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BELLEZA FEMENINA, SUS MODAS Y COSTUMBRES

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El canon de belleza ha sido un concepto moldeado por las hegemonías de cada época, que refleja las aspiraciones y limitaciones impuestas por la sociedad. Desde tiempos remotos, en casi todo el mundo, la idealización del cuerpo femenino ha fluctuado bajo la influencia del pensamiento dominante, para crear estándares que definen la noción de perfección.

A través de los siglos, los artistas han plasmado en sus obras un ideal femenino, pasivo, suave y condescendiente, representando a la mujer con cuerpos curvados, ociosas y entregadas a actividades que, aunque aparentemente inocentes, evocan una sensualidad velada y mística. Eso dice la muestra Representaciones Femeninas en Transformación.

El Museo de San Carlos de la Ciudad de México presenta esta exposición organizada en cuatro núcleos temáticos que exploran desde los cánones de belleza tradicionales hasta el cambio en el siglo XX con la liberación femenina. Además de óleos de la colección del museo, se incluye moda, fotografías, videos y objetos que invitan a reflexionar sobre el tema.

Algunas obras plásticas en las que se representa lo femenino a lo largo de la historia del arte: “Susana y los viejos”, 1636; “Odalisca”, 1837; “Dama de blanco”, de Juan Antonio Benlliure y Gil, 1857; y “Pita Amor”, de Raúl Anguiano, 1948. (Fotografías de las obras de la exposición, Graciela Nájera Sánchez)

Además de diversos movimientos pictóricos que abarcan desde el siglo XVI hasta el siglo XX, se presentan obras realizadas por artistas masculinos, en las que el cuerpo femenino se concibe con una actitud pasiva, dócil y complaciente. A estas figuras femeninas se les atribuye una sexualidad velada y encantadora. Esa es una constante.

En la hoja de sala se lee que la sociedad, conjunto de individuos que comparten normas, tradiciones, costumbres e ideales, ha sido responsable de definir representaciones de la figura femenina consideradas bellas en diferentes épocas y lugares. Pero la belleza no es un conjunto fijo de rasgos, sino un manojo de tendencias socioculturales que influencian el inconsciente colectivo.

Esta construcción, aunque basada en cimientos firmes, es abstracta y su apariencia cambia constantemente. Consecuentemente, a lo largo de la historia estos ideales de belleza femenina han sido reflejados y documentados a través de obras de arte, casi siempre creadas por hombres. Los atributos físicos y comportamientos que se espera de las mujeres han sido definidos, mayormente, por un sistema meramente patriarcal.

Basada en la colección de arte del Museo Nacional de San Carlos, la exposición examina la súper compleja relación entre la representación visual de la belleza femenina y las expectativas socioculturales que han dominado el arte y la moda desde el siglo XVI hasta mediados del XX. Otra constante es la representación de la mujer como objeto de deseo.

La exposición muestra los intrincados mecanismos que han convertido a la mujer en un símbolo de deseo y objeto de poder, de donde emergen los ideales de belleza y feminidad impuestos por la sociedad patriarcal. La imagen femenina, despojada de su individualidad y autonomía, se transforma en un reflejo de fantasías y fuertes aspiraciones masculinas.

En la imagen: “corsé”, el gran tirano durante siglos; “abultador”, prenda femenina de 1870; sombrero usado entre 1900 y 1940. En el siglo XX las mujeres se liberaron de la ropa y accesorios incómodos. (Fotografías de las obras de la exposición, Graciela Nájera Sánchez)

La mujer ha moldeado su físico y su presencia a través de estrictos protocolos y normas sociales, sujeta ineludiblemente a su condición civil, la cual dictaba su comportamiento y representación en la esfera pública y en la privada. La indumentaria, manifestación concreta de estas normas, ha jugado un papel crucial al conferir significado a las prendas, transformándose en un vehículo de mensajes y símbolos.

Los sombreros son un ejemplo de lo anterior. A lo largo de los siglos XIX y XX, los sombreros fueron accesorios esenciales para las mujeres. Las revistas, que democratizaron y difundieron las tendencias de la moda, se encargaron de mostrar la amplia variedad de estilos. Además, el arte de fabricar sombreros se hizo cada vez más apreciado, y el oficio de sombrerera proporcionó a las mujeres un empleo seguro y respetable.

Otra prenda legendaria es el Polisón, la cual se asocia principalmente con los vestidos de la segunda mitad del siglo XIX. A finales de la década de 1860, la moda centró su atención en la parte posterior de las faldas. Este volumen se construía con materiales diversos, como crines de caballo, barbas de ballena, aros metálicos y telas almidonadas.

Ya en los inicios del siglo XX la ropa interior adquirió un aire más liberador gracias a la llegada de las medias de seda, los ligueros y el brasier. En 1914, Mary Phelps Jacob patentó el primer brasier moderno y en 1922 Ida Rosenthal y Enid Bisset fundadoras de Maidenform, presentaron un “bandeau” con dos copas separadas por un elástico.

Los años 20 también trajeron los “bloomers”, y los calzones se hicieron más cortos y flexibles. En 1945, después de la Segunda Guerra Mundial, Maidenform presentó la patente del brasier con tiras ajustables, siendo la primera marca en producir sujetadores en diferentes tallas. Esa invención trajo al mundo femenino confort, seguridad y confianza.

La exposición halló acomodo en el Museo de San Carlos. (Fotos, Graciela Nájera Sánchez)

En la exposición se puede aprender que el siglo XX marcó un hito en la emancipación femenina, un tiempo donde las mujeres rompieron con las normas opresivas que las habían definido durante siglos. Las prendas, pinturas, esculturas y fotografías exhibidas muestran la evolución de la moda que se despoja de corsés físicos y simbólicos.

El Museo Nacional de San Carlos ocupa un edificio neoclásico. Su construcción se llevó a cabo a finales del siglo XVIII y principios del XIX con un proyecto del arquitecto valenciano Manuel Tolsá (1757–1825). La historia del edificio se remonta al encargo realizado por la Marquesa de Selva Nevada, Doña María Josefa Rodríguez de Pinillos y Gómez de Bárcena.

Lo mandó edificar para su hijo José Gutiérrez del Rivero y Pinillos y Gómez, quien murió antes de que la construcción del palacete terminara y para quien compró el título de Conde de Buenavista. Durante el siglo XIX, el Palacio fue residencia para importantes personajes de la historia de México, como el general François Achille Bazaine, Antonio López de Santa Ana, José María Romero de Terreros, y el general José Rincón Gallardo.

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