LA CAMPANA ASESINA, CASTIGADA Y PERDONADA
Uno de los muchos iconos que identifican a México en el concierto internacional, en materia de arte, cultura, turismo y belleza, es la Catedral Metropolitana cuya primera piedra se colocó en 1571 y se construyó en tres etapas: 1573-1657, 1657-1793, y 1793-1813. Su Planta basilical consta de cinco naves, crucero, cúpula, y 16 capillas laterales. Luego de la Basílica de Guadalupe, es el templo religioso más visitado de la ciudad.
La Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, la Ley Federal Sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, y la Ley General de Bienes Nacionales, dicen que es propiedad de la nación registrado como Monumento Histórico, por lo que es propiedad del Gobierno Federal, depositada en comodato a la asociación denominada Catedral Metropolitana de México, dependiente a su vez de la Arquidiócesis de México.
A pesar de sus numerosos atractivos, sus campanas tienen un especial encanto para todas las personas que las escuchan, por lo que tienen un sitio especial en el interés de propios y extraños. Todas las campanas tienen una historia. La Santa María es de las más grandes, pesa 13 toneladas, su badajo pesa 250 kilos y fue fundida por Salvador de la Vega en 1791. La más chica pesa 50 kilos, y sólo se toca los sábados de gloria de Semana Santa.

La Catedral Metropolitana tiene dos torres campanarios, de 67 metros de altura cada una, y aunque en conjunto tienen espacios para 56 campanas, solamente cuentan con 35: 23 en la torre oriente, 11 en la poniente y una que se encuentra fuera de los campanarios. La más antigua es la llamada Santa María de la Asunción, aunque cariñosa y popularmente se le identifica como La Doña: pesa unas siete toneladas y fue fundida en el año 1578.
Para entrar en materia, basta recordar que la Catedral Metropolitana de la capital del país tiene sus propias leyendas e historias, interesantes, misteriosas, alegres, y dramáticas, de todo tipo, todas ellas peculiares. Ese es uno de los atractivos que los visitantes descubren al contratar a los guías de turistas que ofrecen esas narraciones. Una de ellas, que oscila entre las más populares y trágicas, es la de la campana asesina, castigada y perdonada.
¿Es posible que una campana asesine a alguien? ¿Cómo se juzga, sentencia y se castiga a una campana? Y luego, ¿cómo se le perdona después de 57 años? Esas preguntas y todas las que pueden surgir sobre el tema tienen respuestas lógicas y coherentes que con el paso del tiempo parecen pisar el terreno de lo legendario. Todo comenzó una mañana soleada de 1943, cuando Don Polo, el campanero oficial, dio una instrucción a su joven aprendiz:
“Mira muchacho, sube al campanario de la torre poniente, ya sabes cuál es ¿no?, bueno, tocas la campana que te enseñé el otro día, porque ya es hora”. El muchacho, de apenas 18 años de edad, subió las escaleras de madera para llegar al campanario y se paró frente a la campana tipo esquila, es decir, que se hace sonar haciéndola girar 360 grados. Pero el joven, inexperto, no alcanzó a quitarse cuando la campana giraba… y sucedió la tragedia.
Lamentablemente, el golpe en la cabeza le costó la vida. Al no escuchar el repique de la campana, Don Polo pensó que el aprendiz andaba curioseando entre las torres y la cúpula de la catedral, y decidió subir. Tremendo susto se llevó. Asombrado notó que el chamaco había perdido la vida y alcanzó a ver su sangre, fresca aún, escurriendo de la campana. De inmediato avisó a las autoridades eclesiásticas, y se procedió al protocolo respectivo.
Como en todos lados y para todo, existen procedimientos establecidos, así que durante el funeral del joven aprendiz de Don Polo (cuyo nombre no aparece en ningún documento oficial), los canónigos de la Catedral hicieron un ritual para castigar a la campana. Le quitaron su badajo, la amarraron, le pintaron una cruz roja, la condenaron al silencio, y quemaron todos sus documentos, por lo que no se sabe de su origen ni cuánto pesa.

Desde entonces la gente comenzó a llamarle “La Castigada”. En 1943 dejaron de sonar las 35 campanas de la Catedral Metropolitana por la muerte del joven de 18 años que ayudó al campanero Don Polo. La amarraron para que permaneciera en silencio durante una década, como quedó señalado en la sentencia. Pero los días, los meses, y los años pasaban sin que nadie hiciera nada por liberarla del castigo, porque todos la odiaban.
El tiempo transcurrió inexorablemente y así llegó el año 2000, el Año del Jubileo de la Iglesia Católica. También fue titulado por las autoridades eclesiales como El Año del Perdón y, así, la indulgencia alcanzó a la campana y por ello se le permitió nuevamente retumbar en lo alto de la Catedral Metropolitana. En esa fecha, inicio de un nuevo milenio, tocó perdonarla al Cardenal Primado de México, Norberto Rivera Carrera.
En el acto, el rector de la Catedral, José de Jesús Aguilar realizó diversas oraciones de exorcismo para liberarla de la sanción, y sólo quedó la cruz sobre ella como recordatorio de la tragedia. Es decir, aunque ya fue perdonada, la campana conserva la cruz roja que recordará eternamente la sentencia a la que se hizo acreedora por asesinar a un joven. Hay quien jura que por la noche se aparece el joven aprendiz en el campanario poniente.

