LA PROFUNDIDAD DE LA MÁSCARA
El 6 de noviembre de 2023, publiqué en este portal un artículo titulado “Fin de carnaval”, acerca de una pintura titulada Duelo después del baile de máscaras del francés Jean-Léon Gérôme, la cual fue expuesta en 1857 dos años antes de que el artista muriera. Pese al dramatismo de la obra, este óleo no se considera uno de los trabajos importantes en la trayectoria de Gérôme. ¿Qué se puede añadir a una pintura que plasma la imagen de un par de duelistas, uno de ellos agonizante en los brazos de su padrino, el otro retirándose de la escena, pero ambos con un disfraz de payaso? Vaya colofón para un baile de máscaras. ¿Qué detonó la disputa? ¿Una mujer? ¿Un hombre? ¿Un chico, quizás? ¿Deudas de juego? ¿Posiciones políticas? No lo sabemos, lo que añade más incertidumbre al óleo. El autor nos dejó mordiéndonos las uñas de forma perenne.
El origen de los bailes de disfraces hay que buscarlo en las festividades y carnavales medievales, cuando las personas se disfrazaban con elementos de la naturaleza. Generalmente eran fiestas que celebraban la cosecha o la elaboración del vino o, simplemente, para honrar o contener a los espíritus del bosque.
Un baile de disfraces que terminó en tragedia y que no ha merecido una pintura al óleo fue el celebrado el 28 de enero de 1393 en París, por iniciativa del rey Carlos VI de Francia, el cual quedó en la memoria histórica con el nombre Bal des Ardents o Baile de los Ardientes.
La esposa del rey, Isabel de Bavaria, organizó un baile de máscaras en honor de Carlos VI, quien languidecía a causa de un ataque de locura donde mató a cuatro de sus caballeros.
El monarca, así como otros cinco nobles, se disfrazaron de “salvajes del bosque”. Para que los trajes se vieran más realistas fueron untados con resina. Sólo que el Luis I de Valois, duque de Orleans, entró borracho al salón portando una antorcha, misma que acercó al rostro de uno de los disfrazados con el propósito de conocer la identidad de quien estaba debajo del traje. El incendio dio comienzo. Cuatro de los seis nobles disfrazados murieron envueltos en llamas.
No faltó la sorna del pueblo hacia la nobleza. Una vez que la noticia se supo en toda Francia, la gente bautizó el trágico evento como el Bal des Ardents o Baile de los ardientes”.
En la Italia renacentista, el baile de máscaras floreció sobre todo en Venecia, a la sombra del Carnaval. Las fronteras no existen cuando de festejar la vida se trata, por eso no es sorpresivo que las mascaradas se extendieran por toda Europa, incluso en la flemática Inglaterra, en Londres, específicamente, donde las mascaradas eran grandes espectáculos públicos. De hecho, los bailes de máscaras se convirtieron con el paso de los años en una celebración que combinaba fiesta, anonimato, poder, erotismo, transgresión social e, incluso, como apunté párrafos arriba, duelos a muerte.

Reyes y élites políticas, la aristocracia más rancia e incluso poderosos comerciantes intentaron por todos los medios convertir la celebración en una expresión de poder, por lo que invertían riquezas insultantes en la organización de los bailes de máscaras. El propósito era exhibir la abundancia y obtener a cambio mayor presencia social. No faltó la ironía en esas verbenas que se imaginaban exclusivas y excluyentes, pues la misma máscara rompía cualquier elitismo, ya que el anonimato ocultaba, al menos en lo que duraba el baile, la identidad personal y social. Nobles y burgueses, poetas y quizás campesinos, aristócratas en general y pastores fueron elementos transgresores, aunque sea por una noche. Por supuesto, el carácter licencioso de los bailes de máscaras siempre fue motivo de escándalo al caer por los suelos los límites de clase, por el paso franco de la expresión transparente de la sexualidad, por el orden social que se ponía a prueba.
Entre los bailes de máscara más famosos destacan, además del mencionado Baile de los Ardientes; el Baile del Siglo (Le Bal du Siècle), que tuvo lugar en el Palazzo Labia de Venecia el 3 de septiembre de 1951 y que fue organizado por el millonario, coleccionista y mecenas Carlos de Beistegui. El baile convocó a aristócratas, artistas y celebridades, y fue concebido como un espectáculo teatral de enorme lujo. Se considera uno de los acontecimientos sociales más espectaculares del siglo XX.
Por supuesto, no podemos pasar por alto el Black and White Ball (El Baile Blanco y Negro), organizado por el escritor Truman Capote en 1966 en el Plaza Hotel de Nueva York. La fiesta fue en honor de la editora del Washington Post, Katharine Graham, y acudieron numerosas figuras de la alta sociedad, la política y la cultura estadounidenses.
En el ensayo titulado Filosofía de la máscara, Montserrat Álvarez señala: “En el teatro, en la literatura, en el cine, en el cómic, la máscara tiene, no una, sino dos funciones, que son inversas: por un lado, la más obvia, que es velar la verdadera identidad de quien la lleva, y, por otro, la más profunda, que es revelar los aspectos de la personalidad que el rostro –o, si se quiere, la máscara habitual, cotidiana de la persona— vela”.
El filósofo alemán Friedrich Nietzsche (octubre 15, 1844-agosto 25, 1900) indica en uno de sus aforismos de Más allá del bien y el mal: “Todo lo que es profundo, ama la máscara”. Su aseveración se refiere a que las ideas complejas, las que nacen lejos de cualquier distracción, los sentimientos verdaderos y los espíritus intensos requieren ocultarse tras los arbustos de la superficialidad para evitar las malinterpretaciones. Para el pensador, lo verdaderamente valioso del ser muchas veces es frágil, por lo que debe mantenerse a salvo de la exposición banal del común de la gente que siempre juzga desde la superficialidad, como Dios les dio a entender, para terminar pronto.
Hoy, el baile de máscaras se escenifica a nivel global y en la intimidad expuesta de las redes sociales, donde los individuos se colocan la mascarada que mejor les va. Con imágenes de belleza robada, construidas a través de aplicaciones de inteligencia artificial, también la opinión se enmascara y hoy somos expertos en economía, mañana en deportes, al día siguiente en soberanía, o en seguridad nacional, aunque en el fondo, el pobre individuo de nuestro siglo –como señalaba el filósofo e historiador alemán Oswald Spengler (mayo 29, 1880-mayo 8, 1936) en su obra La decadencia de Occidente— vive en su propio destierro cultural.

