiene la osadía o la presunción de llegar a lomo de caballo.

La oferta es variadísima: mucha ropa y zapatos; cosméticos, juguetes, herramientas nuevas y usadas, bisutería y joyas auténticas: aretes, collares, diademas, anillos, cadenas. Las jóvenes evalúan con ojo crítico rotos pantalones de mezclilla y minifaldas, imaginando su silueta ante el espejo. Más allá, se regatea el precio de un par de sandalias de cuero. Abundan los puestos de celulares y sus accesorios: fundas, audífonos, cargadores.

Un concurrido puestecito presenta llamativas artesanías de cobre, mientras otro más adelante vende laptops nuevas, ratones, teclados. En una calle lateral, un hombre pregunta por un repuesto para automóvil, mezclando su voz con los gritos de un adolescente que invita a degustar un vaso de agua de limón, jamaica u horchata, porque entre el sol y la caminata se despierta la sed.

Al mediodía la cantidad de gente es tal que el andar se vuelve lento por necesidad. Mientras una dama se prueba unas botas, en previsión del cercano invierno, un músico complace a una pareja con un canto popular que reitera el amor del uno para la otra. Justo a un lado, un vendedor de chicharrón y guacamayas pregunta para qué la foto. “Para un reportaje”, respondo. “Ah, pues hable de nosotros”, dice tras su cubrebocas mientras me ofrece un duro con salsa de la buena, esa que pica de veras. Otro llega con una nieve de limón como regalo. La generosidad popular de manifiesto.

Gorditas, menudo, “dorilocos”, tamales, burritos, tacos, sopas instantáneas, atole, café, aguas frescas, jugos y hasta cerveza están disponibles. Hay de todo, para que nadie se queje. Y sin contar las tiendas que cuentan con local propio a la vera del camino, donde se alinean, a ambos lados, numerosos vehículos. Es un maremágnum humano que representa el dinamismo mercantil de un poblado que, cada semana, se vuelve epicentro de una actividad que es tan antigua como la misma civilización: el comercio.



