EL HILO DE ARIADNA
Entre pasajes con vistas al Cantador y Pardo,
surgen coloridos murales y una oculta capilla
Dicen que es el callejón más angosto de Guanajuato… que apenas cabe una persona. A reserva de otros pasajes con similares características, se puede decir que, al menos en su tramo inicial, el Callejón de Los Changos es, efectivamente, bastante estrecho: solo 48 centímetros en su parte más reducida, distancia menor a la que separa las paredes del famoso Callejón del Beso.

Pero, ¿a qué se debe nombre tan peculiar? Al parecer, tal denominación se deriva de la empinada cuesta donde se ubica, pues para subir a lo alto hay que trepar bastantes escalones, no sin esfuerzo. La recompensa es que, una vez arriba, un barandal colocado en una especie de explanada frente a los inmuebles del vecindario permite admirar el Jardín del Cantador, situado exactamente abajo.
El angosto pasadizo y ese “mirador” son dos de los llamativos detalles que sorprenden al caminante que se anime a recorrer el entramado de rutas que bordean los restos de una barranca que da a la calle de Pardo. A pocos metros de Los Changos, sube otro pasaje, entre frondosos árboles, que posee el atractivo nombre de Ramillete y entronca con el Callejón Consoladero, para seguir al Cerro del Gallo.
Sin embargo, a fin de no alejarse demasiado de la vertiente noroeste, debe continuarse por Consoladero, por la izquierda, hasta desembocar en un cruce de caminos que no por nada se llama Cuatro Vientos, ya que precisamente allí se encuentra un póker de sendas y el aire fluye libremente, permitiendo la formación de una leve brisa, pertinente alivio para un cuerpo acalorado por el empeño de subir.
Tal respiro importa, porque así se estará en mejor disposición para apreciar un pintoresco mural dedicado a las conocidas Momias y su enfrentamiento fílmico con El Santo en la famosa película de los años 70 del siglo pasado, obra colocada allí en homenaje a un conocido panadero, ya fallecido, quien fue vecino del barrio y que, con el sobrenombre de “Mamonero Pays”, tenía a la lucha libre entre sus aficiones. Justo enfrente de esa pintura, puede apreciarse un llamativo y típico portal que años atrás recibía a los clientes de una popular tienda situada en ese inmueble, de la cual conserva el simbólico letrero: Los Cuatro Vientos.
A la diestra de esa encrucijada, la ruta prosigue al centro urbano; hacia abajo, llevará a la zona del Mercado Hidalgo. En sentido contrario, comunica con el Callejón de Pardo, vía principal de acceso desde la calle a ese enredijo de caminos, tan embrollado que provoca la sensación de estar situado dentro de un laberinto. Y en cierto modo, lo es, puesto que, si pudiéramos apreciar el área a vista de pájaro, veríamos otro largo callejón que parte del mirador de Los Changos señalado líneas arriba, el cual también llega al mismo trayecto.
Este tramo lateral, llamado Transversal de Pardo, está flanqueado en una de sus orillas por una barda protectora de los peatones para evitar que caigan al barranco. A medio camino, un recodo a la derecha da oportunidad de deslizarse bajo un pequeño puente y arribar así a la capilla dedicada a la Virgen del Refugio. Delante de este pequeño templo, cuya cúpula resalta entre la aglomeración de viviendas, un corto pasillo nos coloca al lado de una pared adornada con otro mural de profundo simbolismo, obra del profesor Guillermo Torres Damián.
Para entonces, habremos recalado en el callejón de Pardo, eje distribuidor de las diversas rutas del área. El que va a la capilla se llama Del Refugio y continúa en descenso hasta desembocar en una risueña placita, donde se une a los callejones de Cuatro Vientos, por un lado, y Flores, por el otro. Un par de bancas de hierro invitan al descanso y nuevos murales brindan otro banquete visual. Es un sitio apacible, solitario, aunque de paso frecuente para los vecinos.
De bajada por el Callejón de Flores, metros adelante y tras una revuelta, se deja atrás uno de los hidrantes tradicionales que abastecían de agua a la ciudad y de pronto el horizonte se abre: aparece la concurrida y ruidosa Avenida Juárez, ante el espacio que ocupan la Cruz Roja y la tienda de conveniencia donde estuvo hasta principios de los años 1990 la central de autobuses, amplia extensión que en otras épocas ocupaba la Hacienda de Flores.
Es el final de un recorrido breve, pero de notable interés, como lo son muchos de los sitios guanajuatenses que, apartados de las rutas turísticas o históricas, brindan sorpresas y vistas sorprendentes a las personas curiosas y a los espíritus inquisitivos, esos que se dan tiempo para aventurarse en el dédalo del antiguo Real de Minas y son capaces de detenerse, mirar más allá de lo cotidiano, lo simple, lo común, para captar la esencia y la atmósfera de lugares con secreto encanto.