EL PASAJE DE TAMAZUCA
Un atajo ancestral que aún acorta distancias y mueve a la nostalgia
Dicen que asaltan, y algo hay de cierto, dado que las quejas y denuncias por malas experiencias en ese trayecto son frecuentes. También aseguran que asustan, pues la Llorona hace de las suyas en esa ruta durante las noches profundas. Además, posee historias de verdadero espanto, como la del “Gordo”, siniestro personaje que tuvo recluidas por años a su mujer e hijas, a quienes violentaba y de quienes abusaba, en un escandaloso caso descubierto en 2014 y por el cual el siniestro personaje purga sus penas en prisión, quedando como testigo de sus delitos las ruinas de lo que fue la casa de los horrores.
Por esas y otras razones, muchas personas evitan andar por Tamazuca durante la noche, aunque en el transcurso del día se convierte en un transitado andador que acorta distancias entre dos populares calles, además de enlazar varios callejones y un túnel, conducentes a diversos rumbos de la capital guanajuatense. La primera función, ser un atajo, ha sido desde siempre la característica principal de esa vía.

La palabra “tamazuca” no aparece en el diccionario de la RAE, pero sí en varios diccionarios de americanismos y en el glosario del Diccionario del Español Yucateco, de Miguel Güémez Pineda, con el significado de “puesto de feria en donde se venden comidas típicas o regionales”. ¿Recibió esa denominación porque allí se vendían alimentos? Es probable que así haya sido, tal vez desde épocas inmemoriales, ya que al ser un camino fundamental que comunicaba dos zonas importantes pudieron asentarse allí puestos de viandas que constituían un alivio para el caminante.
Desde antiguo, Tamazuca fue una senda trascendental para comunicar el antiguo fortín colonial del Cerro del Cuarto con los de Tepetapa y Marfil; casi se puede decir que era la continuación del pasaje llamado Terremoto. Antiguamente, ni el río Guanajuato ni sus afluentes de Pastita y Cata-San Javier estaban urbanizados y mucho menos embovedados, así que cruzar del centro hacia Tepetapa resultaba complicado en época de lluvias.

Debido a ello, se hizo sobre la corriente que baja de San Javier un pasadizo de madera, enfrente de la Alhóndiga de Granaditas, que fue conocido como “Puente de Palo” y dio nombre a la hacienda localizada a un lado, justo donde ahora se encuentran el Archivo del Estado y varios hoteles. Como entonces no existía el Puente de Tepetapa, ese pasaje hecho de madera fue primordial para el tránsito de una zona a otra, a través, precisamente, de Tamazuca.
Con la construcción del imponente puente de Tepetapa, a mediados del siglo XIX, aquel trayecto perdió importancia, pero continuó siendo relevante como atajo y, con los años, daría lugar a la urbanización del cerro adyacente, a lo largo de las veredas ancestrales que llevaban a los minerales de Santa Ana y Valenciana. Surgieron así varios callejones que suben hasta la carretera Panorámica, en el sector del Carrizo.

Tamazuca ha sufrido diversas transformaciones. Pasó del empedrado al adoquín, primeramente, y recientemente fue pavimentado con pórfido rojo. Asimismo, durante un tiempo fue ruta vehicular, pero hace décadas se volvió, afortunadamente, peatonal. Perdió la imagen religiosa que indicaba su entrada, pero dado que conservó el nicho, recientemente fue colocada una nueva en el mismo lugar. En los años 90 del siglo pasado, por el lado de la calle Insurgencia, fue construido un túnel como vía rápida a los barrios de San Javier, Cata y Valenciana, así como de salida a la ciudad de Dolores Hidalgo.

Además, su imagen fue renovada. Se remodelaron los arcos que ofrecen una panorámica hacia la calle Subterránea Miguel Hidalgo, fueron colocadas bancas para el descanso y se permitió pintar murales que le dan un toque agradable al paseo. Sin embargo, conserva su aspecto tradicional, con típicas y coloridas casitas, algunas de las cuales, en el abandono, a duras penas se sostienen en pie y dejan ver el adobe de su obra negra.

De Tamazuca parte el encantador Callejón del Arquito, enlace con el de Barrio Alto. Igualmente avanza paralelo el de la Campana e inicia el de Guamúchil. Casi al final, en una vuelta de 90 grados, sube y baja el llamado Tajito de la Gloria, que recibe ese nombre porque, efectivamente, bajo tierra existe allí un túnel alguna vez explotado como mina y que hoy funciona como desagüe de las aguas liberadas por un afluente del arroyo El Orito. También hay dos cortos accesos a la Subterránea, antes de salir sobre el túnel y dar a la calle Insurgencia, continuación de la ruta hacia el 5 de Mayo y la zona de la Alhóndiga.

Hacepoco, durante las fiestas de noviembre dedicadas a Nuestra Señora de Guanajuato y conocidas como “Iluminaciones”, la de Tepetapa se extendía por los callejones adyacentes y, particularmente, a lo largo de Tamazuca, donde se instalaban puestos de antojitos tradicionales: enchiladas, pambazos, tacos, tamales, atole, buñuelos, elotes, frituras, pan, dulces. Una posible reminiscencia del pasado.

Hoy en día, tal festividad se restringe a un espacio mucho más pequeño y Tamazuca ya no figura mucho en la celebración. Puede ser que exista cierto temor de adentrarse en ese pasaje por la madrugada; no obstante, hacerlo permite disfrutar de vistas distintas y silencios ya olvidados por el mundo contemporáneo. Cruzar por ese antiguo atajo no solo acorta distancias, sino que trae a la mente lo que fue el Guanajuato de antaño: menos apresurado y más propicio a la calma y a la reflexión.


