SORPRESAS EN LA PENDIENTE DEL HORMIGUERO

EL HILO DE ARIADNA

Zaragoza y Peña Grande, trayectos poseedores de llamativos detalles

Mapa

Hace unos días, se realizó en Guanajuato la fiesta de San Ignacio de Loyola, conocida como “Día de la Cueva”. Luego de una jornada de caminatas al Cerro de La Bufa, música, comida y bebidas etílicas en abundancia, la gente comenzó a bajar del Cerro del Hormiguero por diversos caminos. Un número importante de personas se fue en vehículo, otros emprendieron el descenso por la cuesta del Saucillo, varios más caminaron por la Panorámica hacia distintos rumbos y unos pocos eligieron rutas alternativas: en particular, dos callejones que conducen al Paseo de la Presa.

El Cerro del Hormiguero es muy extenso, pero la mitad de su superficie ha sido urbanizada, desde el antiguo Camino Real hasta la clínica-hospital del ISSSTE, así que existen varias vías que comunican esa zona con la cañada en la que está encajado el Centro Histórico guanajuatense. Además del ya mencionado Callejón del Saucillo, existen dos más que suben o bajan, según el punto de partida. El primero tiene el apellido de un mexicano ilustre: Zaragoza; el segundo se llama Peña Grande, suponemos que por alguna destacada roca que existió por allí aunque hoy sea indistinguible.

El Callejón de Zaragoza; al fondo, la cañada de Pastita.

Desde arriba, Zaragoza parte literalmente junto a un conocido hotel ubicado sobre la Panorámica. Se dirige en línea casi recta hasta la calle; solo en sus últimos metros presenta una pequeña desviación, antes de surgir al costado de otro pequeño hotel y a unos metros de la puerta lateral de la hermosa casona donde tiene su sede el PRI. El tramo inicial es una ancha y larga escalinata, desde la cual se puede admirar, al frente, la cañada donde se ubica el Barrio de Pastita. A ambos lados, el callejón se ve interrumpido por uno que otro baldío y alguna privada, acomodados de acuerdo con las originalmente abruptas características del terreno.

La escalinata del Callejón Zaragoza. Al lado, imágenes de dos vías laterales en Zaragoza.

A mitad del recorrido, destaca un inmueble singular, más por sus peculiaridades que por su arquitectura. Se llama “Casa de Dante” y ofrece servicios de hospedaje. Muestra en su puerta el más famoso poema de Netzahualcoyotl, además de cactus y curiosos mascarones; enfrente, se ha colocado un viejo vagón de mineral transformado en maceta, sobre la que ha crecido una planta de agave. El buen ejemplo ha cundido, así que otro edificio luce a su vez, en su fachada, el poema “En vida, hermano”, de la escritora y periodista mexicana Ana María Rabatté.

El poema de Ana María Rabatté, en una de las viviendas. En seguida, dos detalles de la Casa de Dante.

De ahí pal real se alza por en medio un barandal metálico para ayudar a mantener el equilibrio y el callejón se estrecha, tanto que, casi al final se vuelve un pasadizo angosto, mismo que dobla para encontrarse con un bien cuidado mosaico de la Virgen de Guadalupe, el cual antecede a la salida, a su vez bien custodiada por un vistoso mural de Nuestra Señora de Guanajuato. Solo unos pasos más y se arriba al Paseo de la Presa.

Las vírgenes de Guadalupe y Guanajuato, antes de salir al Paseo de la Presa.

De vuelta a la Panorámica, metros adelante de Zaragoza, yendo rumbo al Pípila, arranca otro callejón, más angosto y a la vez más retorcido: Peña Grande. El comienzo también es una rectilínea y empinada escalinata, adornada en su parte de abajo por un alto ciprés que alguien tuvo a bien sembrar. Unos metros más allá, cruza transversalmente el callejón Agua Fuerte. Luego viene una prolongada parábola que terminará en la zona del “Cambio”, muy cerca de otro callejoncito que lleva a un espacio cerrado conocido como Hoja Seca.

Vista al norte desde el Callejón de Peña Grande.

Peña Grande luce muy limpio. En varias viviendas se han construido llamativas jardineras y en ciertos puntos se abre a áreas que aún son en parte cerro, demasiado agrestes para ser construidas o demasiado caras para una inversión inmobiliaria. Por ahora, esa particularidad permite admirar, por un lado, las montañas al norte de la ciudad, desde Mellado a El Meco, y por el otro imaginar cómo era el entorno antes de la invasión urbana. No puede faltar un pequeño nicho a la Guadalupana.

Nicho dedicado a la Virgen de Guadalupe y ciprés en Peña Grande. Por el rumbo, imprevisto, aún quedan restos del cerro.

Mas la senda continúa e, igual que la anterior, se angosta conforme desciende. Justamente donde empieza a estrecharse, aparece una pequeña ermita de rojos ladrillos dedicada al Divino Maestro. Más allá, un rebelde árbol da sombra a una especie de placita que no sólo es un remanso de quietud, sino que también ofrece una banca para el descanso o la plática y marca el inicio del zigzagueante tramo final que lleva a la calle, casi enfrente de la cerrada de San Agustín.

La ermita del Divino Maestro. En la segunda imagen se aprecia una banca casi al finalizar Peña Grande.

En este Guanajuato de colinas y cañadas, cada callejón tiene, pese a similitudes evidentes, características propias que los hacen únicos. El caminante con ánimo aventurero encontrará sorpresas en algún rincón, una casa o incluso una puerta. Recorrerlos no sólo es la más de las veces necesidad, sobre todo para vecinos, proveedores o mensajeros, sino también puede representar una significativa experiencia. Zaragoza y Peña Grande así lo demuestran.

Mosaico en el cruce de Peña Grande con Agua Fuerte. En seguida: dos espacios cerrados en Peña Grande.