EL ALFILER EN LA JUSTICIA

Las estadísticas dicen que son muchos los pobres del mundo, pero los pobres del mundo son muchos más de lo que parecen que son.

Eduardo Galeano

La justicia es un animal extraño: lame con una mano y muerde con la otra. Se dice que protege, pero a veces abandona; se dice que reinserta, pero a menudo olvida. Creo que la justicia habita siempre en este filo: entre la herida de quien exige vivir pese a haber asesinado, y la de quien ya no está para reclamar nada. En un tribunal se cruzan esas dos promesas: de un lado, el que mató y exige no ser enterrado vivo; del otro, quien fue arrancado de la vida y convertido en cifra. Dos soledades que parecen opuestas y, sin embargo, se tocan en un mismo filo: la vulnerabilidad. Porque nadie elige que su madre se canse de la vida y se arroje al metro. Nadie elige crecer con hambre o aprender a robar antes que a leer. Nadie elige salir de casa y no volver. Nadie elige cargar para siempre con una ausencia.

Soledad 1. El niño que no fue al circo

Tiene seis años. Su madre le promete el circo. Él no duerme en toda la noche: imagina los payasos con zapatos enormes, los elefantes desfilando, las luces girando como estrellas que bajan del cielo. Se despierta con el corazón enredado en la ilusión, oliendo ya el algodón de azúcar, con el rumor de tambores que todavía no suenan.

Pero al llegar al Metro Pantitlán, ella se arroja a las vías. Él lo ve todo: el estrépito del convoy, el cuerpo desgarrado por el hierro, el olor metálico y sucio del riel caliente. El circo se convierte en funeral; y el niño, en testigo del abismo.

Después viene la infancia sin amparo. Un padre hundido en alcohol; una hermana desaparecida, borrada como tantas en este país; un hermano preso por robar coches. Y él, escarbando en la basura para comer trozos de pan mordido, fruta podrida, huesos con restos de carne. Siempre pensando lo mismo: la basura tiene dueño. Lo suyo es siempre lo sobrante, lo que nadie quiere.

Luca Giordano: Deutsch: Fresken in der Galerie des Palazzo Medici-Riccardi in Florenz, Szene: Justizia (imagen tomada de https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Luca_Giordano_013.jpg)

Quizá por eso tampoco sabe acoger nunca el amor de una mujer y cada vez que alguien intenta acercarse, algo dentro de él recuerda a la madre que lo soltó en el andén del metro. Y prefiere huir. Ha tenido en los labios palabras de ternura que nunca pronuncia; ha sentido en la piel caricias que le queman porque sabe que no se quedarán. El abandono se vuelve cicatriz: no confiar, no entregarse, no sostener.

El crimen fue un impulso sucio, machista, como si en su cuerpo habitara la convicción de que la vida de una mujer vale menos. Un grito, un golpe, una furia que se descargó sobre alguien que no pudo defenderse y él nunca lo llamó asesinato, sino solo un momento, un arranque. Pero la realidad es otra: una mujer murió. Y en ese instante, repitió el abandono que lo había marcado: la madre que se fue, la mujer que no cuenta, la vida femenina negada.

Ahora él, enfermo en una celda, con un tumor que lo corroe, recibe la ración que el reglamento llama “alimentación balanceada”: arroz, carne, verduras. No es poca cosa, pero a él le parecen sobras, porque ahora sabe que la Constitución le reconoce más: comida digna, medicinas de verdad. Exige lo que nunca tuvo en libertad, donde la carne era un lujo y lo último que se curó en libertad fue un “empacho”, con té de estafiate y estomaquil.

En la audiencia, levanta la voz.

Primero escupe: “Yo no la maté para que me dejaran morir.”

Y después, endureciendo el gesto, sin sombra de arrepentimiento, remata: “Sí, maté. Pero eso no les da derecho a dejarme morir. Mi condena es perder la libertad, no la vida. No pido perdón. Exijo lo que la Constitución ya me reconoce: comida, medicinas, trato humano.”

El sistema lo reduce a despojo. A mugre. Criminal. Y en esa suciedad lo borra, olvidando que hay una frontera frágil, una grieta mínima, entre estar de este lado o del otro.

Su infancia fue esa imagen: su madre lanzándose al metro, el hambre ocupando la escuela; la violencia, la lengua materna del barrio.

Él está preso hoy. Pero mañana, con un golpe de azar, podría ser cualquiera.

El mazo golpea la mesa. No para dictar sentencia, sino para ordenar lo obvio: medicinas, comida, un mínimo de dignidad. Apenas un alfiler clavado en un sistema corroído.

Panorámica del edificio de la Suprema Corte de la Nación de México. (Imagen toma del perfil de dicha institución en Facebook)

Soledad 2. Ella que no volvió a casa

Ella sale de casa y no vuelve. No hay ni un mensaje, ni un rastro. Días de espera, semanas de búsqueda. Hasta que aparece, convertida en cifra: un cuerpo envuelto en tierra, reducido a expediente, a carpeta de investigación, a iniciales que borran el nombre.

Pero no es un número.

Es una bufanda azul que siempre huele a suavitel; una risa desbordada, con la boca llena; canciones viejas tarareadas en la cocina; detalles mínimos que la devuelven viva en la memoria, mientras afuera todos la convierten en víctima, en caso, en carpeta.

El vacío viene de antes, aunque nunca tuvo una sola causa. Nace en un barrio donde la precariedad se hereda como un apellido, donde las familias sobreviven más que viven, donde el dolor se acumula de generación en generación. Su madre tambié sufre, tambié es vulnerable, también fue abandonada. Dos soledades al cuadrado, chocando en la misma casa.

Quizá por eso buscaba amor donde no lo iba a encontrar. Se aferraba a promesas huecas, a miradas que no eran para ella, a palabras que no eran dulces, pero su necesidad las hacía sonar como miel. Le bastaba una caricia prestada, un mensaje nocturno, un abrazo que duraba lo que un parpadeo. Era como si intentara rellenar con escombro el agujero inmenso que la vida le había dejado.

Y fue precisamente en esa búsqueda donde la violencia la alcanzó. El mismo vínculo que, aunque nunca prometió afecto, ella lo soñó y ese sueño terminó convertido en su condena: él la golpeó, él la calló, él la mató.

Pero después, todo se reduce a lo esencial: los entornos, las heridas antiguas, los silencios familiares… ya no importan. Lo único que queda es este dolor sin remedio: la certeza de que no volverá, la herida de su ausencia, la crudeza de un cuerpo que no debió estar ahí.

La víctima de feminicidio es borrada dos veces: primero por la mano que mata, después por el sistema que la administra como estadística.

El preso reclama, con voz seca: “Sí, maté. Pero eso no les da derecho a dejarme morir.”

Y en la sala flota otra verdad, callada pero brutal:

“Sí, mataste. Y tu derecho a vivir me recuerda cada día el derecho que ella perdió.”

Entonces aparece otra capa de injusticia. La reparación del daño se mide en números: pesos, tablas, indemnizaciones. Como si el dolor pudiera tasarse, como si la ausencia pudiera cotizarse en el mercado. Y la pobreza define el monto: no vale lo mismo la vida de quien muere en un barrio de lámina que la de quien es asesinado en una casa con jardín y alberca.

Lucas Cranach the Elder: Justice (imagen tomada de https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Gerechtigkeit-1537.jpg)

Hasta la basura se separa, dicen. También las vidas, también las muertes. Todo es utilitarista: cuánto cuesta un cuerpo, cuánto paga el Estado, cuánto resiste una familia en ruinas.

El mazo vuelve a caer, esta vez para fijar una cifra: la vida convertida en cantidad. Apenas otro alfiler en la justicia, clavado con torpeza en la herida abierta.

¿Hasta dónde llega la mano que sostiene el mazo? ¿Es fiebre la empatía o es deber? ¿Queremos leyes frías que nos protejan a todos, o un sistema que arda con humanidad aunque se queme en sus contradicciones?

El alfiler

El alfiler queda ahí: clavado en una herida que no cierra. Un gesto mínimo en un sistema que promete mucho y cumple poco.

Un recuerdo incómodo de que la justicia, al final, nunca es inocente.

Porque en este país la justicia no siempre castiga el crimen, sino la pobreza.

Afuera o adentro, todos somos medidos por lo que nos falta.
Y ese alfiler apenas alcanza para disimular la herida abierta.