EL BARRIO MÁS PEQUEÑO
Una capilla y unas pocas viviendas, sobre una colina, marcan lo que fue la Hacienda de Rocha
El atiborrado autobús arranca desde la última parada de Los Pastitos, rumbo a Marfil o a la zona sur de la creciente ciudad. Unos cuantos metros adelante, apenas se deja atrás un famoso hotel, varias de las personas a bordo se persignan de inmediato, exactamente cuando la unidad cruza frente a una capillita. Un ritual mediante el que se encomiendan a la divinidad para que el viaje recién emprendido sea venturoso.

La pequeña iglesia en mención (propiedad federal, advierte un letrero) posee en su exterior una imagen de San Judas Tadeo y otra de San Martín de Porres. Señala no solo lo que era la antigua salida del casco urbano, sino el comienzo de un callejón que bordea la abrupta ladera de un cerro, mismo sobre el cual se agrupa un conjunto de viviendas concentradas alrededor de unas cuantas sendas: el Barrio de Rocha.

Ese cúmulo habitacional ocupa una reducida zona de lo que fue la extensa hacienda de Rocha, que abarcaba un espacio mucho mayor: varias de las construcciones que la conformaban actualmente son parte del hotel y a un centenar de metros aún sobrevive la cortina de la antigua presa que la abastecía de agua, situada a un costado del acceso al conjunto habitacional Noria Alta. Antiguamente, hubo también allí un coso taurino.

El Barrio de Rocha lo integran solamente dos callejones -uno largo y otro muy corto- y una privada. El acceso principal es algo empinado. Amplio al principio, sube por una abrupta vertiente del cerro, sostenida por un muro de piedra, y de inmediato muestra una imagen omnipresente en muchos lugares de México, la Virgen de Guadalupe, por partida doble además: una pintada y otra “de bulto”, protegidas por una rejilla y adornadas con macetas llenas de plantas en plena floración.

Desde ahí, al voltear hacia atrás, se ve una imagen poco usual de la entrada al Cuévano de Ibargüengoitia: la encrucijada que forman la subida a Noria Alta y el comienzo de Los Pastitos, con una hondonada en la que se avista el pequeño túnel de salida del Río Guanajuato y el arroyo que desciende del otro conducto acuático subterráneo, mucho mayor, donde desembocan las aguas de los ríos de San Javier y Cata.

El callejón principal asciende, desciende, culebrea y rodea el cerro hasta llegar a un corredor, protegido a un lado por una barda que pone al caminante a salvo de caer a una barranca casi vertical, desde la cual se tiene otra vista espectacular, ahora hacia la zona de Pozuelos y la carretera de salida. A los pies del despeñadero, se levantan las estructuras del Mercado de Artesanías “Don Quijote”, aunque hoy lo que se expende principalmente sean alimentos y cervezas, no souvenires.
La otra margen luce una colorida fila de viviendas, pero lo más interesante viene al final de la ruta pavimentada, cuando el pasaje se vuelve sendero que se introduce entre la maleza de la ladera y la cañada de un arroyo, regalándonos el espectáculo de un formidable arco, perteneciente a un desaparecido acueducto, entre garambullos, árboles y matorrales tan espesos en tiempos de lluvia que dan el aspecto de una selva.

Desandamos el camino para volver al principio. Por la calle principal, junto al inmenso estacionamiento del hotel, se encuentra el otro callejón, que pasa por un portal bajo el cual un cisne, convertido en maceta, vigila el paso de cualquier intruso. Desde ahí, un ramal conduce a una privada y el otro hacia una escalonada cuesta que termina en el agreste monte.
El último pasadizo de la zona es recto y corto. Sube y lleva a un coto cerrado, donde gatos y perros asoman curiosos, atentos a todo movimiento que rompa su rutina, sin alejarse mucho de su guarida. A un lado, una explanada con un columpio donde al parecer hace ya rato que dejaron de escucharse risas infantiles; al otro, una colección de redondas lavadoras que incluyen -¡cómo no!- un clásico lavadero.

De ahí en adelante, transcurre un tramo de loma cubierta de vegetación, antes de que resurjan las construcciones, pero estas ya no forman parte del barrio, sino de la colonia Noria Alta. Enfrente, corre el arroyo descendente del Pueblito de Rocha y la presa del mismo nombre, cuyo hilo de agua se oculta bajo altos carrizales, antes de unirse a la corriente ya referida que surge del túnel que inicia en Dos Ríos y logró evitar las catastróficas inundaciones que sufrió la ciudad hasta inicio de los años 1970.
Hace rato que el área dejó de ser la última habitada que se veía al dejar la ciudad. Noria Alta primero, la Loma de Pozuelos después y la imparable expansión de Marfil posteriormente han alargado al conjunto urbano. Sin hablar de la cada vez más extensa zona sur. Sin embargo, el Barrio de Rocha, con su simbólica capilla, se mantiene como una imagen nostálgica de lo que fue, décadas atrás, lo primero que se mostraba al llegar al Real de Minas Santa Fe de Guanajuato.


