VERICUETOS DEL BARATILLO AL HINOJO
Una urdimbre de típicos callejones
enredan el andar de los caminantes
De la plaza (Baratillo) a la explanada-estacionamiento (Hinojo), hay menos de 300 metros, pero entre ambos espacios, donde alguna vez hubo puro cerro y arroyos, discurren actualmente añejos caminos, se localizan rincones cargados de leyenda, surgen vistas inusuales y aparecen recovecos capaces de confundir a peatones poco avezados, en un aparente sinsentido dentro del laberinto urbano de Guanajuato.

Desde el punto de partida, la Plazuela del Baratillo y su fuente florentina, arranca el callejón que posee el extraño nombre de Cabecita, debido a una trágica y terrible leyenda cargada de celos, misoginia y muerte: un hombre descubre a su esposa con un amante, la mata, le corta la cabeza y la cuelga de un poste en ese rumbo. Con el tiempo, el despojo humano encogió y nació la denominación actual.

Otra opción es subir por un lado del Teatro Principal, junto al cual parte una ancha escalinata que va angostándose y enseguida se bifurca: a la izquierda, convertida en un corto trayecto llamado De las Ánimas, donde uno de los muros es frecuentemente usado como pizarra expresiva de todo tipo de sentimientos, desde reproches a algún maestro o un manifiesto doloroso por un amor perdido, sobre todo en la esquina donde se reencuentra con La Cabecita.
El callejón de trágica remembranza aún sube unos metros, deja atrás la desviación a La Taza y, justo al alcanzar una casona de singular belleza —la púrpura “Casa de Pita”— cambia inesperadamente de nombre por Gallitos, precisamente en el sitio donde se encuentra el acceso a la Plaza de Mexiamora, amplio espacio donde se asientan viviendas en las que nacieron personajes históricos, como el aeronauta Benito León Acosta o el músico Jesús Elizarrarás.

Gallitos mide solo unos pocos metros. Hasta hace poco, poseía un hidrante que fue robado, aunque permanece la huella del hurto como mudo reproche. El callejón se subdivide casi de inmediato en tres: Buenavista a la izquierda, Tanganitos por el centro y Tamboras a la derecha. El primero cae bajo la influencia del Barrio de la Alameda y, por tanto, es tema de otro escrito; el tercero desciende sinuosamente y llega a Mexiamora. El segundo merece algunas líneas.
Tanganitos ha sido tradicionalmente un callejón multi fotografiado, debido a su conocido arco en diagonal, generalmente cubierto por flores de bugambilia, situado junto a la entrada de la privada llamada Patol. Es una imagen que evoca tiempos idos, muy ad hoc con la traza urbana cuvenanense. Después, continúa paralelo a la cañada hasta topar con un alto muro, bajar y caer a la ruta poseedora del poco atractivo nombre de Perros Muertos.

¿A qué se debe tan inusitada denominación? ¿Existía por el rumbo un lugar donde la gente solía arrojar cadáveres caninos? ¿O fue solo una ocurrencia? No se sabe, pero el caso es que quienes habitan allí en ocasiones son víctimas de bromas por ese motivo. Sin embargo, no carece de atractivo: la mayoría de sus inmuebles se encuentran en buen estado y tiene una placita encantadora, sombreada por un póker de árboles, aunque no faltan construcciones abandonadas. Igual que otros caminos de la zona, inicia o termina en Mexiamora, según sea el caso, y por el otro extremo, se encuentra con el Callejón Centinela, donde existe un pequeño nicho dedicado a la Virgen de Guadalupe, antes de descender a la Explanada del Hinojo.

El Hinojo fue antes un espacio amplio donde los muchachos del barrio jugaban futbol, “cheleaban” y lanzaban piropos a las muchachas que iban por el pan (eran otros tiempos). Ahora, es un gran estacionamiento de tres niveles al que se entra por un viejo puente —reconstruido en 1964 tras haberse derrumbado durante la terrible inundación de 1905—, con salida hacia la Calle Subterránea.

Los caminantes pueden avanzar por un camino lateral sin riesgo de ser atropellados. Inmediatamente del callejón de La Morita, una vivienda se ha derrumbado; otras se sostienen apenas y varias han sido reconstruidas. Al cruzar al otro extremo del parqueadero, para regresar a Mexiamora, la amplia rampa de acceso a la plaza se ve interrumpida por un callejón estrechísimo de tétrico nombre: El Infierno.

La narración virreinal del borrachín víctima de una bella aparición que lo guía a una fiesta en el averno es una de las más famosas de la ciudad. De corta extensión, es agradable y muestra en su ruta dos murales alusivos a la leyenda: uno juega con los elementos del cuento, al mostrar cómicos diablos, calaveras y monstruosos personajes de videojuegos; pero el otro (obra de un artista que firma como Bocer) es mucho más siniestro e interesante, al utilizar elementos de la mitología griega en una concepción del Hades mucho más oscura y simbólica.

Junto a ese callejón, pasando la entrada de Perros Muertos, luce la privada de Mexiamora, con sus elegantes y bien cuidadas viviendas. Más arriba, quedan también los callejones del Rosario y Ciudadela, empinadas cuestas de subida a la Panorámica y al Temezcuitate, ejemplos asimismo de la arquitectura típica guanajuatense, esa que tanto llama la atención de los visitantes, cuyo recorrido es toda una experiencia para espíritus inquisitivos.


